Capítulo 7
Lía
Tuve toda una hora para familiarizarme con la consulta antes de que llegaran los jugadores.
Para empezar a entrar en faena, me puse el uniforme de prácticas que no era más que una casaca de color rosa con el logo de la universidad y unos pantalones a juego.
Era muy cómodo ya que apenas se me ajustaba al cuerpo.
Después, me calcé con mis deportivas blancas de hospital, me recogí el pelo con el coletero, y me guardé en el bolsillo de la casaca el Lithman de color melocotón que me regalaron mis padres cuando empecé la carrera.
Y así sí, me sentí en mi papel de enfermera.
Le eché un rápido vistazo al protocolo del reconocimiento para comprobar las pruebas que tendría que realizar: medidas antropométricas, toma de tensión arterial, auscultación básica y electrocardiograma que más tarde analizaría el médico.
Tenían que pasar por otras mucho más especializadas, pero de esas ya no me encargaba yo. Y menos mal.
Me dio tiempo también a hojear el historial médico de los jugadores, donde quedaban registrados sus datos básicos, posición destacada —aunque no tenía muy claro de qué me servía saber eso— y dorsal, alergias, antecedentes personales y familiares, y enfermedades.
Los análisis sanguíneos se los habían realizado hacía ya unos días, así que de eso que me libraba.
Salvo por algunas lesiones, todos estaban sanos, por lo que pasé rápido las fichas. Hasta que llegué a la de Bastian y me topé con unos datos que me obligaron a detenerme :
Fruncí el ceño, releyendo su historial con desconcierto.
Creía que solo tendría relación con su padre porque jamás nombraba a su madre.
Lo que no sabía, era que no tenía madre.
Tampoco, que él mismo padeciera un trastorno de la coagulación.
Sentí un pequeño pinchazo de culpabilidad.
Era mi compañero de piso; no sabía nada de él, y nunca me había interesado por descubrirlo, aunque él tampoco es que hubiera puesto mucho empeño en que lo hiciera.
Alcé la cabeza cuando escuché unos golpes en la puerta. El primer jugador de todos llegó, haciéndome olvidar así ese extraño remordimiento.
Me pasé las dos siguientes horas tomando tensiones y midiendo a tíos que me doblaban la altura y el peso, mientras soportaba con risas fingidas bromas que no me hacían ninguna gracia. El entrenador se quedó corto con lo de personalidad de adolescente; tenían la inteligencia de una ameba.
Solo quedaba Bastian por pasar y dudaba mucho que fuera a presentarse. Me fui hasta la pila que había para echarme agua fría en la mano derecha; me dolía de tanto apretar la perilla del tensiómetro. Un instante después, alguien me agarró del brazo. Me giré, sobresaltada, salpicando todo a mi paso.
—¿Qué haces aquí? —siseó Bastian entre dientes.
Di un tirón para zafarme de él.
—Son mis prácticas, me han obligado. No lo hago por el gusto de verte la cara —contesté, volviéndome para cerrar el grifo.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
Solté un bufido sarcástico y entrecerré mi mirada.
—¿Desde cuándo hablamos para algo que no sea insultarnos? —inquirí, incrédula porque me pidiera explicaciones.
Bastian chasqueó la lengua.
—Venga, acabemos con esto cuanto antes.
Con el tirante ambiente que siempre nos envolvía cuando estábamos cerca, empezamos el reconocimiento con el mutuo deseo de dejar de compartir ese espacio tan pequeño.
Casi de forma automática, se subió a la báscula; se lo sabía mejor que yo.
Apunté su peso y me sorprendí al comprobar que, por solo tres centímetros, no llegaba al metro noventa.
—Necesito que te qui…
Antes de terminar la frase, ya había agarrado el borde de su camiseta y la había lanzado hacia la camilla. Me quedé unos segundos perpleja, con el boli a medio camino del papel para apuntar su talla. Bastian alzó las cejas y me hizo un gesto con la cabeza:
—Electro, ¿no?
Asentí, apresurada. Se tumbó en la camilla y esperó a que le colocara los electrodos.
No era la primera vez que lo veía medio desnudo; aparte de en la piscina, tanto él como Nico y Asier tenían una extraña afición a pasearse en calzoncillos por la casa cuando les venía en gana.
Que me cayera fatal no significaba que estuviera ciega; desde la primera vez que lo hizo, me fijé en que no tenía ni un ápice de grasa y en que todo su cuerpo atlético estaba moldeado por músculos muy bien definidos.
Tendría que estar más que acostumbrada a verle así, pero en ese momento me sentí extrañamente incómoda.
Desenrollé los cables con torpeza y mientras pegaba los electrodos en el pecho, recordé lo que dijo Abril en la comida.
« Fíjate en los rematadores, esos son los mejores ».
Acababa de leer que esa era la posición destacada de Bastian.
.. De forma estúpida, un calor subió hasta mi cara, descentrándome y confundiéndome al colocar los cables.
—Oye, venga. Que es un puto electo —protestó con su tan impertinente voz.
Le lancé una mirada para que se callara y pulsé el botón. Treinta segundos de hostil silencio hasta que la tira del electrocardiograma salió completa.
—Las pegatinas te las quitas tú en casa —dije sin levantar la vista, mientras desconectaba los cables.
Se incorporó para que lo auscultara. No tenía mucha práctica, pero sí sabía distinguir sonidos extraños.
Saqué el fonendo de mi bolsillo y me incliné sobre él.
Puse lo ojos en blanco cuando sus hombros se tensaron.
Primero ausculté la espalda para comprobar que no hubiera ningún ruido ventilatorio anormal, y después el pecho, para descartar soplos.
—Te va el corazón rapidísimo. —Fruncí el ceño escuchando ese galope en los oídos que no era mío—. ¿Siempre te va así?, ¿estás nervioso o…?
—¿Qué dices? —Movió el antebrazo para apartarme—. Déjate de tonterías.
Lancé un rápido vistazo al electro para ver la frecuencia cardíaca y, tal y como había escuchado, no me equivocaba. Ciento dieciséis latidos por minuto.
Su propia mala leche lo alteraba.
—Solo nos queda la tensión y ya hemos terminado.
—Por favor —suplicó de forma dramática mientras separaba el brazo para que le colocara el tensiómetro.
—Deberías quitarte el piercing para jugar, ¿no? Podría ser peligroso si…
—No —me cortó, impertérrito.
Exhalé despacio el aire por la nariz para mantener la calma y me centré en mi tarea para no reprocharle lo desagradable que era.
Me fijé en los tatuajes que tenía en el brazo derecho, nunca me había parado a verlos.
Bajo el codo, le rodeaba una cinta con tinta negra y, de ella, descendía una especie de tallo con flores, dibujadas en trazo fino, envolviendo su antebrazo hasta llegar a la mano.
Pensé en si tendría alguna relación con su madre.
Y entonces recordé lo que había leído hacía un rato.
—He visto que tienes una coagulopatía.
—Sí, ¿y?
—Nada, que… ya sabes los cuidados que debes tener, ¿no? —Lo miré mientras me llevaba el fonendo a los oídos y empezaba a apretar la perilla.
Sacudió la cabeza con desdén.
—Oye, no juegues a los médicos conmigo. Es un trastorno sin importancia y no necesito tratamiento. Limítate a ser enfermera y punto.
Apreté los dientes con rabia, y la perilla, con mucha más todavía.
Qué estúpida había sido por sentirme antes culpable, no se lo merecía.
El muy imbécil siempre buscaba provocarme.
Según él, era una médico frustrada por no haber llegado a la nota que exigía la carrera de Medicina.
Por lo menos yo no era un peligro para mis pacientes; pobre de quién lo tuviera de psicólogo.
—Hala. Ya te puedes ir —le anuncié, quitándole el manguito de la tensión.
—Gracias a Dios.
Antes de que se levantara, tiré con fuerza de uno de los electrodos que todavía tenía pegados al pecho, provocándole una pequeña mueca de dolor.
—Uno menos —me burlé, exagerando mi sonrisa fingida.
Le di la espalda y me senté en el ordenador a pasar todos los datos mientras él se vestía en silencio. Se encaminó a hacia la puerta, pero, antes de salir, se giró:
—Oye, Lía… El equipo es muy importante para mí.
—Y para mí las prácticas.
Respiró hondo y tragó saliva.
—Ya, pues eso.
—Pues eso —repetí sin apartar mi vista de la pantalla.
Y sin más, desapareció. Y una oleada de alivio me recorrió entera.
Su beca dependía de su rendimiento deportivo y, la mía, del académico.
Y quizá, esa era una especie de propuesta de tregua.
Aunque dudaba que la pudiéramos cumplir.