Capítulo 34
Del otro lado de la pista, Jack Sparrow lo miraba furioso.
Soltó a su amiga como si fuera una brasa caliente, y estimulado por el recuerdo del encuentro de la tarde, atravesó un mar de gente hacia él.
Sabía que era Candem, no solo porque lo miraba como si se lo llevara el infierno, sino porque esos ojos eran de un azul que jamás podría olvidar.
—Hasta que llegaste…
—He estado por aquí desde hace un rato… esperando que te desocupes.
—¡Oh! ¿Viste todo eso? —dijo, empujándose en la pared y buscando equilibrio— Mis amigas son patéticas cuando se emborrachan.
—Las vi bailar…
—Un espectáculo del infierno… —completó, orgulloso de sus chicas. Se acercó y apoyó una mano en su hombro— Entonces… Candem… ¿A dónde pensabas llevarme?
—¿Antes del espectáculo del infierno? Tenía planes…
—Vamos…
—No.
La contundencia de su respuesta le hizo abrir los ojos y parar el vértigo del alcohol.
—¿Qué pasa?
—Eso te pregunto yo a ti —Ni pudo responder, se le escapó la risa, como si fuera un pájaro cautivo.
Candem sacó su mano de su hombro con un empujón. La falta de apoyo le hizo perder estabilidad, casi tanto como el brillo gélido en sus ojos. Tenía que encontrar la manera de volver al carril pero seguía mordiendo la banquina, riendo.
—¿Qué te pasa? ¿Estás celoso?
—No veo de qué…
—Exacto… —dijo, señalándolo casi hasta meterle un dedo en el ojo. Candem se apartó— No pasa nada, Candem. Lean y yo somos como hermanos.
—Ella no te estaba tocando como si fueras su hermano. Y si lo era… disculpa… el incesto es un pecado.
—No seas puritano…
—Con la sangre no se juega.
—No somos hermanos… no seas ridículo… estás llevando esto a un terreno absolutamente ridículo. No puedes venir a hacerme un planteo de celos cuando no hace ni veinticuatro horas que nos conocemos. Y aunque procediera… sería por completo ridículo porque entre Lean y yo no hay nada.
—¿Nada?
—Nada más que una amistad de muchos años, vivencias únicas, inigualables, incomparables. Ni viviendo dos vidas juntos, tú y yo jamás tendríamos lo que ella y yo tenemos.
—No lo pretendo.
Andrew lo sujetó de un brazo, haciéndolo girar y chocar contra la pared, acorralándolo con su cuerpo, inclinándose sobre él hasta que sus bocas se rozaron.
—Y entonces… ¿Qué pretendes?
—Algo como lo que tuvimos hoy a la tarde…
—¿Vienes por sexo? —Candem apretó los labios, levantó la mirada y negó. Andrew lo soltó. Se apartó. Oh, Dios… tenía un imán para los idiotas enamoradizos. ¿Cómo no lo vio venir? — Candem… escucha…
—No. No quiero escucharte. No te preocupes. No es necesario.
Candem se incorporó, acomodó su disfraz y se alejó. Andrew lo miró y gritó.
—¡Espera! ¡No te vayas! ¡Candem!
No lo escuchó, o peor, lo ignoró. Andrew golpeó con fuerza la pared con el puño cerrado, para ver si el dolor de afuera apagaba un poco la rabia de adentro. Odiaba lastimarlo de esa manera porque, hace mucho tiempo, era como él.