Capítulo 23 #2
Cogí aire. Aceptando el reto, me coloqué frente a él y él se acomodó hacia atrás, apoyándose en las palmas de las manos.
De pronto, recordé sus palabras de hacía un rato y, con un envalentonamiento impropio en mí, gateé despacio para acercarme más a él.
Sin perder en ningún momento el contacto con sus ojos, me incliné sobre él, hasta que nuestras piernas se juntaron de más, nuestros pechos casi se empujaron al respirar y solo unos pocos centímetros separaron nuestras caras.
Tan pocos, que su respiración me acarició la piel y su olor inundó mis las fosas nasales, provocándome un extraño cosquilleo.
Tensó la mandíbula, pero no hizo por apartarse.
Aguanté su mirada, cada vez menos verde y más oscura, hasta que esta bajó a mis pechos.
Las mejillas comenzaron a arderme, no llevaba más que un fino sujetador de algodón que poco dejaba a la imaginación, pero aun así me mantuve firme.
Cuando sus ojos subieron de nuevo y se pararon en mi boca, entreabrió los labios con un sutil gesto que me hizo tragar saliva.
—Tú ganas —dijo con una voz un poco ronca que me puso el vello de punta mientras esbozaba una media sonrisa.
Di marcha atrás para volver a mi sitio. En lugar de sentirme victoriosa por haberle restregado sus palabras en la cara, estaba demasiado enfadada conmigo misma por lo mucho que se me había acelerado el pulso después de que me mirara de aquella forma.
—Solo eran diez segundos, ¿eh? —inquirió Abril con una ceja alzada.
Me mordí el carrillo y volví a cruzarme de brazos, notando la abrasadora mirada de Bastian todavía sobre mí mientras daba un trago a la botella sin inmutarse por su amargo sabor.
—Abrid las ventanas anda, que hace un poco de calor —se burló Asier, abanicándose con su camiseta.
Lo fulminé con la mirada y agrandó su sonrisa.
—Anda, mira. Te toca.
—¿¿Otra vez??
—Como sé que no vas a aceptar un reto, voy a la pregunta directamente. —Resoplé, sintiéndome ignorada—. ¿A qué edad fue tu primera vez?
Titubeé. Me daba vergüenza reconocerlo, pero no estaba dispuesta a quitarme las mallas.
—Con casi veinte… —admití bajando la voz.
Me tensé de pies a cabeza cuando Bastian se mofó.
—¿Qué? —le reclamé, airada.
—Nada, nada. —Meneó la cabeza, dando otro trago a la botella.
—¿Tan gracioso te parece?
—Venga, chicos. Vamos a seguir —intentó interrumpirnos Claudia.
—Nah, patético más bien. —Se encogió de hombros—. Ojo, no por ti ¿eh? Sino porque perdieras la virginidad con un tipo como tu ex.
Todo el calor que dejó nuestro reto en mi cuerpo se convirtió en una violenta repulsión.
—Deja de beber tanto, que el alcohol te está afectando a la única neurona que no tienes fundida. Luego no rindes en los partidos.
—Lía…
Bastian soltó una carcajada irónica y cambió de posición, rodeándose las rodillas con los antebrazos.
—¿No me digas que me vas a hacer una prueba de alcoholemia en el próximo partido? No, mejor. ¡Otro control antidoping ! —se burló con un falso entusiasmo—. Ten cuidado con mis venas, por favor.
—A ti mejor habría que hacerte un análisis de infecciones de transmisión sexual —solté casi sin pensar.
—¡¡BOOOM!! —exclamó Asier simulando una explosión con las manos.
—¿Acaso sabes lo que es eso? —Alzó una ceja con un gesto arrogante—.
En mi caso estaría justificado que me los hicieran.
Y todas las semanas, además. Pero a ti… —Apretó los labios y negó con la cabeza con condescendencia—.
Desde que tu ex te puso los cuernos buscando un poco más de vidilla, muchos tíos no se te han acercado, ¿no?
Un silencio ensordeció nuestro salón.
Parpadeé, sin creerme lo que acababa de escuchar.
—¿Tú eres idiota o que te pasa, tío? —lo reprendió Nico, dándole un toque en el hombro.
—Ha empezado ella —se defendió sin ningún rastro de diversión en su voz.
—Si es que lo sabía. No era buena idea que jugáramos a esta mierda. —Claudia se levantó apresurada y me tendió mi camiseta.
—Hala, se acabó el jueguecito —añadió Abril, poniéndose en pie también.
Cuando fui capaz de reaccionar, agaché la cabeza y contemplé mi camiseta en mis manos. Una especie de opresión me cerró la garganta. De pronto, me sentí extremadamente expuesta y patética. Me vestí corriendo y cogí la mano de Abril para ayudarme a levantarme.
—Hoy os toca recoger a vosotros —les ordenó mientras tiraba de mí hacia la habitación.
Antes de encerrarnos, lancé sobre mi hombro una última mirada hacia Bastian. No quise hacerlo, pero mis ojos se escaparon. Tenía el rostro endurecido y la mirada perdida en cualquier punto del suelo.
Y la botella, en la mano.
No entendía cómo una persona podía vivir con tanta crueldad corriéndole por las venas.
—¿Veis? Tendría que haber quedado con Connor. Menuda pérdida de tiempo —protestó Abril mientras cerraba la puerta a su espalda.
De forma automática caminé hasta mi cama. Mis amigas me acompañaron, sentándose a mi lado. Cuando Claudia me acarició la espalda, comencé a digerir lo que acababa de pasar. Bastian había cruzado un límite, y no sabía que podría dolerme tanto.
—Lía, sabes que es un puñetero bocazas que solo quiere provocarte —se adelantó Abril, como si estuviera leyéndome la mente.
Quizá mi cara revelaba más que las palabras que todavía era incapaz de decir.
—Caleb te puso los cuernos porque es un cabrón y se los pondrá a cualquier chica con la que esté. Tú no tienes nada que ver. El problema es él, no tú.
Asentí con la cabeza aun sin creerlas. Me acaricié la garganta, en ese punto que tanto me apretaba.
Mis amigas siguieron profiriendo comentarios nada cariñosos sobre Bastian y Caleb, pero llegué a un punto en el que dejé de escucharlas. Me sentía lejana, ajena; perdida en algún rincón del laberinto que era mi mente.
—¿Me he pasado? —pregunté cuando logré salir de ese embotamiento, interrumpiendo así la conversación de mis amigas.
—Para nada. No le viene mal que alguien le ponga en su sitio de vez en cuando —me tranquilizó Claudia.
—No entiendo nada, Lía. Cuando hace un par de sábados llegué a casa, os encontré a los dos durmiendo en el sofá…, ¿y ahora esto? —Abril me miró exagerando el gesto de extrañeza en su rostro y a su vez Claudia abrió los ojos con asombro.
Suspiré, hundiéndome en mis hombros. Yo tampoco lo entendía.
Un rato después, me acosté en la cama, pero no logré conciliar el sueño.
El sosiego de la noche liberó la presión de mi garganta en forma de llanto silencioso, mientras que al otro lado de la pared no paraban de sonar los muelles de su cama.
Me di la vuelta y me cubrí con la fina manta hasta la cabeza, como si así pudiera dejar de escucharlo.
Bastian me acompañó en silencio cuando me desangraba por una de mis mayores grietas, y él mismo acababa de reabrir esa herida que con tanto esfuerzo intentaba cerrar.
La de creerme insuficiente para los demás.