Aunque me dé miedo Capítulo 8
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Capítulo 8

Lía

Me pasé esa primera semana del curso con la lengua fuera para llegar a todos los sitios.

Me faltaban horas al día para cumplir con los horarios de clase, las malditas prácticas con el equipo, satisfacer mis necesidades básicas y relacionarme.

Y esto último fue lo que no me quedó más remedio que sacrificar.

Apenas había coincidido en esos días con mis compañeros de piso más que de noche, cuando ya estaba agotada y no me quedaba más energía que para meterme en la cama.

Pasar toda la tarde cerca del insoportable de Bastian me la chupaba.

Bueno, en verdad los veía un ratito en la hora de la comida, y aunque eso me daba un pequeño aliento para afrontar las tardes, me seguía pareciendo insuficiente.

Ni siquiera había vuelto a quedar con Caleb desde que empezamos las clases; me tuve que conformar con darle dos besos rápidos el miércoles al coincidir a la salida.

Tenía clarísimo que no iba a aguantar este ritmo durante todo el curso.

Y me iba a resultar muy complicado aprobar.

Solo podía estudiar en los entrenamientos, con el sonido de fondo de los jugadores pegando gritos cuales monos mientras daban manotazos a una pelota.

Encima, si no quería llegar tarde a las guardias, tenía que esperar a que todos se ducharan y dejaran el vestuario libre para poder hacerlo yo —ya que el baño de mi consulta no tenía ducha— e irme de ahí directa al hospital en autobús.

Lo veía todo muy negro.

Negrísimo.

Quizá tanta negatividad tenía algo que ver con que acabara de salir de mi primera y caótica guardia en urgencias.

Solo quería dejar de pensar, coger el autobús para llegar a casa y meterme en la cama. Más tarde repasaría el temario que darían ese viernes en clase. Los profesores tenían la caridad de mandarnos un correo con las diapositivas los días que no asistíamos a clase por estar de salientes de guardia.

Pero solo en eso.

Salí del Lincoln National Medical Center , el hospital adscrito a la LUHS, casi arrastrando los pies, pero me recompuse en cuanto vi que me esperaban.

—¿Qué haces aquí?, ¿no deberías estar en clase? —pregunté, sin poder evitar que una sonrisa tirara de mis labios.

Caleb dio un paso y me rodeó la cintura, atrayéndome hacia él.

—¿Y perderme una mañana con mi enfermera favorita? Ni hablar —Me dio un dulce beso en los labios que me hizo sonreír mucho más.

Me separé un poco y le acaricié los mechones morenos.

—Había pensado que quizá podríamos vernos esta noche. Llevo toda la noche sin parar y estoy reventada…

—Esta noche he quedado con mis padres para cenar.

Vienen mis tíos de Nevada, ¿no te acuerdas de que te lo dije?

—Negué con la cabeza, no me sonaba de nada.

Con tanto trajín, seguro que se me había olvidado—.

Por eso quería aprovechar este ratito contigo…

además, mi plan es meternos en tu cama y no salir en toda la mañana.

—Me miró con unos ojos tentadores, provocando que se me escapara una carcajada un poco nerviosa.

—Sabes que no debo meter a nadie de fuera en casa…

—¿Y quién se va a enterar? —Me pasó un mechón de pelo detrás de la oreja, acariciándome la mejilla a su paso—. Cuando tus compis vuelvan de clase, yo ya me habré ido.

Y aun sabiendo que no era lo correcto… acepté.

Yo también quería pasar ese rato con él.

Me caía de sueño después de pasar toda la mañana en sus brazos y enredados entre las sábanas. Estaba a punto de quedarme dormida sobre su pecho desnudo cuando Caleb chafó mi deseo. Si no se iba ya, nos pillarían.

Me vestí con una de sus camisetas que usaba del pijama y salí con él de la habitación para despedirlo en la puerta de casa.

—Luego te escribo y hablamos un ratito, ¿vale? —dijo con voz melosa sobre mis labios mientras sus manos se colaban bajo la camiseta y me agarraban con fuerza más allá del final de mi espalda.

Asentí con una risita y lo besé de nuevo, posando las manos sobre su pecho. Cuando me separé y vi quien había detrás de su espalda, me quedé congelada. Bastian, apoyado en la encimera, nos miraba con un rostro inexpresivo mientras terminaba de comerse un plátano.

Pero ¿qué hacía ahí? Se suponía que debería estar en clase.

Un frío sudor me recorrió la espalda. No habría escuchado nada… ¿no?

Caleb giró su cabeza hacia la dirección de mis ojos y resopló cuando lo vio.

—Mejor me voy ya. Te quiero —me susurró al oído.

—Y yo a ti —respondí con un hilo de voz mientras me daba un último beso.

Antes de que llegáramos a separarnos, Bastian se paró a nuestro lado.

Centrando su mirada afilada en Caleb, le hizo un gesto con la cabeza para que se largara.

En cuanto este salió por la puerta, se volvió hacia mí y me recorrió de pies a cabeza durante unos segundos que se me hicieron eternos.

Las mejillas se me encendieron, pero me crucé de brazos sobre mi pecho y alcé la barbilla para disimular la vergüenza que sentía por no llevar nada debajo.

Cambié mi peso de una pierna a otra, me incomodaba muchísimo que me mirara así.

Cuando llegó a mis ojos, alzó las cejas.

—¿Qué? —espeté, seca.

—No puedes traer a gente de fuera de aquí.

Chisté.

—¿Y tú qué?, ¿eh? Que te traes a todas las tías que te da la gana.

Lo sabía bien porque nuestras camas solo las separaba una fina pared que me permitía escuchar lo bien que se lo pasaba con ellas.

Me dibujó una asquerosa sonrisa arrogante cargada de provocación, de las que solo tenía para mí. Las únicas que tenía para mí.

—¿Te dan envidia?

—Pena más bien. —Me encogí de hombros con los brazos todavía cruzados.

Era la verdad. Todas las chicas que metía en su cama me daban pena. Las usaba para acostarse con ellas y luego no se las volvía a ver más.

Tensó la mandíbula, borrando ese estúpido gesto de la cara que tanto odiaba, y se encaminó hacia su habitación, chocando adrede con mi brazo.

Solté un bufido de exasperación en cuanto pegó un portazo.

No lo aguantaba.

No podía con él.