Aunque me dé miedo Capítulo 4
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Capítulo 4

Lía

Clavé la mirada en mis manos mientras jugueteaba con los dedos, esperando en la soledad de ese tenso despacho.

Me comían los nervios cada vez que tenía reunión con mi tutora.

Lejos de ser una figura de referencia, lo era de miedo y angustiosa autoridad.

Margaret Stewart era una enfermera chapada a la antigua, de las que creían que se aprendía a base de palos y gritos.

A mí me recordaba a la señorita Agatha Trunchbull, la directora de la película de «Matilda», tanto por su físico como por su forma de ser.

Le encantaba aplastar a los demás y, desgraciadamente, yo era un blanco fácil.

Casi me dio un infarto cuando cerró con un portazo al llegar.

—Bien. —Se sentó frente a mí. Ni siquiera me saludó—. Teniendo en cuenta las prácticas del año pasado y lo que te queda pendiente… —Echó una ojeada a los papeles que tenía en las manos.

Me mordí el labio, esperanzada, mientras ella leía lo que tenía delante. Estaba deseando pisar de una vez un paritorio.

—…este curso harás las prácticas en la enfermería del equipo de voleibol —resolvió al fin.

La expresión se borró de mi rostro de un plumazo. Me quedé pasmada, como si me hubieran echado un cubo de agua helada por la espalda.

—Lía, ¿me estás escuchando? —me llamó la atención, mostrando su irritación—. Vas a ser la enfermera en prácticas de los Silver Jaguars . ¿Qué pasa?, ¿no te parece bien?

Boqueé antes de ser capaz de hablar.

—Pe-pero… este año pensé que me tocaría paritorio. O UCI… —comenté casi en murmullo.

—Ya las harás el año que viene, en cuarto. Estas prácticas te vendrán muy bien para desenvolverte y ganar confianza y manejo. A ver si te piensas que no me he dado cuenta de que tienes los accesos venosos un poco atragantados —dijo, lanzándome una desdeñosa mirada.

Alcé las cejas. No sabía cómo pretendía que mejorara mi habilidad para canalizar vías en un simple vestuario.

Tragué saliva y clavé mi mirada en el escritorio. Sentía una desagradable mezcla de decepción, frustración y rabia, pero delante de ella no la podía mostrar, porque las consecuencias ya me las conocía. Delante de la señorita Stewart estaba prohibido quejarse.

—Además, ya sabes que una de las condiciones de la beca es que hagáis voluntariado para la universidad. De esta forma, ya lo estás haciendo.

—Puedo hacerlo en el laboratorio, como el año pasado, y así…

—No —contestó, rotunda.

Acaté su orden con un rápido movimiento de cabeza.

Todos hicimos el voluntariado en el laboratorio el curso anterior, incluso Nico, que estudiaba fisioterapia. Todos, menos Bastian, claro.

—No te creas que te libras de las guardias, ¿eh? —Me lanzó uno de los papeles que tenía entre las manos—. Aquí tienes las guardias nocturnas que te corresponden por mes en el hospital.

Se me escapó un quejido de fastidio y mi tutora me miró con cara de pocos amigos.

—Pero el equipo entrena casi todas las tardes, ¿no?

—¿Y?

—Que también tengo que ir a clase, estudiar… —ya no pude controlar el temblor en mi voz.

Stewart respiró hondo, irguiéndose en su sitio.

—Te repito, ¿y?

—Nada… —musité.

—Empiezas esta tarde —me informó mientras recogía los papeles.

—¿Qué?

La mirada que me lanzó mi tutora me hizo apretar la boca de inmediato. No pensé que fuera a sonar tan brusco, se me escapó según lo pensé.

Agaché la cabeza como disculpa y, tal y como entró, sin despedirse, salió del despacho.

Y yo fui tras ella, encaminándome hacia mi clase de Farmacología, desprendiendo hastío a cada paso que daba. Ya no solo por cómo iba a desaprovechar ese año la beca con esas prácticas en las que no aprendería más que a echar réflex después de los partidos.

Tampoco porque tuviera que soportar a los cretinos del equipo de voleibol.

Sino porque ahora también tendría que sufrirlo fuera de casa.

A Bastian.

Al capitán.