Capítulo 12
Lía
El viento que corría en la noche se había vuelto algo más violento.
Y ahí, sentada en el descansillo al que llevaban las escaleritas de incendios situadas al lado de nuestra terraza, me arañaba los brazos y las piernas.
Ese pequeño espacio de suelo metálico y rodeado por la enladrillada pared de nuestro edificio por un lado, y por unas barandillas de seguridad por el otro, era mi refugio cuando necesitaba estar sola.
Pequeño, casi oculto en medio de la fachada, pero con una privilegiada vista del horizonte de Nebraska.
Me habría quedado en la cama, pero Claudia y Abril estaban demasiado alejadas de la realidad para darse cuenta de que necesitaba un poco de tranquilidad para silenciar mi cabeza de una vez esa noche.
Me abracé a mis rodillas. Todavía tenía el teléfono en la mano.
Acababa de decirle a Caleb que nuestra relación se había terminado, y tras unos de sus cuantos ruegos vacíos, lo había bloqueado.
Él no había mostrado ni un solo ápice de responsabilidad emocional, no iba ser yo quien lo hiciera después de permitirle que traicionara mi confianza por segunda vez.
No se la debía. Me la debía a mí misma. Me había arrastrado para conseguir un poco de su atención, y ahora estaba desollada y por los suelos.
Estaba dolida, pero, sobre todo, enfadada conmigo misma por haberme permitido caer.
Las escaleras vibraron bajo la estructura metálica.
Arrugué el gesto, maldiciéndome. Yo no era la única que había encontrado amparo en este apartado lugar, y coincidir aquí era un motivo absurdo de discusión para el que, en ese momento, no tenía fuerzas.
Tardó solo unos segundos en aparecer, subiendo con su odiosa agilidad las escaleras.
En silencio y sin mirarme, se sentó en la esquina contraria, con la vista puesta en el horizonte.
Descalzo, con el pelo alborotado y vestido solo con unos simples pantalones cortos de pijama; una imagen muy parecida a la mía, que solo llevaba una fina camiseta de tirantes y unos pantalones más cortos que los suyos.
Me retiré los rastros de lágrimas que todavía mojaban mi mandíbula y dirigí los ojos en la misma dirección que la suya. Pasaron segundos, o quizá minutos, no sé, en los que entre nosotros solo se escuchó el ruido de la noche, hasta que Bastian lo rompió.
—Te intentaron advertir, pero no quisiste hacerles caso —dijo con una voz ronca.
Me mordí el labio con rabia y me limpié otra lágrima que se quería desbordar.
—Quiérete un poco, Lía —volvió a hablar, encogiéndome el estómago—. Eres demasiado inocente para verlo, pero ese tío es un mierda.
Apreté el móvil en mi mano. Si pudiera, se lo estampaba en la cara. Qué hipócrita era, que se creía con derecho a dar lecciones de moralidad.
—Tú no eres mejor que él —respondí con dureza.
Alzó los hombros e hizo un mohín con los labios.
—Me importa entre poco y nada la opinión que tengas de mí, y tampoco tengo interés en hacértela cambiar —soltó con una tranquilidad tan impropia en él que me inquietó.
Me hice pequeña en mi propio abrazo y clavé mi vista en el suelo.
—¿Sabes? Te está bien merecido. —Hizo una pausa. Lo miré de reojo, y vi que tensó la mandíbula, como si no estuviera seguro de lo que fuera a decir—. Ya sabías a quién volvías a meter en tu cama.
Tragué saliva y cerré los ojos, porque esas palabras me golpearon en lo más profundo de mi pecho. Por el menosprecio que desprendían. Y por la verdad que cargaban.
—¿Me puedes dejar sola, por favor? —le pedí con una voz conciliadora que sonó demasiado rota.
Abrí los ojos y vi que negaba con la cabeza.
—Me apetece estar aquí. —Relajó su espalda contra la pared de ladrillo y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola también. Cambió así su mirada al cielo.
En todo ese rato, no me había mirado ni una sola vez.
—Genial —murmuré para mis adentros, dándome por vencida.
Me abracé más fuerte y volví a cerrar los párpados para no llorar delante de él. Y así, pasé esa extraña noche, con él a mi lado acompañando mi quiebre y mi silencio.