Capítulo 13
Lía
Dicen que, en ocasiones, cuando un amor se rompe antes de que nos demos cuenta, las primeras fases de su duelo comienzan dentro de la relación.
Quizá, por eso, no me costó tanto como creía asumir mi ruptura con Caleb.
Me permití llorar esa noche, pero apenas quedó rastro de mi llanto en los siguientes días.
Tal vez, mi duelo comenzó el primer día que Caleb me traicionó y, durante nuestra segunda oportunidad, estuve en una dolorosa fase de negación.
Pero darme de bruces con la realidad me había permitido avanzar hasta la aceptación.
O quizá era que ya me había cansado de llorar por él, no sé.
Puede que Abril tuviera razón y que ni siquiera estuviera tan enamorada.
Tal vez, solo lo estaba de la atención que me daba cuando estábamos juntos y lo bien que me sentía cuando recibía sus cariños.
Es triste, lo sé. Lo que todavía no sé es por qué le di otra oportunidad, si en el fondo sabía que me la volvería a jugar.
Esperármelo no quitaba lo mucho que me dolía que volviera a hacerlo; sentirme tan reemplazable, no ser suficiente para quien decía estar enamorado de mí.
Él no me había respetado, pero yo sí lo iba a hacer. Ya no habría más oportunidades; no volvería a caer. No quería a alguien como él en mi vida y no iba a permitir que nadie más volviera a jugar conmigo.
Claudia y Abril pusieron mucho de su parte para que el domingo que le siguió a aquella noche no fuera melancólico y depresivo.
Compraron chuches, se metieron conmigo en mi cama, y se pasaron todo el día haciéndome reír con sus boberías, obligándome a olvidar lo que me dolía.
Ellas también tuvieron que bloquear a Caleb, porque no paró de enviarles mensajes queriendo saber de mí.
Ese día todavía se me escaparon algunas lágrimas de tristeza, pero fueron muchas más las que lo hicieron de risa y alegría por tener tan buenas amigas.
Los chicos sabían que en días como aquel tenían prohibida la entrada a nuestra habitación, así que solo nos interrumpieron para traernos la comida.
Aunque a veces fueran un poco pesados, nos cuidaban muy bien.
El único que molestó un poco de más fue Bastian, dando golpecitos a la pared cuando se nos iban de madre las risas; pero incluso él se supo comportar, ya que en los siguientes días no tuvo ninguna salida de tiesto conmigo.
Apenas me habló más que para meterme prisa en el baño, pero tampoco me provocó con su lengua venenosa, y eso ya era mucho.
Agradecí que el frenesí de mi vida universitaria no me permitiera tiempo para pensar de más. El resquemor que tenía conmigo misma seguía pesándome, pero me forcé a esconderlo para que no me impidiera seguir con el ritmo que me exigían mis obligaciones.
Y así, casi sin darme cuenta, había llegado el viernes otra vez.
Estaba en mi consulta de enfermería, enzarzada con un caso clínico de Enfermería Psiquiátrica que no tenía ni idea de cómo resolver, con el NANDA abierto a un lado del escritorio y el DSM 5 al otro.
Los jugadores tenían sesión de acondicionamiento físico, así que no hacía falta que estuviera con ellos.
Estaba demasiado concentrada intentando realizar la anamnesis de una patología, cuando sonó un pitido estridente y desconocido.
Miré confusa mi móvil, ya que lo tenía en silencio y además…
no sonaba así. Casi se me salió el corazón por la boca cuando me di cuenta de que el pitido venía del busca de emergencias.
Solté el boli y salí corriendo en dirección al gimnasio con mi pequeño maletín. No tenía ni idea de qué podría haber pasado, y como siempre, estaba sola, así que no sabía si sería capaz de hacerme cargo.
Cuando llegué, varios de los jugadores estaban alrededor de uno de ellos, tirado boca arriba en el suelo.
Me temía lo peor.
—¿Qué ha pasado? —Me acerqué temblorosa, jadeando todavía por la carrera.
Me hice sitio entre ellos, me arrodillé frente a Liam y solté el maletín. Lo conocía porque estudiaba Biología con Asier.
—Estaba haciendo sentadillas en el rack tan normal… y de repente se desplomó —dijo Raúl, nervioso—. Siempre le digo que no se ponga tanto peso, pero no me hace caso. —Se revolvió el pelo mientras daba pequeños paseos inquietos.
—Llamad al médico, ¡rápido! —les pedí con urgencia—. Liam, ¡Liam! —Lo zarandeé con fuerza.
Como no respondía, le di una palmadita en la mejilla. Y después, otra un poco más fuerte.
Nada.
Le pellizqué el brazo, le retorcí el pezón. No era lo más profesional, pero estaba desesperada porque reaccionara.
Y seguía sin hacerlo.
—¡Que llaméis al médico! —urgí, perdiendo la calma.
Los murmullos se levantaron a mi alrededor, pero no fui capaz de escucharlos.
Llevé mis dedos temblorosos hasta el cuello de ese chico, buscando el pulso en la carótida.
Su piel estaba sudorosa pero caliente, y aun así no lograba encontrárselo; estaba demasiado nerviosa.
Me acerqué a un palmo de su cara para cerciorarme de que respiraba.
Y me quedé congelada cuando me escupió una bocanada de agua en toda la cara.
Las risas estallaron, incluida la de Liam. Se metieron en mi oído, machacándolo.
Me quedé pasmada; ahora era yo la que no conseguía reaccionar.
Levanté la cabeza despacio y miré cómo todos me rodeaban, disfrutando de ese humillante espectáculo, mientras las gotas de agua me caían por el cuello y me mojaban la casaca del uniforme.
—¿Te ha puesto cachondo que la enfermera te pellizcara la tetilla, eh cabrón? —se burló uno de ellos a mis espaldas.
Mi pecho comenzó a moverse deprisa al son de mi agitada respiración.
—Sois… sois… —boqueé, se me contraían los labios de la impotencia.
Todos se reían mientras intercambiaban burlas. Todos, menos Bastian, que estaba en su mundo haciendo press banca , desobedeciendo las indicaciones de Nico e ignorando cómo sus compañeros me ridiculizaban.
Y, entonces, estallé.
—¡Sois unos animales! —vociferé con los puños apretados. La rabia corría por mis venas a tanta velocidad que me costaba decir todo lo que quería soltarles—. Llamaros personas se os queda demasiado grande.
Raúl dio un paso hacia mí, secándose con el dorso de la mano las lágrimas que se le escapaban de la risa.
—Va, rubi. Que solo ha sido una broma.
—No me toques —espeté con la mandíbula tensa, alejándome para que su mano no me rozara el brazo—. Y no me llames rubi. Ni rubita. Ni Lía. No os dirijáis a mí, ¡pedazo de imbéciles!
Como si hubiera dicho algo graciosísimo, volvieron a carcajearse de mí. En mi cara.
Y ya ni siquiera con los puños apretados conseguía contener el temblor de mis manos.
Me pasé el antebrazo para retirarme con mucho asco el agua de la cara y salí de ahí, escuchando más risas a mi espalda.
Me mordí el labio para no llorar mientras volvía a la consulta.
Ese iba a ser el peor curso de mi vida.
Estaba secándome la cara con papel cuando escuché unos golpes en la puerta. No contesté, pero quienquiera que fuera se dio por invitado.
—Te has dejado el maletín en el gimnasio.
Lancé una mirada de soslayo sobre mi hombro y vi a Bastian dejándolo sobre el escritorio. Me volví sin decirle nada. Se acercó despacio y me quitó el fonendo del bolsillo. Me giré chasqueando la lengua, cansada.
—Bastian, dámelo.
En su lugar, se lo llevó al cuello y agarró cada extremo con la mano.
—Lía, sé que han sido unos subnormales, pero… —empezó a decir con una sospechosa voz serena.
—¿Pero? —Alcé una ceja.
—Que no hay que sacar las cosas de quicio, ¿vale? Que solo ha sido una broma.
Se me escapó una risa amarga.
—¿Qué no saque las cosas de quicio? ¿Yo? —Me clavé el dedo en el centro del pecho—. ¡Que me han escupido en la cara, Bastian! Que yo venía a hacer prácticas de enfermería, no de veterinaria.
Suspirando, se quitó el fonendo y me lo colgó a mí del cuello.
Para eso me lo había quitado, para que le hiciera caso.
—Vale, sí. Lo sé. Y estás en todo tu derecho de enfadarte con ellos, insultarlos o mandarles a la mierda…
—Y a ti también, que lo has permitido —lo interrumpí.
Respiró hondo, pellizcándose el puente de la nariz.
—Lía, he venido por las buenas. —Hizo una pausa, mirándome con unos ojos dudosos—. Solo te pido que… no le cuentes nada al entrenador ni a la coordinadora de prácticas, por favor.
Negué con la cabeza, incrédula, y me volví para coger más papel con el que secarme el uniforme.
—No pienso aguantar que me tratéis así —las palabras me salieron casi frenéticas—. Yo no vine hasta esta universidad para que una panda de impresentables me humille. —Cabeceé de nuevo—. No.
—Sabes que yo no destaco precisamente por mi expediente académico, y si lo cuentas…
Chisté.
Eso era lo único que le importaba. No quería calmarme ni disculparse por los demás. Ni siquiera serenar el ambiente con el equipo, como haría un capitán.
Quería evitar que le retiraran la beca.
—No sé qué te preocupa —dije, mientras me secaba con tanta fuerza el cuello que hasta me hice daño—. Si quisieran echarte del equipo, ya se encargaría tu papá de untar a la universidad para evitarlo.
Era la verdad. El asqueroso dinero te abría las puertas a todas partes y te mantenía en ellas aunque la cagaras. A la familia de Bastian de eso no le faltaba; no como a la mía.
No escuché una réplica por su parte. Ni más ruegos. Ni ningún tipo de contestación. Nada.
Solo el golpe seco que dio con la puerta cuando se marchó.
De pronto, el aire se volvió pesado sobre mis hombros y me arrepentí de mi comentario.
Me quité de un tirón el fonendo del cuello y lo lancé a la camilla.
No entendía por qué me sentía tan culpable si él nunca lo hacía conmigo.