Capítulo 27
Lía
Las dos primeras semanas de octubre pasaron como un suspiro.
Agotador, pero como un suspiro. El temario avanzó de tal forma que me costaba alcanzarle el ritmo, y las exigencias de los entrenamientos aumentaron, provocando que cada vez más jugadores se resintieran con torceduras y distensiones.
Eso al menos me sirvió para repasar los músculos, huesos, ligamentos y tendones.
Al igual que con Bastian, parecía haber establecido un alto el fuego no pactado con el equipo.
Aunque apenas me relacionaba con ellos y me seguía sintiendo fuera de lugar, por lo menos no me encontraba con malas caras en la cancha, ni sentía iracundas miradas clavadas a mi espalda cada vez que hablaba con el entrenador.
Donde sí se volvió el ambiente un poco más hostil fue en el hospital, pero solo cuando coincidía con Emma.
No se había tomado muy bien que, por una simple alumna, le dieran un preaviso desde la dirección de enfermería, y la tenía tomada conmigo.
Y aunque podía contar con la tranquilidad de que hubiera más enfermeras a mi alrededor, era agotador tener la sensación de que me vigilaba a cada paso que daba para aplastarme en cuanto cometiera cualquier mínimo error.
Y aquel sábado tuve la mala suerte de que me tocara una de esas guardias y que, justo al acabarla, tuviera que irme corriendo al partido de los Silver Jaguars .
Jugaban contra un equipo —cuyo nombre no me importaba— de una universidad de Washington —de cuyo nombre no me acordaba—.
Fue un partido tan sencillo y sin emoción, que me pasé la mitad del tiempo luchando porque no se me cerraran los párpados.
Fue por eso por lo que, cuando por la tarde mis amigos propusieron hacer algún plan, les supliqué quedarnos en casa.
No me veía con fuerzas para no hacer nada más que no fuera estar tirada en el sofá o en la cama y en pijama.
La tormenta que se presentó de improvisto sobre el cielo de Lincoln me ayudó a convencerlos de ver una película, la que ellos quisieran.
Con la luz apagada, las persianas bajadas y el ruido de la lluvia y los truenos sonando de fondo, me tumbé en el sofá situado frente a la tele. Me tapé con la manta y me encogí, haciéndome un ovillito al lado de Nico, sentado en uno de los extremos.
—¿Dónde está Abril? —pregunté al darme cuenta de que no estaba sentada con nosotros.
—Ha quedado —contestó Claudia desde el sofá que compartía con Bastian.
—Últimamente está muy aplicada. Se pasa demasiado tiempo en la biblioteca —dijo Asier con retintín mientras apretaba con fuerza los botones del mando.
—Tenemos examen de Fundamentos Médicos la semana que viene.
—Seguro que es por eso.
Estaba sentado en el puf que quedaba al lado de mi sofá, y aun en la oscuridad del salón, la tenue luz de la televisión me permitió ver una mueca de fastidio en su rostro. Contuve una pequeña risa y fijé mi vista en la pantalla antes de que se diera cuenta.
Después de una breve discusión entre Claudia y Asier, eligieron una película de ciencia ficción.
Como tenía pinta de que no iba a aguantar mucho tiempo despierta, cogí uno de los cojines para acurrucarme en el regazo de Nico.
Teníamos tanta confianza, que era algo habitual en nosotros.
Aunque debí pillarle desprevenido, porque sus piernas pegaron un pequeño brinco cuando me apoyé en ellas.
Intenté concentrarme en las imágenes que reproducía el televisor para aguantar, aunque fuera, los primeros minutos de la película despierta, mientras una voz en off hablaba sobre cómo la humanidad siempre creía tener el control y Brad Pitt aparecía en pantalla.
Estaba muy relajada, pero todavía me faltaba algo.
Sin pensarlo, busqué a tientas la mano de Nico.
Tanto él como Claudia solían hacerme cosquillitas en el pelo porque sabían lo mucho que me gustaban.
Cuando di con ella al lado de una de sus piernas, la puse en mi cabeza, casi obligándole a que me las hiciera.
Fruncí el ceño al notar que dejaba la mano quieta, pero antes de que pudiera girarme para mirarlo, enterró sus dedos en mi pelo y los deslizó por los mechones con movimientos repetitivos, dejando pequeñas caricias en mi cuello a su paso.
Normalmente solía hacerme pequeños círculos, pero ese masaje casi que me gustaba más.
Me dejé llevar por la calma de sus caricias y me sentí abrigada por su aroma, que era un poco diferente al perfume que solía utilizar.
Poco a poco, mis párpados se fueron volviendo cada vez más pesados, hasta que en algún punto de la película me quedé dormida.
Entreabrí los ojos cuando escuché la voz de Asier, todavía amortiguada por el sueño.
La luz ya estaba encendida y la película había terminado.
Se reían de algo, no sabía bien el qué. Nico seguía acariciándome el pelo, aunque con movimientos más lentos y largos, así que me permití cerrar los ojos otro rato más.
Pero los abrí de golpe en cuanto escuché la voz que habló por encima de mí.
Ese no era Nico.
Giré un poco la cabeza y el corazón se me puso del revés al encontrarme con Bastian.
Me incorporé con brusquedad, sentándome con las piernas encogidas en el otro extremo. Mis mejillas se prendieron en cuanto me percaté de la jocosa mirada con la que mis amigos me observaban.
A él no me atrevía ni a mirarlo.
—¿Te has despertado con el príncipe equivocado, Bella Durmiente? —se burló Asier.
Le clavé una mirada muy poco amistosa y me acurruqué contra esa esquina del sofá, como si así me fueran a dejar en paz.
—Nunca imaginé que te sería tan fácil reemplazarme por otro. —Nico dramatizó llevándose una mano al pecho.
Él era quien realmente estaba sentado al lado de Claudia y no Bastian.
—Sois idiotas —murmuré—. Estaba tan cansada que no me he dado ni cuenta de que…
—Sí, sí —me interrumpió Asier, soltando una carcajada.
Le lancé el cojín para que se callara de una vez, acertándole de lleno en la cara. Pero eso no bastó para que dejaran de picarme.
—Si se ha pasado medio partido cabeceando en el banquillo —intervino de pronto Bastian entre risas. Llevaba callado desde que me levanté de sus piernas.
A diferencia de otras veces, en sus palabras no encontré una burla hacia mí, sino una especie de ayuda. Le dirigí una rápida mirada de soslayo, pero él tenía la vista fija en algún punto de la pantalla y una lánguida sonrisa dando forma a sus labios.
—Por esta vez te lo perdono —siguió Nico con su teatro—. Pero que sepas que la próxima vez que te pille con otro haciéndote cariñitos, me cobraré mi propia venganza. —Rodeó con un brazo a Claudia y la pegó a su costado. La pobre se puso tan colorada como la manta que le cubría las piernas.
Y a mí me recorrió un cosquilleo molesto en el estómago.
Bastian no me había hecho cariñitos.
—No pienso escucharos más. No decís más que tonterías —protesté, cerrando los ojos contra la esquina del sofá.
—Nico, date por jodido, tío. Creo que le gustan más las manos de Bastian.
Los demás le rieron la gracia, el aludido incluido, pero yo me limité a fingir que no los escuchaba.
Porque era verdad.
El masaje de Bastian me había gustado mucho más.