Capítulo 22
Lía
No respiré tranquila hasta el lunes de la semana siguiente, cuando la coordinadora de prácticas me citó para aclarar lo sucedido.
Al parecer, una de las TCAE —técnico de cuidados auxiliares de enfermería, aunque aquí se las conocía como CNA— que trabajó conmigo esa noche presenció el incidente, y aseguró que actué bajo la imposición de esa enfermera y en contra de mi voluntad.
Y eso bastó para que decidieran que yo no tenía ninguna responsabilidad en lo ocurrido. Creí que me iba deshacer de alivio en ese mismo despacho. Sin embargo, tampoco me fui de rositas.
—Que nunca se te ocurra volver a administrar algo que no esté indicado y firmado por un médico —me apercibió mi tutora, agitando un dedo firme frente a mi cara.
Más que a advertencia, sonó a reprimenda; pero me sentía demasiado liviana como para que me afectara.
A esa inmensa calma después de más de una semana de asfixiante ansiedad, se le sumó la satisfacción de recibir unas disculpas por parte de la supervisora y de Emma, la culpable de todo.
Aunque me preocupaba un poco lo que le pudiera pasar a ella, salí de esa guardia contentísima.
Tanto, que ni siquiera fui capaz de meterme a dormir cuando llegué a casa.
Me sentía llena de energía, y como todos los demás estaban en clases o en prácticas, aproveché para estudiar el examen de Enfermería Clínica III de mañana.
Esparcí todos los apuntes por la cama y me recosté contra el cabecero a repasar conceptos, mordiendo uno de mis bolis para ayudarme a concentrarme.
Estaba tan inmersa en la monitorización del paciente crítico, que me sobresalté cuando escuché el ruido que hizo la puerta de la calle al cerrarse.
Acto seguido, unas coquetas risas llegaron hasta mis oídos.
Me puse en tensión. Había presenciado esa misma escena demasiadas veces como para saber lo que venía a continuación.
No tardé en escuchar y notar los primeros golpes contra mi pared.
Bastian había vuelto a saltarse las clases para traer a una de sus amiguitas.
Maldije para mis adentros, dándome golpecitos en la cabeza con los apuntes. Intenté ignorarlos. A ellos, a los gemidos que traspasaban el fino muro que nos separaba y a la desagradable sensación que me recorría el cuerpo.
Mantuve la calma durante un buen rato, pero era incapaz de recuperar la concentración, así que golpeé la pared para hacerles saber que me estaban molestando. Como respuesta, sus golpes aceleraron el ritmo y los jadeos, gemidos y quejidos se incrementaron.
La misma acción-reacción de siempre.
Genial.
Demasiado revuelta por ese bochornoso espectáculo, me trasladé al escritorio. Estaba al lado de mi cama y muy cerca de la pared, pero por lo menos desde ahí no me llegaban las vibraciones de las embestidas.
Respiré hondo y me fijé en esas letras que entonces leía sin orden alguno. Tenía asumido que, hasta que no pararan, no podría estudiar.
Y no fue hasta media hora después cuando volvió el silencio a mi habitación. Me parecía increíble que, con un exigente entrenamiento físico diario, ese chico tuviera tanto aguante. Sacudí la cabeza, aterrada y casi reprendiéndome a mí misma, en cuanto esa idea apareció por mi mente.
Con la faena acabada, escuché que salían de su habitación. Me levanté y entreabrí mi puerta. Por la fina rendija vi a Bastian, todavía en calzoncillos, despidiendo a esa chica que no había logrado reconocer con una simple sonrisa de compromiso.
Ni un mísero beso o abrazo.
No sabía cómo podía ser tan frío.
—¿Te importaría no armar tanto escándalo? —lo pillé desprevenido cuando pasó por delante de mi habitación. Se volvió y se apoyó en el marco de mi puerta con un ademán cansado—. Te recuerdo que tu cama está pegada a la mía. Solo la separa esa mierda de pared y me entero de absolutamente todo .
Me miró aburrido y sin ningún tipo de pudor.
—¿Qué pasa?, ¿te gustaría ser ella?
Chisté, irritada. Se creía que todas las tías besaban el suelo por el que pasaba.
—Ni en tus mejores sueños —espeté, entrecerrando los ojos.
—En mis peores pesadillas, dirás. —Con un pequeño impulso, se separó del marco y me dio la espalda para meterse en su habitación.
Me sorprendí arqueando las cejas por ese comentario.
—Solo te pido que no hagas tanto ruido. No me dejas estudiar. —Mis ojos se escaparon un segundo por el final de su espalda y me obligué a levantar la mirada al recordar su imagen saliendo de la ducha.
—Pírate a la biblioteca —se encogió de hombros—, a mí que me cuentas.
—Vete tú a un hotel, no te jode.
Se volvió sobre su hombro y dibujó otra vez una de sus vanidosas sonrisas antes de encerrarse en su cuarto. Casi parecía más satisfecho por desquiciarme, que por ese rato con aquella pobre chica a la que no volvería a llamar.
En esas últimas semanas me había mostrado un mínimo de madurez y yo me lo había creído. Menuda ingenua.
Seguía y seguiría siendo el mismo estúpido de siempre.