Aunque me dé miedo Capítulo 10
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Capítulo 10

Lía

La cabeza me iba a estallar. Se me había incrustado en los oídos el sonido chirriante que hacían las zapatillas contra el suelo de la pista.

Los gritos que pegaban los jugadores tampoco ayudaban.

Y los jaleos del público cada vez que nuestra universidad anotaba un punto, menos aún.

No era más que un amistoso contra los Bull Fire , de la Universidad de Omaha, pero más bien parecía la final del campeonato.

Los seis jugadores de los Silver Jaguars que se repartían en la mitad de la cancha se movían y rotaban posiciones con una coreografía casi perfecta bajo las órdenes de Bastian.

Llevaba una fina cinta azul en el pelo para que los mechones no le entraran en los ojos.

La equipación de competición era del mismo color que la del entrenamiento, pero de un tono más oscuro, y muy parecido al de la pintura que nos tiraron en la novatada.

Remataba con fuerza el balón por encima de la red y saltaba con una altura que no era humana para bloquear.

Con esas piernas, tampoco me extrañaba.

Ahí estaba, liderando, con el control absoluto del partido. Dándole igual los comentarios tan miserables que me había proferido anoche. Ni siquiera se había disculpado esta mañana cuando coincidimos en el desayuno. Tampoco lo esperaba.

Intenté concentrarme en mis apuntes de Enfermería Clínica III, pero era imposible.

Ya no solo por el bullicio de las gradas.

Antes de que diera el comienzo del partido, el equipo de animadoras, las jaguarettes , hizo una pequeña exhibición, y aunque ella no tuviera culpa, se me revolvió el estómago al ver a la chica con la que pillé a Caleb en aquella fiesta de fin de curso.

Me sentí pequeña al compararme sin querer con ella.

Y no pude evitar preguntarme si alguna de esas animadoras habría estado anoche con él mientras yo esperaba un mensaje que nunca llegaba, o si habría repetido con la misma.

Llevábamos más de la mitad del segundo set, pero todavía no lograba liberarme de la sensación tan angustiosa que me dejaron aquellos pensamientos. Lo que sí consiguió sacarme de ellos, fue el grito con el que me llamó Raúl desde la cancha.

—¡Lía, corre!

Se me cayeron los apuntes de las manos. El partido se había parado. Ni siquiera había escuchado el pitido del árbitro. Cogí mi pequeño maletín y corrí hasta donde Bastian daba vueltas en círculos, con la mano en el pecho y gesto de dolor.

—Es solo un tirón —farfulló con los dientes apretados.

—Tío, te has pasado con ese ataque. Que es un simple amistoso.

Bastian sacudió una mano al aire y siguió caminando por la pista, tratando de controlar el dolor.

Solté el maletín en el suelo y, dejando atrás todas nuestras mierdas de convivencia, me acerqué a el:

—Déjame ver.

Frenó al escucharme y, sin que se opusiera, palpé con cuidado la misma zona que él se masajeaba. Lo único que notaba era un pectoral duro que le arrancaba un contenido gemido de dolor cada vez que hundía un poco mis dedos en él.

—Haz algo, rápido. Tenemos menos de tres minutos para volver al juego —me apremió, sin borrar todavía el gesto.

—Parece que es algo muscular, Bastian. No puedo hacer más que ponerte hiel…

—Venga, Lía. No me jodas, ¿entonces para qué estás aquí?

Respiré hondo para no perder los nervios. Antes de que pudiera hablar, el entrenador se me adelantó:

—Lassard, vamos. Al banquillo. Ya está calentando Davis, él te sustituirá.

—¿Qué? —espetó, alzando la voz—. Oliver, no. Puedo jugar. No es más que un puto tirón.

—Y esto no es más que un puto amistoso —replicó con autoridad Oliver—. El sábado que viene empieza el campeonato y te quiero al cien por cien. No voy a arriesgarte por una simple pachanga.

Bastian bufó con fastidio y se fue hasta los banquillos. Raúl le dio una palmada en la espalda cuando pasó por su lado, pero ni siquiera se giró. Corrí tras él antes de que reanudaran el partido.

Lo que me faltaba, que me pillara ahí en medio.

Ocupé la silla que estaba a su lado y abrí la cremallera del maletín.

—Voy a intentar que no se te inflame demasiado. Quizá deberíamos ir a la consulta, estarías más cómodo.

—Aquí —contestó tajante.

Me mordí el carrillo, otra forma más de contenerme. Rebusqué hasta dar con una crema antiinflamatoria y cuando me volví a él, ya tenía la camiseta subida y la mirada puesta en el partido.

—No tienes hematoma y tampoco está rojo, así que seguramente sea una simple distensión.

Su pecho se movió con una inspiración profunda, pero no respondió.

—Voy a echarte un poco de crema y ahora te pongo hielo. No eres alérgico a nada, ¿verdad?

Negó lentamente con la cabeza, así que procedí a extender una pequeña cantidad de pomada por su piel.

Lo hice con suaves y lentos movimientos circulares que erizaron el vello de su pecho.

La crema estaba fría, pero su piel ardía.

Su mirada ya no estaba puesta en la pista, ahora había girado la cabeza y tenía la mandíbula rígida.

No tenía duda de lo cabreado que estaba porque lo sacaran del partido, y sabía que no tardaría en culparme.

Guardé la crema, cogí una bolsa de hielo instantáneo y apreté su centro para que liberara el frío. Se la coloqué envuelta en una compresa, y le bajé la camiseta, sujetándola por encima de la tela.

—Sujeta aquí —le pedí—. En diez minutos te la quitas.

Llevó la mano hasta la bolsa, colocándola encima de la mía y cubriéndola entera. Su palma quemaba tanto como su pecho.

—¿No tenéis fisio aquí? Te vendría bien que te echaran un vistazo. —Retiré con cuidado mi mano para que no se cayera la bolsa—. O si no Nico podría…

—Que sí, que ya lo sé —contestó con impaciencia—. Déjame ya.

Tensé los labios, pero el insulto se me escapó igual.

—Estúpido —murmuré mientras me levantaba de su lado.

—Niñata —replicó lo suficientemente alto como para que lo oyera.

Ignorándole, recogí los apuntes del suelo y me senté con una silla de separación. Intenté concentrarme en los cuidados médico-quirúrgicos; en poco más de una semana tendríamos un examen de iniciación e iba muy retrasada.

Pero era incapaz.

La desazón no me dejaba.

Dejé los apuntes a un lado para no frustrarme más y saqué el móvil.

Tal y como esperaba, la ventana de notificaciones estaba vacía.

Una pequeña decepción me oprimió el pecho cuando comprobé que Caleb se había conectado hacía unos minutos y ni siquiera había leído mi mensaje.

Hundí las cejas mientras apretaba el móvil en la mano.

—¿Qué?, ¿sin noticias del yanki morenazo? —se burló, dibujando una sonrisa tan estúpida como lo era él.

A Nico y Asier les permitía que lo llamaran así porque sabía que lo hacían sin malicia, pero que lo hiciera él me reventaba, porque en su boca sonaba a puro desprecio.

—Cállate la boca —solté, guardando el móvil.

El entrenador, que paseaba por el lateral con las manos entrelazadas tras su espalda, se giró y, como si comprendiera el español, nos fulminó con la mirada.

—¿Qué pasa aquí?

Agaché la cabeza, avergonzada.

—Nada, entrenador. Solo estábamos hablando —mintió descaradamente Bastian.

Oliver cabeceó con desaprobación y volvió al partido.

Y poco después, Bastian se unió a él. Como si él ocupara entonces su puesto, alentó desde el lateral a sus compañeros, y cada dos por tres les exigía que se movieran más deprisa, perdiendo los nervios cada vez que fallaban algún punto o los penalizaban, y haciendo muecas de dolor cuando hacía aspavientos con los brazos.

Al final, acabó con la cinta en la mano y el pelo completamente despeinado.

Parecía que le iba la vida en el partido.

Volví la mirada a mi móvil; demasiado espectáculo para ser el primer día.

Nada.

Casi mediodía y todavía no sabía nada de él.

No quería darles la razón a ninguno de los que dudaban de nuestra relación, pese a que yo fuera una de ellas. Así que, aunque quizá más tarde me arrepentiría, volví a escribirle.

L ía:

Esta noche hay una fiesta en la piscina de la residencia antes de su cierre

Te apetece pasarte por casa??

Así estamos un rato juntos 3

Me arrepentí en cuanto pulsé el botón de enviar. Estaba reclamando una atención que no parecía estar dispuesto a darme.