Aunque me dé miedo Capítulo 20
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Capítulo 20

Lía

A sabiendas de que ese fallo no había sido culpa mía, no pude evitar pasarme el día siguiente con una intranquila sensación de haber fallado como enfermera. Y con el miedo atenazándome el pecho. Si me sancionaban, estaba fuera de la universidad.

Claudia y Abril se pasaron el día restándole importancia a lo ocurrido.

Estaban convencidas de que, si la supervisora elevaba el incidente a mi tutora, con mi versión podría demostrar que me obligaron a poner esa medicación contra mi voluntad.

Pero yo no lo tenía tan claro, era la palabra de una simple alumna contra la de una enfermera.

Tenía las de perder.

Mi madre, aún desde la distancia y mediante una videollamada que duró casi toda la tarde, me ayudó a relativizar y mirar lo que había pasado con perspectiva. El problema fue que, al colgar, volví a verlo todo negro.

Y como esa negrura hacía demasiado ruido en mi cabeza aun siendo ya de noche, me levanté de la cama para despejarla.

Cerré con cuidado la puerta, ya que Claudia dormía.

En realidad, todos lo hacían. Salvo Abril, que todavía no había vuelto de su cita y que, pese a la insistencia de Asier, no nos quiso decir con quién era.

Ni siquiera tenía ganas de subir las escaleras para refugiarme en el descansillo de las escaleras de incendios, así que me senté en el sofá.

Me acurruqué contra una de sus esquinas, sorbiendo en silencio las lágrimas que se me volvían a escapar.

Quizá ese era uno de mis mayores problemas, que cuando no sabía gestionar mis emociones, solo conseguía liberarlas llorando.

Pero, en ese momento, sentía que el mundo se me venía un poco encima, y mi único consuelo era el pañuelo arrugado que secaba mi llanto.

Bueno, en verdad llevaba ya semanas cargando con su peso. Desde la traición de Caleb, todo parecía ir cuesta abajo.

Me pasé unos cuantos minutos así, a oscuras y con el único ruido de la noche acompañándome, cuando me pegué un pequeño susto al escuchar una de las puertas abrirse. Le siguió el sonido de unos pasos, y la luz de la cocina de encendió.

—Uy, perdón —se disculpó Bastian con voz adormilada, apagando de nuevo.

Cerré los ojos y me hundí en mi propio suspiro.

Lo que me faltaba.

Desde que me lo encontré en el portal después de que me echara de su fiesta, no habíamos vuelto a cruzar palabra más que las escuetas de ayer en el vestuario, cuando él parecía estar tan derrotado como lo estaba yo ahora.

Escuché cómo abría el frigorífico y se echaba un vaso de agua, y esperé a que se metiera otra vez en su habitación.

Abrí de nuevo mis párpados cuando noté el sofá hundirse a mi lado.

Los brillos de la noche que entraban por la ventana me permitieron ver a Bastian, recostado en la otra esquina, cruzado de brazos y mirando al techo.

Me encogí un poco más en mi sitio, algo incómoda, y él aprovechó el espacio que dejé para estirar sus largas piernas en el sofá, encerrándome entre su cuerpo y el respaldo.

No entendía qué hacía ahí. Ni por qué hacía eso.

Pero tampoco le pedí que se fuera.

Me sequé con el pañuelo el canto del ojo y me abracé a mis piernas. Permanecimos así, en silencio, por no sé cuánto tiempo; igual que aquella noche en el descansillo.

No me gustaba llorar delante de los demás, pero, en ese momento con él…

No sé, era raro. Se quedaba a mi lado, callado, esperando a que lo hiciera.

Como si me acompañara, pero sin hacer nada.

Sin forzar falsos consuelos que no servían de nada.

Se quedaba a mi lado, como si no quisiera que me sintiera sola.

Fuera verdad o no esa suposición, él jamás me la reconocería.

Cuando volví a mirarlo, tenía los ojos cerrados.

Su rostro, que casi siempre parecía en tensión, se había serenado, y su pecho subía y bajaba al ritmo de una respiración tranquila.

Ese mismo vaivén fue el que me ayudó a relajarme hasta que mis párpados se rindieron y mis piernas se vencieron, quedando apoyadas en las suyas.

Y fue extraño, porque dejé de estar incómoda.