Aunque me dé miedo Capítulo 23
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Capítulo 23

Lía

—Joder, qué pesados. No me entero de nada —protestó Abril, subiendo el volumen a mi portátil.

Apretaba tan fuerte la tecla que temí por su integridad. Era el ordenador de la universidad.

Estábamos las tres apretujadas en mi cama, intentando ver Sabrina, cosas de brujas .

Vale que cuando la estrenaron no habíamos ni nacido, pero una tarde del año pasado estamos demasiado aburridas y nos dio por buscarla.

La empezamos y nos enganchamos. Y verla juntas era la única manera de que ninguna se adelantara a las demás y luego se nos escaparan spoilers .

Digo intentando, porque las risas que venían de la habitación de los chicos eran demasiado estridentes como para dejarnos escuchar algo.

—¿De que hablarán? —inquirió Claudia con la mirada fija en la pantalla.

Abril hizo una especie de pedorreta, como si no le importara. Estaba en el medio de las tres, así que noté la penetrante mirada que Claudia le dirigió a la pelirroja.

—¿Qué? —soltó esta de golpe, demasiado brusca.

—¿Te pasa algo?

—No —mintió con descaro.

Como si no la conociéramos.

—Estás un pelín… irascible —me atreví a decir.

Se desinfló en un suspiro y cerró la tapa del ordenador sobre mi regazo.

—Nada, oye. Que vosotras tampoco me vais a dejar ver la serie.

—¿Estás así por Connor? —se aventuró Claudia—. ¿No te ha vuelto a llamar?

Ese era el misterioso chico con el que tuvo la cita el sábado de hacía ya dos semanas. Y esta vez no era un jugador del equipo, sino un estudiante de tercero de Psicología y ayudante de la biblioteca.

Abril torció el gesto con fastidio.

—Sí, claro que me ha vuelto a llamar. Pero he tenido que cancelar el plan que teníamos para esta noche porque a Asier se le ha puesto en la punta de…—infló los carrillos y se contuvo— las narices hacer sí o sí hoy la estúpida noche de cena y juegos —terminó de decir, gesticulando con burla.

—Haberle dicho que no. —Me encogí de hombros; no entendía dónde estaba el problema.

Soltó una risa sarcástica.

—Ya cancelamos por ti la cena el sábado pasado porque estabas demasiado nerviosa para esas tonterías —agudizó la voz para imitarme.

La observé, entre perpleja y ofendida. No era normal que tuviera esas salidas; con ellos sí, pero con nosotras no. Sin embargo, no tardó más que unos segundos en arrepentirse. Emitió un quejido y arrugó el gesto, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Perdóname, Lía. No quería decir eso, sé que lo pasaste muy mal con el incidente del hospital. Llevo unos días que no me aguanto ni yo.

Le acaricié el pelo, aceptando sus disculpas, aunque no entendía muy bien qué le pasaba. Claudia quitó el portátil de encima de mis piernas para dejarlo a un lado de la cama y se inclinó sobre mí para acercarse a Abril.

—¿Y no tendrá nada que ver que ayer vieras a Asier con esa chica tonteando en el laboratorio? —utilizó su habitual dulzura para confrontarla.

—¿Qué chica?

—Nadie —espetó Abril, con la mirada perdida en sus piernas encogidas—. A mí me da igual lo que haga o deje de hacer.

Por la aspereza de sus palabras, estaba claro que le había molestado más de lo que le gustaría reconocer.

Permanecidos unos segundos en silencio, como si temiéramos que, al hablar, tocáramos algún asunto espinoso que la hiciera saltar de nuevo.

Pero ya se encargaron los chicos de interrumpirlo de nuevo con sus carcajadas y murmullos.

Nos miramos las tres y una sonrisa traviesa se nos dibujó en la cara.

De pronto, la tensión que hacía unos instantes cortaba el ambiente de nuestra habitación se esfumó y, como si nos hubiéramos leído el pensamiento, pegamos las tres la oreja a mi pared casi a la vez.

—¿Escucháis algo? —bisbisó Claudia.

—Qué va.

—Shh —nos mandó callar Abril.

Sus graves voces llegaban un poco amortiguadas. Debían estar sentados en la cama de Nico. Uno de ellos preguntó algo y a otro se le escapó una especie de gritito emocionado.

Entorné los ojos; eran peores que nosotras.

—¿Qué dices, tío? —me pareció escuchar la voz de Bastian entre risas—. Nunca me podría fijar en Lía, si es como una niña.

Sentí cómo si me derramaran ácido en el estómago. Me separé de la pared y clavé mi vista en ella.

—Pedazo de gilipollas —creí pensarlo, pero mis labios lo soltaron.

—Pero eso ya lo sabías —contestó Abril, todavía pegada a la pared.

Fruncí el ceño, extrañamente molesta. Entonces, fue Claudia la que se volvió hacia mí.

—¿Y a ti qué te importa lo que diga? Si no lo soportas.

Nada. A mí me daba igual lo que pensara de mí.

Pero el estómago me seguía escociendo.

No me gustaba ese juego de verdad o reto.

Siempre se basaba en preguntas demasiados comprometidas o en pruebas escabrosas que nos hacían acabar medio desnudos.

Y cómo no, con alcohol de por medio. Parecía que, sin él, eran incapaces de divertirse.

Pero, claro, esos pensamientos me los tenía que guardar para mí porque, si no, era una aburrida que les cortaba el rollo.

Después de una generosa cena de sushi del japonés de la calle de enfrente de la residencia —y que hacía su agosto con nosotros—, nos sentamos en la tarima del centro del salón, en círculo y con una botella llena de Jägermeister calentorro en medio como arma de tortura.

Yo ya había perdido mis zapatillas y tenía la garganta casi en carne viva, pero no pensaba dejar que ninguno de los chicos me pasara un hielo por el cuello y, muchísimo menos, perrearles , tal y como me había retado Abril.

Estábamos en un piso de estudiantes en Nebraska; no en una villa en República Dominicana.

Claudia tampoco estaba mucho mejor que yo.

—Abril —la llamó Bastian—. Te toca.

—Reto —saltó ella sin que la preguntara.

Todos nos reímos mientras Bastian maquinaba con la mirada entrecerrada.

—Bésanos el cuello a cualquiera de nosotros. —Hizo un mohín con los labios—. Al que más te guste de los tres.

—¿No puede ser el suyo? —Nos señaló con la cabeza a Claudia y a mí—. A ellas las tengo más ganas.

Bastian negó con la cabeza y Abril resopló con fingida indignación.

Todos seguimos con nuestra mirada cómo se acercaba lentamente al cuello de Asier, y el lametón que le dio me dejó claro que ese tal Connor no le gustaba tanto.

Y por cómo se encogió el vasco, que el tonteo con esa chica del laboratorio no significaba nada.

—¿Sigue en pie lo de formar parte de tu vida sexual? —bromeó este.

Abril se alejó con una sonrisa vanidosa, dejando la respuesta flotando en el aire. Asier se aclaró la garganta y me clavó su mirada.

—Verdad —me adelanté yo también.

Me temí lo peor cuando esbozó una pícara mueca.

—¿Qué es lo que más te gusta que te hagan en la cama?

—No pienso contestar a eso. —Cabeceé con rapidez, notando como el rubor empezaba a teñir mis mejillas.

Ni loca, vamos.

—Yo sí lo sé —intervino Abril con una risita traviesa, pero no la hice ni caso.

—Pues… ya sabes lo que toca.

Puse cara de asco y di un trago a esa repugnante botella. Tosí, llevándome la mano a la garganta cuando el líquido la abrasó a su paso.

—Lía… —me apremió Asier.

Creí que igual me libraba, pero no. Arrugué la nariz, dejando escapar un quejidito de fastidio.

En las normas inventadas por Abril no servían los calcetines como prenda a pagar, así que tuve que desprenderme de mi camiseta y quedarme solo en sujetador.

Me estremecí con la ausencia de su abrigo y cubrí, pudorosa, mi pecho con mis brazos. Era la parte que más odiaba del juego.

—Nico. —Esa vez fue Abril la que habló—. Te toca reto. No tienes opción a elegir, lo siento. Tienes que besarnos a una de las tres. No hace falta que diga dónde.

Por cómo se mordió el labio, deduje que no le parecía tan mal la imposición de Abril. Después de pensárselo durante unos segundos, miró hacia su derecha.

—¿Claudia? —le pidió permiso.

Este chico era todo lo que estaba bien en la vida.

Mi amiga abrió tanto los ojos que casi se le salieron de las órbitas.

—No, no. Yo no.

— Venga, Claudia. Que solo es un beso —la animó Bastian.

—Que no —zanjó ella.

Nico frunció el ceño y se volvió de nuevo. El corazón me pegó un vuelco cuando se fijó en mí.

—¿Solo un pico? —me pidió casi con súplica. El pobre ya estaba sin deportivas y sin camiseta.

Miré a Claudia. Ella se encogió de hombros, como si no le importara. Aún dubitativa, me volví hacia mi amigo, sin tener muy claro que eso no fuera a molestarla.

—Solo un pico —le confirmé.

Asintió y, aunque vaciló un poco, acunó mi nuca para atraerme hacia él. Dejé que me diera un suave e inocente beso, de solo unos segundos, y me separé con la vista puesta en Claudia. No pude evitar sentirme mal al verla cabizbaja.

E inquietarme al encontrarme con la fría y fija mirada de Bastian a su lado.

—Bah. Menuda mierda de beso —protestó Asier.

Cuando mi amiga levantó de nuevo la mirada, gesticulé un «perdón» con mis labios que creo que no llegó ver porque, sin ningún tipo de expresión en su rostro, posó su mano sobre Bastian.

—Tienes que retarnos con la mirada a alguno de nosotros durante más de diez segundos.

Sus ojos se volvieron afilados.

—Lía —me desafió, con una repelente seguridad en sí mismo.