Aunque me dé miedo Capítulo 9
11%

Capítulo 9

Lía

Estaba recostada sobre el regazo de Claudia, con los ojos cerrados y disfrutando del masaje que me hacía en el pelo mientras a Abril parloteaba sin parar. Había empezado las prácticas en la unidad de cardiología y estaba indignadísima.

—¿De qué me sirve ir detrás del médico con una batita y una carpetita en la mano si no me dejan meterla en ningún lado? Solo me mandan rellenar historias clínicas. Ni una sola vez he podido ponerme el fonendo, ¡ni una!

Me reí escuchándola tan alterada. Abril era de mecha corta y cuando estallaba, le salía una voz desquiciada muy graciosa.

—No te va a servir de nada que te alteres, ya sabes que va a ser así hasta que entremos en el MIR —le respondió Claudia con mucha más templanza.

Justo entonces se escuchó la puerta de la calle cerrarse. Sabía que eran los chicos, habían ido a por la cena.

—Es fácil decirlo cuando eres el ojito derecho de los médicos y te dejan hacer de todo —replicó con burla.

—¿De quién eres el ojito derecho? —sonó de pronto la voz de Nico.

Abrí los ojos y me lo encontré inclinado sobre el respaldo, muy cerca de Claudia.

—De nadie. Es una exagerada —contestó con timidez, fulminando con la mirada a la pelirroja.

Me mordí el labio cuando vi lo roja que se había puesto.

—Moved el culo, que se enfrían las pizzas —ordenó Asier colocando las cajas sobre la mesita de café.

Se me hizo la boca agua en cuanto me llegó el olor.

—Ay, qué bien —exclamé con una especie de gemido, entornando los ojos.

Después de la guardia, de la mañana con Caleb y del insufrible entrenamiento, me moría de hambre.

Me levanté del sofá y me senté en el suelo con todos los demás.

De vez en cuando nos gustaba pedir comida de fuera y cenar juntos alrededor de nuestra pequeña mesa de café.

Para no acabar dinamitando ese momento —como siempre solía pasar—, nos tenían prohibido a Bastian y a mí dirigirnos la palabra, pero no siempre cumplíamos.

Lo tenía justo enfrente. Todavía tenía el pelo húmedo tras la ducha del entrenamiento.

Clavé mi vista en la pizza para olvidarme de que existía y así no amargarme la cena.

Cogí un trozo de la de margarita, la única que me gustaba, y me lo llevé a la boca mientras mis amigos hablaban sobre la fiesta que habían planeado en la piscina antes de que la cerraran.

—Qué raro que no hayas quedado hoy con el yanki morenazo, ¿no? —dijo Asier mientras se peleaba con Abril por coger el mismo trozo.

Me encogí de hombros, despreocupada.

—También quiero pasar tiempo con vosotros.

—Ya, pero con él no has quedado en toda la semana.

La risa de Bastian activó todas mis alarmas.

—No te preocupes por eso. Esta mañana ya se ha encargado de darle una buena dosis de amor —respondió con un agrio sarcasmo.

Los ojos de mis amigos se clavaron en mí, con una mezcla entre diversión y asombro, pero yo estaba demasiado concentrada en mantener el control para no estrangular al estúpido que tenía delante.

—¡Tía! —soltó Abril con un grito ahogado.

—¡¿Te lo has traído a casa?! —inquirió Asier.

Los miré con más pudor que disculpa y tardé unos segundos en contestar.

—Sí… Esta noche tenía una cena familiar y era el único rato en el que podíamos vernos y… —me excusé, sin poder esconder la vergüenza en mis palabras.

—Lía, tranquila —me cortó Nico—. Que no pasa nada.

Es lo más normal del mundo que aproveches el único rato de intimidad que tienes con tu novio.

Sabes que a nosotros no nos importa. Como si este desgraciado no lo hubiera hecho cientos de veces —se dirigió a Bastian entre risas.

Este lo ignoró, estaba demasiado pendiente de su móvil.

Apoyé mi espalda en el sofá, aliviada porque le quitara importancia, y le dediqué una pequeña sonrisa de agradecimiento.

—Lía… —el tono cargado de advertencia con el que me nombró Claudia me revolvió.

—¿Qué? —inquirí casi con urgencia.

Mis amigas se miraron entre ellas, como si supieran algo que yo no y se debatieran entre contármelo o no. Al final, fue Abril quien lo hizo.

—Los de medicina hoy daban una fiesta y… bueno, seguramente Caleb esté ahí. La organizaba uno de sus amigos en su casa, y… ya sabes que no se pierde una.

Sentí como el trozo de pizza que acababa de tragar descendía por mi esófago, rajándolo a su paso. Agaché la mirada a mis piernas cruzadas. Entre mis amigos se hizo un silencio incómodo que rompió el estúpido de Bastian con una carcajada.

—Por eso quiso dejarte bien servida. Así se sentía menos culpable cuando esta noche metiera la lengua en la boca equivocada —escupió con desdén.

La rabia me hizo levantar la cabeza como un resorte y me lo encontré mirándome con desafío.

—Eres insoportable —mascullé, conteniéndome de no soltarle una barbaridad.

—Ay, no. No empecéis por favor —suplicó Abril, llevándose las manos a la cara.

—Ah, ¿sí? ¿Sabes quiénes no piensan lo mismo? —Hizo una dramática pausa dibujando aquella sonrisa que tanto odiaba—. Las animadoras del equipo.

El corazón me pegó un vuelco en cuanto las nombró.

—Bastian, cállate —le advirtió Nico.

—¡Y qué casualidad! Porque disfrutan de la compañía de Caleb casi taaanto como de la mía.

—Tío, para ya —Abril le dio un toque en el hombro.

—Lía, no lo escuches —me pidió Claudia al oído.

Pero yo ya solo podía pensar en Caleb liándose con esa animadora delante de mis narices.

Repitiéndolo.

Fallándome de nuevo.

—¿Estará ahora con una de ellas, en alguna de las habitaciones de esa enorme mansión, susurrándole lo mucho que te quiere? —Se dio unos golpecitos en la barbilla mientras soltaba esa pregunta con retintín, envenenándome con cada palabra.

Dejé de escuchar a mi alrededor, creo que todos se quedaron callados. El retumbe de mi pulso acelerado me había llegado a los oídos, y tenía la mandíbula tan tensa que no era capaz de abrir la boca para hablar. Si lo intentaba, el labio me temblaba.

Mantuvo su lacerante mirada en mí y sus labios se curvaron con una tensa sonrisa. Disfrutaba humillándome, haciéndome sentir pequeña, pisándome.

—Me das asco —dije al fin, sin disimular ni un ápice del rechazo que me provocaba.

—El sentimiento es mutuo —contestó él, con el rostro mucho más serio que antes.

Tiré el trozo de pizza al cartón, con apenas un mordisco, dispuesta a encerrarme en la habitación. No quería llorar. No quería compadecerme de mí misma. Solo quería alejarme de ese idiota que estaba tan empeñado en amargarme la vida.

Claudia me cogió de la mano y tiró de ella para sentarme de nuevo.

—No te vayas, por favor. Llevamos toda la semana esperando este momento para estar juntos.

—Eres un puto bocas, tío —reprendió Asier a un Bastian que no mostraba ni un ápice de arrepentimiento.

Nunca lo hacía.

—Estoy harta de tener que aguantar sus asquerosos comentarios —contesté a mi amiga con una voz que comenzaba a quebrarse mientras lo señalaba a él.

Aunque, qué tontería. No se iba a dar aludido porque ya estaba otra vez pendiente de su móvil, ignorando la tormenta de inseguridad que me había vuelto a causar, una vez más.

—Hazlo por mí, por favor —me suplicó.

Mordiéndome el labio para contener la rabia, volví a sentarme en mi sitio.

Rápidamente desviaron el tema de conversación.

Bastian se limitó a cenar y a escuchar a los demás con cara de perro.

Aunque no volviera a abrir la boca, a mí ya me había fastidiado la noche.

Por eso, en cuanto terminamos de cenar y encendieron la play para jugar, me metí en mi habitación y me escondí bajo mis sábanas.

Y ahí me permití soltar todo lo que me oprimía el pecho en forma de lágrimas.

Quería confiar en Caleb, aún no me había dado motivos para no hacerlo.

¿Por qué me iba a mentir? A lo mejor había coincidido la cena con la fiesta.

Era imposible que por la mañana me hubiera tratado con tanta ternura y pasión y ahora estuviera liándose con otra.

Dos golpes en la puerta, seguidos de otros dos, me sacaron de aquel triste autoconvencimiento.

—¿Puedo pasar?

No contesté. Dijera lo que dijera, Nico no iba a permitir que me ahogara sola con mis penas. Escuché que cerró la puerta con cuidado y se acercó hasta la cama. Se sentó en el borde y me destapó.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí escueta, girándome hacia el lado de la pared.

Suspiró y se inclinó sobre mí, apoyándose en el hueco que dibujaba mi cintura para poder mirarme a la cara. Su peso hizo que me hundiera en el colchón.

—No lo digo por lo de Bastian. Todos sabemos que muchas veces estaríamos mejor si se metiera la lengua en el culo. Cuando se le cruza el cable se comporta como un auténtico cabrón. —Hizo una pequeña pausa—. Lo digo por Caleb.

Cerré los ojos y me abracé a mi almohada. No quería hablar de eso. Ni de nada.

—Lía, ¿tú confías en él?

Me sorbí la nariz.

—Sí —repetí con la boca pequeña.

Luchaba porque mi corazón ganara a mi cabeza, pero tenía prácticamente asumida la derrota.

—Pues entonces que les den a las tonterías de Bastian. Solo quiere provocarte.

Asentí con la cabeza. Si le daba la razón, se iría antes. Me acarició el pelo y me dejó un beso en la coronilla.

—Anda, canija. Hazme el favor de no comerte mucho la cabeza —añadió antes de levantarse y salir por la puerta.

Cuando por fin me quedé sola otra vez, estiré la mano para coger el móvil.

Nada.

No tenía ningún mensaje de Caleb. Dijo que me escribiría, pero no lo había hecho, así que fui yo quien dio el paso.

Eso no era arrastrarse. Era poner interés.

Me convencí de ello.

Lía:

Qué talla cena con tus papis??

Dejé el móvil a un lado en la almohada y esperé a que contestara. A que la pantalla se iluminara y las sombras de la desconfianza que me había sembrado Bastian se esfumaran.

Los minutos pasaban y mis párpados, cada vez más pesados, batallaban por no rendirse al sueño sin haber escuchado mi móvil vibrar.

Y así, me quedé dormida, esperando algo que sabía que no iba a pasar.