Capítulo 2
Lía
Caleb me convenció para pasar unos días con él antes de que comenzaran las clases. Él, al ser de Lincoln, vivía cerca de la universidad con sus padres. Y como éstos todavía estaban de vacaciones, tuvimos toda la casa para nosotros solos.
Así recuperábamos el tiempo perdido, decía.
Estaba a gusto con él, y me hacía sentir muy bien con sus cariños y halagos, pero, después de lo que había pasado…
me costaba estar igual que antes. Algo se había roto, y no podía pretender arreglarlo con una simples caricias, palabras bonitas y promesas vacías que, muy a mi pesar, ya no me creía.
Y juro que quería hacerlo; que me esforcé en creerlo.
Sin embargo, en ocasiones, mientras me estrechaba entre sus brazos, la imagen de sus manos rodeando la cintura de esa chica se colaba en mi mente para torturarme y hacer tambalear mis intentos.
Lo había perdonado, pero necesitaba recuperar la confianza en él. Y eso tan fácil no iba a ser.
Esa especie de oasis extraño acabó en cuanto llegó el último fin de semana de agosto.
Mi verdadera casa, la residencia adscrita, me esperaba.
Era un complejo pequeño, bastante alejado del campus para mi gusto, en el que nos alojábamos los alumnos becados por la LUHS.
Cada piso lo compartíamos seis alumnos y aunque solo tenía dos habitaciones, estas eran bastante amplias.
El salón era espacioso y la cocina, americana, así que tampoco estaba tan mal.
Bueno, en verdad la cocina era bastante pequeña.
Lo único malo era que solo disponía de dos baños, y eso me había acarreado unas cuantas peleas con uno de mis compañeros en concreto.
Abrí la puerta de nuestro piso compartido, sabiendo que dentro me esperaban mis amigas. Antes de que me diera tiempo a entrar, se me tiraron a los brazos.
—¡Lía! —exclamó Abril, apretándome fuerte contra su pecho. Me sacaba una cabeza, así que le era fácil hacerlo—. No sabes cuánto te hemos echado de menos…
Sonreí reconfortada, frotando también la espalda de Claudia.
—Y yo a vosotras, chicas. Mucho.
—¿Qué tal estas? —preguntó esta última, separándose un poco.
—Mejor.
—¿Segura?
Asentí con una tirante sonrisa.
—Oye, ¿se puede saber por qué no has venido con nosotros desde el aeropuerto? ¿De dónde vienes? —inquirió Abril con una ceja alzada.
Era demasiado lista.
—Eh… luego os cuento. Cuando estemos un poco más tranquilas.
Mis amigas se miraron entre ellas con una expresión dudosa. Aproveché para escapar y adentrarme en el piso. Todavía no les había contado nada, no me atrevía. Sabía el disgusto que se llevarían en cuanto les contara que había vuelto con Caleb.
Abril me iba a matar.
Pasé al salón, y ahí me esperaban Asier y Nico con una gran sonrisa en los labios. Había echado mucho de menos las bromas del vasco y los cariños del rubio.
—¿Cómo está mi canija favorita? —me saludó Nico, envolviéndome con un brazo y frotándome la cabeza con la otra mano.
Se me escapó una carcajada mientras intentaba pellizcarle en la cintura para que me soltara.
—Peinada hasta que te he visto.
—Bueno, si a llevar un moño deshecho tú le llamas estar peinada… —se burló Asier, haciendo un mohín con los labios. Después, se acercó y se unió a mi abrazo con Nico—. Bienvenida a casa, Lía.
Volví a sonreír, dejándome querer por ellos. Hasta que la puerta de la habitación de los chicos se abrió y la sonrisa se me amargó de golpe. Bastian se quedó en el umbral, clavándome su felina mirada afilada, como hacía cada vez que me veía. Y, como siempre, llevaba el móvil en la mano.
—Hola —dijo al cabo de unos segundos, con ese tono tan seco que me conocía demasiado bien.
—Hola —respondí, más árida todavía.
Y sin más, cogió la puerta de la calle mientras se llevaba el teléfono al oído con el rostro algo desencajado y salió del piso.
Algo que agradecí mucho a Caleb fue que se ofreciera a pagarme un billete de avión para volar unos días antes.
No me gustaba depender del dinero ajeno, pero me libró de sufrir otro vuelo con Bastian.
La universidad nos pagaba los billetes de ida y vuelta, pero con sus condiciones.
Y al ser los dos de Madrid, nos tocó compartir avión y asientos.
El primer trayecto, de Lincoln a Chicago, lo pasamos peleándonos.
Con la excusa de que no le cabían en el hueco del asiento, se pasó todo el vuelo con las piernas abiertas, dejándome a mí sin espacio.
Pero mí no me daba la gana ir encogida, así que yo me lo pasé dándole golpes con la rodilla para que las cerrara.
Al final, ninguno cedió, y quedamos a los ojos de los demás viajeros como unos críos.
O como unos niñatos, como él siempre me llamaba.
Cuando hicimos escala, aproveché para ir al baño, pero el decidió no esperarme y acabé perdida por el aeropuerto.
Conseguí llegar a tiempo en la última llamada, y ocupé mi asiento con los ojos a punto de romper en lágrimas de agobio.
Y también de rabia, porque ahí estaba él sentado, como si nada.
Ni siquiera me miró en cuanto me vio aparecer, ni cuando apartó las piernas para que yo pudiera pasar y sentarme en el lado de la ventanilla.
Pasamos las ocho horas de vuelto en un tenso silencio; él, moviendo todo el rato las piernas, levantándose cada dos por tres y poniéndome de los nervios.
Cuando por fin aterrizamos en Madrid y salimos del avión, se encaminó hacia cualquiera que fuera su dirección sin tan siquiera decirme adiós.
—Prométeme que os vais a llevar mejor este año, anda —me pidió Nico, devolviéndome así a la realidad—. Solo es un año. En cuanto termine mayo, él acaba la carrera y ya no tienes que volver a verlo más en tu vida.
Exhalé con pesadez todo el aire de mis pulmones.
El día que nos conocimos en la novatada, se abrió la veda a una guerra que ninguno estaba dispuesto a ponerle fin.
Y yo no prometía nada en vano.