Aunque me dé miedo Capítulo 11
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Capítulo 11

Lía

Cuando le envié ese mensaje a Caleb, lo hice con la intención de aprovechar la intimidad del piso sin mis amigos dentro, pero se las apañó para convencerme de que sería más divertido unirnos a la fiesta con ellos.

Y ahí estaba yo, frente al espejo de nuestra habitación, con mis amigas ayudándome a escoger bikini. Me di media vuelta para verme mejor mientras Abril y Claudia me miraban con fascinación.

—Te queda impresionante, Lía —dijo Claudia—. El burdeos te favorece muchísimo con tu tono de pelo y de piel.

Arrugué el gesto, poco convencida. Me gustaba la forma en la que ese bikini de escote cuadrado realzaba mi pecho, pero la braguita mostraba más piel de la que estaba acostumbrada a enseñar en una piscina.

—No sé… ¿no os parece… demasiado?

—¿Para regalarle estas impresionantes vistas a Caleb? Pues sí, porque no se lo merece. Pero tú te lo pones para ti, porque te gusta y estás tremenda. No para él —afirmó Abril casi con una firmeza militar mientras me apartaba el pelo por detrás de los hombros.

Tragué saliva sin dejar que esas palabras removieran de más mi conciencia. Era demasiado patético admitir que lo único que quería era que mi novio me mirara a mí, y no a las chicas de cuerpos mucho más bonitos que el mío que seguramente estarían en esa misma piscina.

Era patético, porque yo no era así.

Pero mi maldita inseguridad sacaba lo peor de mí.

—Venga, pesadas. Dejad de admiraros en el espejo. Que los chicos nos están esperando —bromeó Claudia mientras salía por la puerta de la habitación.

La piscina de la residencia era demasiado pequeña para toda la gente que había.

En teoría solo era una fiesta para los becados que vivíamos ahí, pero claro estaba que más de uno había invitado a gente de la universidad.

Todos esos universitarios, la mayoría desconocidos para mí, bailaban, reían, bebían y se bañaban en la piscina sin ningún tipo de cuidado.

—Perdóname —me susurró Caleb contra los labios, arrastrando un poco las sílabas; había bebido un poco, pero no lo suficiente como para estar borracho—. Me quedé sin batería por la noche y estaba tan reventado que me quedé dormido sin ponerlo a cargar.

Suspiré, entrelazada a su cuello con mis brazos y a su cintura con mis piernas, tragándome a conciencia su mentira.

Él estaba agotado por una cena, pero yo, saliente de guardia, sin dormir y pringando toda la tarde en las prácticas del equipo, sí podía aguantar despierta esperando su mensaje en la cama.

Qué cosas.

Me tenía sujeta contra la pared de la piscina.

Pese a ser de noche, el agua estaba cálida, pero mucho más su cuerpo.

No estaba muy cómoda así. No por nosotros, ya que solo nos estábamos abrazando; sino porque las luces acuáticas permitían ver lo que otras parejas hacían sin un mínimo de disimulo en el interior de la piscina.

De mis labios, pasó a mi cuello, recorriéndolo con suavidad. Me encogí un poco y hundí mis dedos en su piel.

—¿Por qué no vamos un rato con mis amigos? A Nico y a Asier los conoces muy poco. Creo que te caerían bien. —Dibujé una pequeña sonrisa convincente.

Se separó y me miró con el ceño fruncido.

—¿No estás a gusto así?

Le miré a esos ojos azules en los que un día me perdí, pero en los que ya no encontraba la calidez suficiente para que me atraparan.

—Sí, pero… no sé, también nos viene bien estar con más gente, ¿no? Ya que nos hemos quedado en la fiesta…

Respiró hondo y me soltó despacio. Tuve que agarrarme al bordillo ya que ahí no hacía pie.

—Mira, ¿por qué no hacemos una cosa? Ve un rato con tus amigos y así yo aprovecho para saludar a unos colegas de la carrera que he visto que andan por aquí.

Luego te busco y, si te apetece… podemos subir a tu piso y aprovechar antes de que tus amigos terminen la fiesta —me propuso, utilizando su encantadora voz melosa, y esbozando una ladina sonrisa mientras volvía a agarrarme de la cintura.

Me obligué a dibujar yo otra. Ese no era el plan que habíamos hablado.

—Vale —dije al fin.

Satisfecho, salió de la piscina y me tendió la mano para ayudarme a mí. Me envolvió entre sus brazos y me besó de nuevo. Lo miré, casi suplicándole que no hiciera ninguna tontería, pero creo que fue incapaz de ver el ruego en mis ojos.

—Ahora te veo —me prometió, dejándome una caricia en la barbilla antes de dar media vuelta y marcharse.

Yo también me giré, porque prefería no saber hacia dónde se dirigía.

La noche había levantado un aire que, pese a ser agradable, me enfrió la piel, todavía mojada por el agua de la piscina.

Me pasé las manos por el pelo empapado, atusándolo hacia atrás, y me abracé a mí misma para contener los escalofríos.

Caminé descalza por el césped, esquivando universitarios borrachos, con el único objetivo de llegar hasta mis amigos.

—Ey, rubita. Me gusta más ese uniforme —bromeó con sorna Raúl a mi derecha.

Estaba sentado con el resto de nuestros veteranos, ocupando varias tumbonas. Entre ellos, estaba Bastian, ofuscado en su móvil, como tantas veces lo había visto, y con un botellín en la mano. Volví mi atención a Raúl y le lancé una mala mirada antes de seguir con mi camino.

No estaba para bromas.

Cuando llegué hasta mis amigos, me senté en la tumbona donde estaba Nico.

Me pasé mi toalla por encima de los hombros y me abracé a ella; todavía tiritaba.

Reían sin parar por un motivo que no conocía; ellos también debían haber bebido, porque parecían bastante contentitos.

Tanto, que ni se extrañaron al verme sin Caleb.

Nico me rodeó con un brazo al percatarse de mi temblor, pero siguió enredado en risas con los demás como si nada.

Me quedé un rato con ellos, intentando seguirles las gracias para olvidarme por un rato de mi novio, pero, según el smartwatch de Asier, ya eran más de las doce y todavía no sabía nada de él.

Dejé la toalla y me levanté para buscarlo.

Los demás estaban tan enfrascados en su juego de palabras encadenadas que ni siquiera se dieron cuenta.

Paseé por el recinto, buscando con mi mirada. No había mucha luz más que las farolas de los extremos y las del vaso de la piscina, y así era más difícil reconocerlo entre tanta gente. Me paré en seco, sobresaltada, cuando una cálida mano se posó en mi cintura.

Igual de cálida que la que esta mañana cubrió la mía.

—Yo de ti le echaría un ojo a tu novio —susurró Bastian en mi oído, pegado a mi espalda.

Me estremecí. Por esa inesperada cercanía. Por el peligro de sus palabras. Por el miedo a haberme vuelto a fallar a mí misma.

Me giré despacio, esperándome encontrar su afilada mirada.

Sin embargo, no vi burla en sus ojos. Ni provocación.

Tampoco reto. Solo una seriedad que confirmaba mis sospechas y que provocó una dolorosa sacudida en mi estómago.

Entreabrí los labios, pero no fui capaz de decir nada.

Desvió la vista un segundo hacía la izquierda antes de volver a ponerla en mí.

Y como si eso fuera una indicación, seguí esa dirección que me llevaba hasta los baños públicos de la piscina.

Me acerqué con el corazón en la garganta, recelosa de lo que me pudiera encontrar al abrir una de sus puertas. Pero no me hizo falta. Escuché unas pequeñas risas. Doblé la esquina del cubículo de hormigón del baño, siguiéndolas.

Y, entonces, lo vi.

Sentado en el banco de piedra que se postraba en esa misma pared, con una chica morena encima de su regazo, besándola como si no hubiera un mañana.

Algo se rompió dentro de mí. Lo noté. Lo escuché.

Era la decepción haciéndose paso en mi pecho, arrasándome por completo.

Sabía que esto pasaría por más que me esforzara en negarlo.

Me obligué a sujetarme una venda con frágiles pinzas, y cerré los ojos por si acaso se me caía.

Pero la claridad ya me impedía ignorar la realidad.

Caleb no me quería.

No era una animadora, como tanto temía. No sabía quién era, no la conocía. Pero al único que debí temer desde el principio fue a él. Sabía que no podía confiar en él y, por intentarlo, me había fallado a mí misma.

A mi dignidad.

A mi amor.

A mi orgullo.

Tragándome las lágrimas de rabia y con un incesante temblor en los labios, me di la vuelta y me subí a casa.