Capítulo 35
Max se quedó parado frente a la puerta, esperando a que su cerebro empezara a funcionar de nuevo.
De todos los escenarios que se había planteado, que Jannie lo rechazara porque estaba en “una relación” fue lo más inesperado, lo dejó fuera de base.
Y no por exceso de confianza, o petulancia, tenía un mediano éxito con las mujeres en lo inmediato pero no duraba mucho, por varias razones.
De hecho, su relación más extensa había sido con ella, en línea.
¡Qué locura! Habiendo descartado a Andrew como oponente, parecía que el camino era sencillo, sobre todo si había leído bien las señales, más allá de su timidez, pero… ¿Jannie tenía novio?
Se apoyó en la pared y restregó su rostro con ambas manos, bañado por una sensación de tristeza y desilusión que no había experimentado jamás.
¿Y si tenía novio, qué hacía chateando con él, de día y de noche, por más de un año?
¿Y si tenía novio, por qué no lo mostraba?
Todavía le quedaba la opción C, que a ella no le gustara, lo cual sería un horrible golpe a su ego pero dolería menos que el desengaño.
Cuando levantó los ojos, creyó ver su tristeza en un espejo.
Andrew venía caminando por el pasillo, con la tarjeta llave en la mano y arrastrando una capa negra, sin cuidado.
No se percató de su presencia hasta que estuvo parado frente a su puerta.
Lo miró como si no lo conociera. Parecía que el alcohol, y otras cosas más, habían hecho estragos en ese grupo. Los dos hablaron al mismo tiempo:
—¿Estás bien?
—¿Estás bien?
El recién llegado apoyó la frente en la puerta y no hizo ningún ademán de querer abrirla. Max se acercó con cuidado.
—Necesito un trago… —le dijo a Max.
—No creo
Andrew lo miró de reojo, con odio.
—¿Dónde está Jannie?
—Adentro… —dijo, acompañando las palabras con un gesto de la cabeza— ¿El resto?
—Recién dejé a Cat en su habitación… ¿Qué pasó? —Cuando no le contestó, porque en realidad no sabía qué decirle, Andrew se incorporó y, un poco tambaleante, rodeó sus hombros con un brazo—. Parece que tú también necesitas un trago.
No podía decirle que no.
Andrew abrió la puerta de su habitación, arrojó adentro la capa negra que arrastraba, que no era parte de su disfraz de vaquero; ese bate de baseball tampoco. Cerró con fuerza y guardó la tarjeta de acceso en el bolsillo de su pantalón.
—Hecho. Vamos.
Terminaron los dos sentados, solos, en la barra del Sunset Bar de la cubierta nueve, Max con un Martini y Andrew con un Whisky.
—¿Quién empieza?
—Yo tengo un doctorado —Andrew movió los hielos en su vaso, investigando el fondo amarillo de su bebida. De pronto ya no se veía tan dispuesto a hablar—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—¿No estamos aquí para eso?
—¿Alguna vez pasó algo… entre tú y Lean? —Andrew soltó una carcajada y se bebió todo el vaso de whisky. Le hizo una seña al bartender para que se acercara.
—Llénalo de nuevo, Sam.
—Pareciera que quieres entrar en un coma etílico.
—Soy escocés, puedo manejar esta mierda. ¿Cuál era la pregunta?
—Tú… Lean… algo.
—No. Somos como hermanos. Nuestros padres eran mejores amigos en el instituto, se asociaron en el trabajo, se casaron casi al mismo tiempo, se embarazaron al unísono, y su sueño siempre fue que Lean y yo “tuviéramos algo” como ellos, pero supongo que simplemente porque querían ser también consuegros. No funcionó.
—¿Puedo decir algo sin que te vuelvas loco? —Andrew asintió— En la piscina y en el baile, el roce fue de mucho más que hermanos.
—No me mueve un pelo… Además, yo fui el mentor de este viaje para que conociera a Gabriel e hiciera lo que quisiera.
—¿Dónde está Lean ahora? —Levantó el vaso de base tallada, brindó al aire y se tragó el resto de su whisky.
—Si los cálculos no me fallan, haciendo lo que quería hacer con Gabriel.
—¿Y eso te molesta?
—¡No! ¡No! ¡No! Pero yo sé lo que sigue después: Ella llorando en una cama. Ella sufriendo por los engaños. Ella destrozada porque el sueño no permaneció cuando despertó a la realidad.
—¡Wow!… Y allí estarás tú para consolarla.
Andrew se inclinó peligrosamente sobre Max.
—Soy gay, Max. Me gustan los hombres. Me gusta cogerme tipos y que me cojan a mí también. ¿Quieres que te lo dibuje? —Tragándose la mueca, Max negó con la cabeza.
—Ahórrame los detalles.
—Bien.
—Pero aun así…
—¡Yo no estoy enamorado de Lean! No de manera romántica, no de manera sexual. Es mi amiga, es mi hermana, es la luz de mis ojos, mi sol y mi luna. Solo quiero que sea feliz.
Andrew estuvo un minuto en silencio, como si repasara su vida. Finalmente, volvió a mirarlo, pero sin decir una palabra. Max no supo qué decir, así que empezó a preguntar.
—¿Cómo empezó esto?
—Las chicas se conocieron en un Club de Lectura y se enamoraron de un libro.
La autora le puso rostro al protagonista de esa novela, que no era otro que Gabriel Grecco.
Un completo desconocido para nosotros, pero una estrella en Italia.
Tenía una exitosa carrera como modelo y hacía películas para cine y televisión.
Lean enloqueció. Empezó a seguirlo por internet, a bajar fotos, seguir sus cuentas en todas sus redes.
Parecía una adolescente. Ni por Oasis en sus mejores épocas estuvo así.
Hace unos días conoció al representante de Gabriel en IG, y entre conversación y conversación, la invitó a Roma a conocerlo —Max abrió demasiado los ojos, lleno de sorpresa.
Andrew bebió antes de continuar—. No me mires así, Lean es mágica.
Fuimos a un evento, se conocieron, hubo chispas en el encuentro…
—Interesante…
—Más interesante todavía fue encontrarlo en este crucero. Viene con todo un séquito, el representante, el guardaespaldas, la periodista…
—¿Ustedes no sabían que él estaría aquí?
—No. Según Vursky… su representante… Les pareció una buena idea hacer la entrevista en un barco.
¡Oh! Olvide de mencionar que las redes sociales se volvieron locas con las fotos de Lean y Gabriel, que se esparcieron como pólvora.
La leyenda de la estrella y la fanática hecha realidad.
Tal vez… —Max pensó que estaba leyendo la mente de Andrew.
—Espera… Espera… ¿Me estás diciendo que Gabriel Greco, la estrella de cine italiano, se subió a un crucero siguiendo a una desconocida a la que vio un rato, una noche, un día antes? —Andrew se encogió de hombros como si no lo supiera, pero era una de las hipótesis que barajaba.
—¿Tú qué crees?
—Demasiado bueno para ser verdad.
Max miró alrededor, como si buscara al que le estaba tendiendo la trampa o filmando la broma. La ironía de la vida no tenía límites.
—Entonces…
—Hasta donde yo sé… van camino a convertir la leyenda en realidad. Aunque sus señales son confusas… No sé… hay algo que no me termina de cerrar. En la fiesta de disfraces Lean tomó bastante; no debí dejarla sola. No debí dejarla ir con él en ese estado.
—No creo que haga algo de lo que se pueda arrepentir… estamos en un barco, podríamos arrojarlo a los tiburones si se sobrepasa.
—Uno más a mi lista negra, todavía estoy buscando a un imbécil que le hizo pasar un mal momento en la piscina… ahora esto… voy a ir por el crucero como un vengador. Ahora me siento todavía peor. No debí irme… y encima fue por nada.
Max seguía repitiendo mentalmente “no preguntes” “no preguntes”, pero era más fuerte que él.
—¿Por qué te fuiste?
—Conocí a un muchacho. Candem. Estuve en su camarote hasta la hora de la cena.
—Y no estuvieron jugando a las cartas, supongo… —Andrew negó con la cabeza, sus ojos brillantes de un recuerdo del que Max no quería detalles— ¿Cómo te sientes con eso?
Andrew torció la boca en una sonrisa con un millón de implicaciones. A Max se le secó la garganta.
—Apenas si me puedo sentar.
—¡Mierda, Andrew! ¡Dije que me ahorres los detalles!
Los dos rieron, mientras pedían la cuarta ronda de bebida. ¿O era la quinta?
—Sabes… —le dijo Andrew, apoyándose en su hombro— Nunca tuve un amigo hombre, siempre los tuve de amantes.
—¿De verdad? No sé cómo sentirme con respecto a eso.
—Me has dado mucho para pensar hoy. Bueno, no esta noche, porque cuando caiga en esa puta cama no me voy a levantar hasta el mediodía.
—Por suerte para ti, parece que lloverá todo el día.
—Dime si no soy un hijo de puta con suerte…
—El mejor de todos.