Aunque me dé miedo Capítulo 14
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Capítulo 14

Lía

Tenía claro que, tras ese incidente, llevarme bien con los Silver Jaguars iba a ser misión imposible. Quizá todos temían, al igual Bastian, que me fuera de la lengua y los sancionaran por motivos disciplinarios.

Y quizá, por eso, en el partido del día siguiente, la cancha estaba cargada de una afilada tensión que ni siquiera la emoción por el comienzo de la competición logró ocultar.

Empañó hasta la punzada dolorosa que sentí cuando actuaron las animadoras.

Notaba las hostiles miradas de los jugadores desde la pista, casi desafiantes.

Ya no había bromas, solo malas caras. Y la mayoría de ellas provenían de su capitán.

Era su cumpleaños y mientras que nuestros amigos le habían despertado cantándole el cumpleaños feliz y preparándole un desayuno sorpresa antes del partido, yo me limité a quedarme en la cama, ignorando ese espectáculo.

De la misma manera que, durante todo el tiempo que se extendieron los sets, me limité a estudiar mis apuntes desde el banquillo, para esquivar el desdén de su mirada.

Estaba cabreado por mi comentario, lo sabía. Pero no entendía por qué, tampoco había sido para tanto; nos habíamos dicho cosas mucho peores, sobre todo él.

Por lo menos, tuvo como regalo ganar el primer partido de la fase de grupos y ser nombrado mejor jugador de la jornada. Y para celebrar tanto el buen inicio de la temporada como sus veintidós años, organizó una fiesta en el piso —sin pedirle a nadie permiso— que me recluyó en mi habitación.

La música era atronadora, pero más lo era el bullicio de voces y risas que escuchaba a través de las paredes.

Resoplé, hastiada, dándome un golpe con el libro abierto en la cara.

Había dado por imposible el estudiar, pero es que ni leer me dejaban.

Encima, me moría de hambre. La fiesta había empezado por la tarde y ya eran cerca de las doce, y todavía no había podido cenar.

Dejé la novela a un lado y busqué el móvil, que lo tenía perdido entre las sábanas, y le envié un mensaje a Claudia para que me trajera algo de comer. Justo entonces, un pitido llegó desde su cama.

Genial, se lo había dejado.

Probé con Nico. Sabía que Asier y Abril llevarían demasiadas cervezas encima como para atinar a leer mi mensaje.

Nada. Con el ruido que había, ni lo habría escuchado.

Me apetecía una mierda salir y verle la cara a Bastian y al resto de sus amiguitos, pero las tripas me sonaban demasiado como para aguantar sin cenar hasta que les diera la gana terminar la fiesta.

Y qué narices, que también era mi casa.

Me calcé y salí de la habitación, sin pararme a mirar a nadie.

Solo quería llegar a la nevera, coger algo y volver a encerrarme.

Me hice hueco entre los veteranos, jugadores del equipo y otras chicas que no conocía.

Entre tanta gente, ni siquiera vi a mis amigos.

Me llevé algún que otro empujón de quienes bailaban ajenos a la realidad y a mi presencia, pero por fin conseguí llegar a la cocina.

—¿Qué haces aquí?

La fría voz de Bastian me sorprendió mientras abría el frigorífico. Cogí uno de mis yogures de melocotón y me volví con lentitud, aparentando una serena calma.

—Lo que me da la gana.

Me quitó el yogur de mala manera y lo dejó en la encimera.

—Es mi fiesta de cumpleaños y tú no estás invitada —dijo, clavándome una vez más su afilada mirada.

Apreté los dientes, cogiendo de nuevo el yogur.

—Pero la estás haciendo en mi casa.

Lanzó una exhalación y se pasó las manos por el pelo.

—Mira, niñata. Bastante tengo con aguantar y tragar contigo metida en el equipo como para que también me jodas una puta fiesta en la que me puedo divertir un poco.

Me encogí de hombros y abrí la tapa del yogur, camuflando el pequeño arañazo que me dejaron esas palabras en el pecho.

—Nadie te lo impide —contesté, despreocupada, mientras me llevaba una cucharada a la boca.

—Tú —saltó con una brusquedad que casi me hizo atragantar—. Verte el careto me amarga la existencia, y no quiero que me amargue también el cumpleaños. Así que hazme el favor de una vez y pírate. No te quiero aquí.

Parpadeé, un poco conmovida. Durante unos segundos busqué en sus ojos un arrepentimiento a sus explosivas palabras.

Pero no lo había.

Nunca lo habría.

Dejé con un golpe el yogur en la encimera y salí de casa, pegando un portazo con todas mis fuerzas.

Hasta que no me golpeó el aire nocturno de mediados de septiembre en la piel, no fui consciente de que estaba en la calle y en pijama.

No llevaba ni el móvil encima. Miré a mi alrededor, sin saber qué hacer ni a dónde ir.

La calle estaba llena de universitarios disfrutando del ambiente nocturno de Lincoln, y no quería que nadie me viera así.

Tragué saliva y me obligué a contener las lágrimas de rabia. Porque era el único sentimiento que Bastian podría despertar en mí. Por sus desprecios exagerados; sus malos comentarios; su empeño en hacerme sentir fuera de lugar, pequeña, como si yo no valiera.

Una cosa era llevarnos mal, y otra reducirme a una mierda. Y todo por un maldito comentario.

Giré el edificio hasta llegar a un pequeño parque vacío; raro que no hubiera algún grupo haciendo botellón. Me senté en un banco bajo un árbol y me abracé a mí misma, esperando a que en algún momento esa fiesta se acabara.

Y, una vez más, terminé humillada.