Capítulo 6
Lía
Me sentía como un patito siguiendo a su mamá pata yendo detrás del entrenador, Oliver Williams. Me lo esperaba más mayor, no llegaría ni a los cuarenta años.
Me recibió a la entrada del pabellón deportivo, y se encargó de enseñarme todas sus enormes y fascinantes instalaciones.
Desde la cancha interior, hasta el área de acondicionamiento físico y el único vestuario que había, el de los jugadores.
Lo miré todo como si fuera la primera vez que pisaba un gimnasio en mi vida.
El curso pasado mis amigos asistieron en varias ocasiones para ver a Bastian jugar, pero yo no tenía ni el más mínimo interés en hacerlo, así que todo esto para mí era nuevo.
Lo que me quedó claro mientras paseábamos por las estancias deportivas era que aquí el voleibol no era un simple juego de patio de colegio.
El equipo de la LUHS, los Silver Jaguars , formaba parte de la División I de la NCAA, es decir, la élite universitaria.
No tenía ni idea de qué era eso, pero sonaba muy importante.
Y por lo que me contó el entrenador, Bastian era de sus principales estrellas y varios scouts tenían el ojo puesto en él.
Al parecer, lo querían fichar para la liga profesional de Estados Unidos.
En fin.
Después de más de media hora de charla sobre la importancia que tenía ese deporte en Nebraska, llegamos a la enfermería.
Era un espacio bastante reducido en comparación con el resto de las instalaciones, pero las paredes blancas le otorgaban sensación de amplitud.
Contaba con una camilla multiposición y un esfingomanómetro al lado, báscula y tallímetro, una estantería con materiales de cura, sutura y vendas, y otro armario modular que, a simple vista, parecía contener medicamentos intravenosos. Tenía hasta un baño para mí.
—Hoy solo tendrás que pasarles el reconocimiento médico.
En esa carpeta de ahí —señaló un archivador negro que había sobre la mesa— tienes el historial de todos los chicos.
Durante las horas de entrenamiento de técnica y partido tendrás que estar con nosotros en la cancha, por si alguno de los jugadores sufre algún percance —me informó—.
Cuando estén en el gimnasio realizando acondicionamiento físico, o en la pista para entrenar la carrera, podrás quedarte en la enfermería, haciendo cosas de…
lo que hagáis las enfermeras, pero siempre deberás estar atenta por si te necesitamos. Tendrás un busca para ello.
Asentí en silencio, paseando mi mirada por la que sería mi nueva consulta.
—Los días de partido tendrás que venir con nosotros, por supuesto.
Casi siempre los jugamos aquí ya que nuestras instalaciones son unas de las mejores de todo el país, pero puede que alguna vez nos toque trasladarnos.
En ese caso, la universidad corre con los gastos del desplazamiento y el alojamiento.
Lo que me faltaba. Irme de excursión con ellos.
—Y… ¿quién estará conmigo?
El entrenador frunció el ceño.
—¿Cómo?
—¿No tendré alguna enfermera que me supervise?
Parpadeó, como si no supiera que decirme.
—De eso ya no tengo ni idea, chica. Hay un médico responsable, pero solo está disponible para casos de emergencia. Y, por suerte, aquí no suele haberlos.
Solté una lenta exhalación en un intento inútil de aliviar el agobio que cada vez se acrecentaba más en mi pecho.
—Bueno, vamos a la cancha. Ya habrán llegado los chavales y quiero presentártelos. Ten paciencia con ellos, son unos tiarrones de casi dos metros con personalidad de adolescente y una mente que tiende a cortocircuitar, pero tienen buen fondo.
Me reí con él, pero borré la sonrisa en cuanto se giró y me dio la espalda. Tuve que obligar a mis pies a caminar para seguirlo.
No quería.
El alboroto que provocaban las graves voces y risas de los jugadores retumbaba de forma ensordecedora entre las paredes de la cancha.
Sin embargo, se acalló de golpe en cuanto me vieron aparecer junto con el entrenador.
Me quedé de pie su lado, frente a ellos, jugueteando con el coletero que rodeaba mi muñeca para mantener la calma.
—Chicos, os presento a la nueva enfermera del equipo, Lía París.
—¡Hombre, rubita! —exclamó con júbilo y en español uno de nuestros veteranos, Raúl. Llevaba llamándome así desde el día de la novatada. No me acordaba de que también formaba parte del equipo.
Apreté los labios con una sonrisa fingida.
A su espalda, me encontré con la punzante mirada de Bastian; le hacía la misma gracia que a mí.
Carraspeé y me erguí en mi sitio, desviando la atención hacia los demás jugadores mientras el entrenador seguía hablando.
Iban todos vestidos con la misma equipación: un conjunto de camiseta y pantalón corto de color azul claro.
Ambas prendas iban rematadas con bandas plateadas y la parte superior izquierda de la camiseta tenía la silueta de un jaguar, también plateado.
—Os pido que os portéis como personas normales y no la espantéis. Está aquí para ayudarnos, no para aguantar vuestras bromas.
Que el entrenador les lanzara esa advertencia no me ayudaba a estar más tranquila. Y notar doce pares de ojos sobre mí, lo empeoraba más todavía. Iba a acabar rompiendo mi coletero.
—Cuando terminemos la reunión de equipo, iréis pasando uno a uno por la enfermería para que os haga el reconocimiento médico. —Se giró hacia mí y me dijo en un tono más bajo—: Ya puedes irte a la enfermería. Hoy no tenemos entrenamiento, solo planteamiento táctico. En cuanto acabemos, te los mando.
Sin más, dio una palmada al aire para llamar la atención de los jugadores.
—¡Vamos, chicos!
Entre risas, cuchicheos y comentarios que preferí no escuchar, el grupo se alejó siguiendo al entrenador.
Todos, menos Bastian. Permaneció de brazos cruzados, retándome con la mirada.
Debería estar acostumbrada, pero todavía me inquietaba la manera en la que lo hacía, así que antes de darle muestra alguna de debilidad, me di media vuelta hacia la enfermería.
No me lo iba a poner fácil.
Claro que no.