Aunque me dé miedo Capítulo 19
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Capítulo 19

Lía

No tenía ni una guardia tranquila. Algo esperable, teniendo en cuenta que rotaba por urgencias.

Pero la carga de trabajo de esa noche fue exagerada.

Varios accidentes de tráfico, con solo heridos leves por suerte; intoxicaciones etílicas, habituales en las noches de viernes; unos cuantos pacientes con síntomas como los de Liam, y muchas otras patologías y aparatosos percances que requerían atención urgente.

Los pasillos del ala de urgencias en el que me habían asignado estaban abarrotados de camillas ocupadas y yo no daba abasto. Como era la de prácticas, las enfermeras me encargaban todas las tareas y cuidados con la excusa de que así aprendía.

Sí, claro. Y así descansaban ellas.

No sería un problema si pudiera triplicarme y llegar a todos los pacientes que estaban a mi cargo, pero siendo una sola para más de veinte personas, me resultaba imposible.

Tomé las constantes de todos ellos, saqué analíticas, canalicé vías venosas con más o menos dificultad y me llevé alguna que otra reprimenda por no hacerlo al gusto de la enfermera de turno.

Administré las medicaciones pautadas, atendí a los familiares y registré todos los cuidados en el programa informático mientras otra enfermera me reclamaba con poca paciencia para curar una herida.

Y así hasta que pasaron las casi doce horas que duraba la guardia.

No quedaba más que una hora para terminar esa caótica noche, pero ya me costaba mantenerme en pie y se me cerraban los ojos.

No había tenido tiempo ni para cenar ni ir al baño, así que aproveché un suspiro para ir al cuarto de enfermeras a beber agua y espabilarme un poco.

No había podido tragar el sorbo cuando, otra de ellas, Emma, vino a buscarme.

—Lía, son las ocho. Tienes que poner la medicación del paciente de la cama cuatro. —Miró en la carpetilla que llevaba el parte de medicación—. Le toca una dosis de ceftriaxona.

Me tragué el agua despacio y suspiré mientras enroscaba el tapón de la botella. Tensando los labios, me obligué a asentir.

—Ahora voy.

Se apoyó en la mesa que teníamos para comer y me clavó la mirada.

—Ya —exigió.

Resignada, dejé la botella y me volví al control de enfermería.

Antes de preparar la medicación de ese paciente, ingresado en urgencias por un cuadro grave de diarrea con sospecha bacteriana, comprobé la pauta de medicación.

A veces los médicos la cambiaban según el resultado de los análisis y no nos dábamos cuenta a no ser que revisáramos el programa; tal y como ocurría en ese caso.

—Emma —la llamé—. El médico le ha cambiado el antibiótico y le ha pautado metronidazol.

—Imposible —contestó ella, con la mirada puesta en su móvil.

Me volví al ordenador para comprobarlo.

—Mira. Metronidazol. —Giré la pantalla para que lo viera, pero ya se había ido de mi lado, dejándome con la palabra en la boca.

Fui tras ella para insistirle. Se giró con hastío y me puso delante de la cara su parte impreso.

—¿Qué pone aquí? —inquirió, perdiendo la paciencia.

—Pero ese es el parte antiguo. Han actualizado los planes de medicación y…

—Nos lo habrían dicho.

—Pero hay veces que…

—Lía —me cortó—. Ese paciente no va a subir a planta hasta que no le pongas la medicación, y ya llevas cinco minutos de retraso.

Ponle ya la ceftriaxona, y date brío. —Sostuvo la carpetilla bajo el brazo y dio unas palmadas para apremiarme—.

Al final voy a tener que hablar con tu tutora, te falta iniciativa para ser de tercero, y todavía estás muy paradita.

Fruncí el ceño, compungida. Me ardía la cara. Una mala palabra más y me echaba a llorar, lo estaba viendo.

—Pero…

—Vamos.

Y sabiendo que no estaba siguiendo las indicaciones médicas, no me quedó otra que administrar la medicación que no era bajo las exigencias de esa enfermera.

Cuando llegaron por fin las nueve de la mañana, me escapé a cambiarme antes de que alguien volviera a reclamarme. Cogí mi mochila y pasé por el control de enfermería con la intención de despedirme, pero me encontré un extraño revuelo que nada tenía que ver con el cambio de turno.

—Lía, ven aquí —me llamó la supervisora con voz firme.

Vacilé, porque ese tono me sonó demasiado peligroso.

—¿Sabías que le has administrado una medicación equivocada al paciente de la cama cuatro? —Señaló en su dirección, con un rostro pétreo y una mirada iracunda.

Un frío escalofrío me recorrió la columna y la boca se me quedó seca.

—Eh… es que… —intenté explicarme con un temblor incontrolable en la voz, pero la supervisora me lo impidió.

—Es que nada. Lo que has hecho ha sido un error muy grave.

Da gracias a que no se trataba de una medicación que pusiera en peligro la vida del paciente.

—Juntó los papeles que tenía en la mano dando un golpe seco en la mesa—.

Hablaré con tu tutora. Esto es un incidente crítico, y la universidad debe tener constancia.

Se me escaparon unas lágrimas al parpadear. Abrí la boca para hablar, pero no me quiso dar la oportunidad.

—No te quiero escuchar. Ahora mismo, no quiero ni verte. Vete.

Sin más, se fue y me dejó anclada a ese suelo con miles de palabras peleando por salir de mis labios y una impotencia que me iba a hacer estallar por culpa de una decisión que me habían obligado a realizar.

Tras media hora de interminable trayecto en autobús, llegué a casa.

Me recibió la soledad de nuestro salón, y agradecida porque a mis compañeros de piso les gustara muy poco madrugar un sábado, me desahogué en mi cama, llorándole al miedo a que me retiraran la beca por culpa de una imprudente enfermera.