Aunque me dé miedo Capítulo 18
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Capítulo 18

Lía

Aproveché la soledad del vestuario para darme una larga y caliente ducha. Como cada noche que tenía guardia, tuve que esperar a que se fueran todos los jugadores para poder meterme. Y por fin pude disfrutar de un ratito de tranquilidad.

La tarde había sido desastrosa. Raúl parecía haberse hecho un leve esguince y Liam tuvo que ser sustituido por una repentina gastroenteritis a mitad de partido; no se reía tanto cuando le cogí una vía para ponerle suero.

Por si fuera poco, perdieron en el último minuto del tie-break contra los Black Warriors , de la Universidad de Missoula, la que tenía mejor equipo de vóley en Montana.

No es que me alegrara, pero estas cosas me hacían creer en el karma.

Nunca había visto a Oliver tan cabreado, hasta yo me asusté al escuchar cómo les gritaba tras el partido.

Me permití unos últimos minutos bajo el agradable calor de la ducha y su vapor, y me obligué a cerrar el grifo antes de que se me hiciera demasiado tarde. Me pasé las manos por el pelo para escurrirlo, y me envolví en la toalla.

Me dirigí hacía la zona de las taquillas, con la piel erizada por el contraste de temperatura.

Me frené en seco al ver que no estaba sola.

El corazón me pegó un vuelco cuando me encontré a Bastian sentado en uno de los bancos del vestuario, justo enfrente de mi taquilla.

Estaba dejado caer contra las situadas a su espalda, con una expresión derrotada y la mirada perdida.

Iba sin camiseta, tenía el pelo alborotado y la cinta que se lo recogía colgaba de su cuello.

Apreté la toalla contra mi pecho para sujetármela bien y pasé frente a él para llegar a mi taquilla.

—Hola —murmuré.

No contestó.

Era como si no se hubiera dado cuenta de que yo estaba ahí. Tampoco era de extrañar, Bastian solo tenía dos formas de comportarse conmigo: o me ignoraba, o me amargaba la existencia, y prefería la primera.

Abrí despacio la puerta metálica y saqué mi ropa de la mochila, prenda a prenda, para hacer tiempo.

Necesitaba que se fuera para cambiarme. Eché una rápida mirada hacia atrás, pero él seguía igual.

Me volví y suspiré. Había algo demasiado cargado que me estaba ahogando.

Quizá era que todavía no me creía que se hubiera arrepentido por echarme de su fiesta.

—¿Guardia? —sonó de pronto su voz cansada a mi espalda.

Asentí con lentitud.

—¿Bronca?

Me giré de nuevo sobre mi hombro para ver su respuesta.

Bastian se levantó con la mirada caída y, confirmándomelo con un breve cabeceo, comenzó a descender el pantalón por sus caderas.

Me volteé corriendo para no ver nada que no debía, con el corazón latiéndome a toda prisa.

Agarré más fuerte la toalla y esperé en tensión a que terminara de desnudarse.

Cuando escuché el sonido de sus chanclas alejándose a las duchas, por fin me relajé y me vestí a toda prisa.

El autobús salía en menos de diez minutos.

O me daba prisa, o no llegaba. Me cepillé el pelo hacia atrás y cogí todas mis cosas para salir del vestuario pitando.

Pero, antes de llegar a la puerta, me lo crucé saliendo de la ducha.

Con el mismo gesto derrotado de hacía unos pocos minutos, las gotas corriendo por la piel desnuda de su pecho, y la toalla escurriéndose por sus caderas tan bien definidas.

Aparté la vista, notando como se me encendían las mejillas.

—Adiós —me despedí en voz baja al pasar por su lado.

Como respuesta, me hizo un simple gesto de despedida con la cabeza.

Salí del vestuario y, sintiendo que por fin volvía a respirar, corrí hacia la parada del autobús, intentando olvidar esa imagen que me daba miedo que se me tatuara en la memoria.