Capítulo 21
Lía
—Lía. —Levanté la cabeza de los apuntes; era raro que Oliver, el entrenador, entrara en la consulta de enfermería—.
Los del equipo contrario han pedido un control antidoping .
Se ve que les ha escocido la paliza que les hemos metido y querrán intentar rascar algo.
—Se le escapó una risa y su rostro dejó ver la satisfacción que sentía—.
Ve a avisar a Miller, Jones y a Lassard, que son los seleccionados. Todavía están en el vestuario.
—¿Yo? —pregunté con demasiada sorpresa.
—Sí, claro. Eres la que se lo va a hacer. —El entrenador torció el gesto, desconfiado—. ¿Por qué?, ¿pasa algo?
—¿Eh? No, no. Nada —me apresuré a mentir mientras me levantaba de la silla.
Cogí tres botes de orina y salí con él de la consulta.
Desde la tarde de la broma, mi relación con el equipo era nefasta.
Ya no me hacían comentarios burlones ni bromas sin gracia, pero la tensión y el desagrado con el que me miraban cada vez me pesaba más.
Seguía cabreada con ellos, pero, aun así, no me quejé de lo ocurrido; tampoco quería fastidiarlos, y menos ahora que los comprendía tan bien.
Yo también tenía el miedo de perder mi beca.
Era jueves, otro día inusual para un partido, y todavía no me habían llegado noticias ni de mi tutora ni de la universidad; la ansiedad me devoraba cada día que pasaba.
Avancé por el pasillo que me llevó hasta el vestuario.
Desde fuera se escuchaban las alegres voces de los jugadores jaleando una especie de cántico, acompañadas de rítmicos golpes metálicos en las taquillas.
Cogí aire y abrí la puerta. Agaché la cabeza, me puse la mano a modo de visera —ya que prefería no ver ese espectáculo de orangutanes desnudos celebrando su victoria—, y caminé hasta el inicio de los bancos.
—Eh, tú. No puedes estar aquí, ¿no ves que nos estamos cambiando? —me reprendió Liam con una impertinente voz antes de que pudiera anunciarles la noticia.
Alguno dijo algo más y un murmulló vacilón se extendió a mi alrededor.
Resoplé con hastío.
—Te aseguro que no tengo ningún interés en veros desnudos. —Si tuviera la cabeza alzada, le habría lanzado una repulsiva mirada—. Os toca control antidoping . Ni tú, ni Robert ni Bastian os podéis duchar hasta que no paséis por la enfermería para hacéroslo —solté a toda prisa.
Sin mirar hacia los jugadores, dejé en el banco que estaba a mi lado los tres botes de orina. Me giré, deseando salir de ese vestuario demasiado cargado de testosterona, pero unas risas burlonas me frenaron.
—¿Visita sorpresa, enfermerita? —se mofó uno de ellos.
Vacilé, extrañada. Hasta que me percaté de la repentina humedad de mis pantalones y comprendí la doble intención de esas palabras.
No podía ser.
Bajé la mirada hacia el centro de mis piernas y se me escapó un quejido ahogado al ver la mancha roja derramada sobre los pantalones de mi uniforme.
Mientras tanto, a mis espaldas, el vestuario se llenó de carcajadas mordaces.
Apreté los dientes y me volví hacía ellos, inundada en rabia.
Me dio igual pillarlos sin ropa o a medio vestir.
—¡Oh, que risa!, ¡me ha bajado la regla! —agravé mi voz para imitarlos y alcé las manos—. No solo sois unos cromañones, si no que encima os esforzáis por demostrarlo —vociferé con desdén.
Y con eso solo conseguí que se rieran más de mí.
Recorrí el vestuario con mi taladrante mirada hasta que mis ojos cayeron en Bastian.
Apoyado en la pared, con los brazos cruzados y vestido solo con los pantalones de la equipación.
Tenía la vista clavada en el suelo y su mandíbula parecía contraerse con pequeños tics.
Vale que no nos llevásemos bien, pero al fin y al cabo, era el capitán.
Qué menos que hiciera algo para pararle los pies a sus jugadores.
Y más, después de quedarse conmigo toda la noche del sábado.
Tonta de mí por esperar algo así.
—Tirad para la consulta. ¡Ya! —ordené, tajante—. Y ni se os ocurra hacer ninguna tontería con la orina.
Salí del vestuario dando un portazo. A solo unos pasos, se escuchó un grito autoritario y el sonido de la humillación se apagó. Pero a mí ya no me servía de nada, porque ya me habían vuelto a joder el día.
Aceleré para meterme en el baño de la consulta e intentar arreglar el desastre, pero era imposible.
No tenía ropa de cambio. Ni siquiera llevaba compresas encima.
Solté el aire despacio y me pasé las manos por el pelo, un poco saturada, deshaciendo sin querer la coleta a su paso.
Respiré hondo otra vez y salí de ese cubículo que a cada segundo se me hacía más angosto para preparar el material de los análisis, mientras me atusaba la melena despeinada.
—¿Puedo? —Me sorprendí al encontrarme a Bastian asomado a la consulta y con una chaqueta azul oscura colgando de su mano.
—No voy a decir nada, si es lo que te preocupa —contesté, girándome para sacar las palomillas del armario.
—No venía a eso.
Lo miré, perpleja.
Porque estuviera ahí.
Porque su voz sonara tan conciliadora.
Se acercó con un poco de reserva, como si supiera que no era de mi agrado tenerlo ahí. Me apresuré a esconder mis piernas detrás del escritorio.
—Venga ya, Lía. —Entornó los ojos—. Que es solo un poco de sangre.
Bajé la cabeza, avergonzada. No tenía motivo para ello, pero era la consecuencia de estar cerca de zopencos como esos.
—¿No tienes ropa para cambiarte?
Negué con un cabeceo rápido.
—No llevo nada encima, no me tocaba que me viniera todavía. Supongo que con el estrés de estas semanas y lo de Caleb… —bajé la voz, arrepintiéndome de estar contándole eso a él.
Hizo una especie de mueca de compasión, impropia en él, y bordeó el escritorio para llegar hasta mi lado.
Casi se me salió el corazón por la boca cuando se inclinó sobre mí y sus manos rozaron mis caderas al rodearlas con su chaqueta.
Un repentino calor me recorrió la piel y me creí a punto de empezar a sudar.
Creo que era su cuerpo el que lo irradiaba.
—¿Qué haces? —titubeé.
Con las mangas de la chaqueta ató con torpeza un nudo, cubriendo así mis piernas.
—Problema resuelto —dijo, dando unos pasos hacia atrás.
Miré el nudo y luego a él, en silencio, durante unos segundos. Y por un momento, se me pasó por la cabeza preguntarle por qué hacía eso. Por qué se quedó la otra noche conmigo hasta caer dormidos los dos. Por qué de pronto me mostraba algo de humanidad.
—Gracias —fue lo único que pude decir.
Se encogió de hombros y la comisura de su labio se elevó con sutileza. Sin decir nada más, se dio la vuelta y se marchó.
Llevé la mano al nudo y lo apreté con un poco más de fuerza. No sabía si estaba más confundida porque acabara de ayudarme o porque, por primera vez, una sonrisa suya no me provocara ganas de estrangularlo.
Cuando pensé que la tarde no podría ir a peor, apareció mi tutora, la señorita Stewart, por la puerta de la enfermería.
Le habían informado del control antidoping y, según ella, quería supervisar cómo me desenvolvía con las analíticas.
Como si no llevara ya casi tres semanas apañándomelas sola.
Sabía que venía a verme por otro motivo muy diferente, lo que me hacía estar demasiado tensa.
Sin disimular mi cara de desagrado, recogí las muestras de orina de Liam y Robert e hice lo propio con las de sangre. Tampoco es que ellos mostraran ningún atisbo de arrepentimiento por lo sucedido.
—Ya os podéis marchar —les dije a cada uno de ellos sin dirigirles la mirada mientras etiquetaba las muestras desde mi sitio.
Prefería no levantarme.
En cuanto salió el último de ellos por la puerta, llegó el turno de Bastian.
Con un cortés saludo dirigido a mi tutora y un rápido parpadeo hacia mí, dejó su muestra en la gradilla que había en el escritorio y extendió su brazo sobre la mesa.
Coloqué el compresor alrededor de su bíceps y palpé a conciencia sus venas.
Como todos los jugadores, tenía unas gruesas venas que sobresalían bajo la piel; más de una vez se me habían escapado los ojos hacia ellas.
Deformación profesional. Notando la mirada de mi tutora en la nuca y la de Bastian enfrente, pinché la aguja con poca convicción.
La sangre no salía y la vena se me movía.
Una gota de sudor descendió por mi nuca.
Mis dedos se volvieron rígidos sobre el metal.
No podía fallar una simple analítica y menos con él, que sería capaz de reprochármelo toda la vida.
—Lía, como sigas hurgando así, le vas a romper la vena —me advirtió mi tutora con sequedad.
Tragué saliva y moví la aguja despacio. Y fue entonces cuando una mancha violácea se extendió bajo la piel de Bastian, provocando que mi tutora protestara exasperada.
Mierda.
Me la había cargado.
Apreté fuerte con un algodón, y me empecé a agobiar demasiado. Recordé la coagulopatía de Bastían, y temí que por mi culpa se le inflamara la vena. Le lancé una rápida mirada de disculpa y él, con un gesto con la mano, me pidió que me calmara.
Y no sé por qué, surtió efecto.
Mi tutora me pasó otra palomilla nueva antes de que me levantara yo a por ella, cosa que agradecí, y probé con el brazo contrario.
—Inclina un poco menos la aguja —me corrigió mi tutora.
—Sí, señorita Trunch…—Abrí mucho los ojos en cuanto me percaté de lo que estuve a punto de decir. A Bastian se le escapó una pequeña carcajada—. Señorita Stewart —rectifiqué de inmediato.
Por lo menos, ella no pareció darse cuenta.
Esa vez sí conseguí que los tubos se llenaran de sangre, pero no respiré aliviada hasta que no saqué la aguja.
—Presiona fuerte durante un rato —le indiqué a Bastian mientras se levantaba.
Se despidió de las dos antes de dirigirse hacia la puerta y, en cuanto desapareció, un extraño nudo se estrechó en mi pecho. Imaginé que se debía a la bronca que me esperaba por lo ocurrido en la guardia.
—Ya me han informado de lo que pasó con esa enfermera. —Mis hombros se agarrotaron mientras etiquetaba las muestras de Bastian—. La universidad va a estudiar lo sucedido.
Se me agolparon unas repentinas náuseas en el estómago. Levanté la cabeza hasta dar con sus ojos negros y arqueé las cejas, presa de los nervios.
—Yo intenté demostrarle a esa enfermera…
—Mira, todavía tienes mucho que mejorar —me interrumpió—. Pero si hay algo que has demostrado, es lo responsable y prudente que eres. Por mucha destreza que todavía te falte, estoy segura de que nunca cometerías un error de medicación.
No sabía si sentirme aliviada o molesta por esas palabras, la verdad.
Supuse que lo primero.
—Gracias. —Le dibujé una tirante sonrisa. Sacudió la mano al aire con su típica frialdad y rectitud.
—Solo falta que la coordinadora de prácticas esté de acuerdo conmigo y decida no tomar medidas disciplinarias. —Bajó un momento la mirada a mis piernas y frunció el ceño al ver la chaqueta que me las cubría—. Te mantendré informada por correo.
Tan escueta como era, hizo un gesto con la cabeza y salió de la consulta.
Ya en soledad, se me escapó un suspiro tembloroso y las náuseas se acentuaron. La posibilidad de que me retiraran la beca, el encontronazo con los del equipo y ese extrañísimo gesto de cuidado desinteresado de quien llevaba un año mostrándome solo malas caras me tenían demasiado abrumada.
Necesitaba que acabara ese día ya, por favor.