ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Cat apretó los dientes mientras Galen le sostenía el rostro.

—Abre la boca… —Ante el desafío, ella lo miró, sonriendo con los labios pegados. Él presionó— Vamos… Ábrela y muéstrame que puedes hacer con esos labios tan bien pintados de rojo.

Logró abrirle la boca y recorrió su labio inferior con el pulgar, arrastrando el labial sobre su mejilla. Cat pasó la lengua sobre el borde de sus dientes, provocándolo sin decir una palabra. Galen se apartó y sacó de su bolsillo dos preservativos.

—¿Fresa o uva? —le dio a elegir. Ella se adelantó y agarró con los dientes el violeta.

Galen se lo colocó e introdujo su miembro duro, grande, hinchado de anticipación y gozo, en la boca de Cat, y ella gimió saboreándolo.

Se deslizó sobre su lengua hasta tocar el fondo de su garganta, llenando esa cavidad, estirándola hasta el dolor, hasta quitarle el aire.

Concentrado en su propio placer, abusó de su boca forzando la profundidad, sin que ella se quejara.

Adentro y afuera. Salió lentamente después de su última embestida con una sonrisa de satisfacción única, buscando más.

Le indicó que lo atendiera más abajo. Sus testículos, lampiños, cargados como si no hubiera tenido liberación en días, los acarició con la lengua y los succionó hasta cargarlos en su boca.

Tiró de ellos y mordisqueó con cuidado, mientras sentía como la respiración de él, pesada de placer, se acompasaba con sus movimientos.

Alternó con uno y con el otro, y cuando el rubio aflojó el agarre, buscó con la lengua ir más atrás.

Se afanó en su tarea, buscando con su sumisión derrumbarlo en el placer.

La miraba desde arriba, con los ojos entrecerrados, mordiéndose los labios, mientras ella lo lamía, lo engullía, como si fuera un riquísimo caramelo.

—Vamos de nuevo. Puedes hacerlo mejor… Ocúpate de ello.

Lejos de su naturaleza de quejarse, porque ninguna meretriz podría hacerlo mejor que ella, alentada por el desafío, volvió a meterse su pene completo.

Adentro. Profundo. Rápido. Violento. Sus jadeos la incentivaban, la presión de su mano en su cabello la acicateaban como una yegua de carrera.

Iba hinchándose en su boca con cada estocada, estaba acercándose al clímax y ella con él.

Lejos de cualquier cosa que esperara, ella jamás había tenido un orgasmo satisfaciendo a otro, y ahí estaba, sintiendo las oleadas que nacían en su boca, rebotando en su clítoris, dentro de las paredes vacías de su sexo.

Apretó el mango del látigo que la inmovilizaba, ciñó la restricción y lo lanzó al fondo de su garganta, sin importarle el dolor, mezclándolo con el de sus muñecas, atisbando entre los movimientos como Galen recobraba su altura, se arqueaba y echaba la cabeza hacia atrás mientras rugía y descargaba su simiente en su boca.

—¡Oh! ¡Sí! ¡Cat!

El líquido seminal llenó el preservativo y ella lo mordió, arrancándoselo. Los restos cayeron pesados sobre sus pechos. Tardó segundos eternos en recuperarse, y desde su posición lo admiró casi con devoción, una devoción que nunca había sentido. ¿O sí? Quería más, pero…

Galen inclinó la cabeza para mirarla. Sus ojos brillantes tenían palabras que sus labios nunca dirían pero ella no las necesitaba. No en ese momento. No si él la miraba así.

La levantó y apoyó de nuevo contra el mármol del lavatorio, metiéndose entre sus piernas, mientras con ambas manos alzaba su rostro. Sus ojos se sostuvieron un momento y luego su mirada recorrió sus facciones como memorizándola.

—Muy bien, gatita… —dijo, quedándose allí, pero desprendiéndose de ella y buscando en el bolsillo trasero de su pantalón.

Sin dejar de mirarla se calzó un segundo condón.

Cat abrió la boca y la cerró de nuevo, atajando su sorpresa.

Lo sintió a la entrada de su cuerpo, duro y suave al mismo tiempo, como si recién estuvieran empezando.

Galen torció los labios en una sonrisa soberbia.

La cabeza de su miembro era una promesa, que había hecho gozar su culo y después su boca.

Sin entrar del todo, acarició con ambas manos sus muslos, su cadera, su cintura, subió por su pecho hasta sostener ambos lados de su rostro— Sería tan fácil romper tus barreras y besarte.

—Ni se te ocurra…

Se movió para esquivarlo, pero en realidad lo que quería era sentirlo encajado en su vagina.

—Tranquila, gatita. Es todo para ti. Lo has ganado.

Cat echó la cabeza para atrás e intentó impulsarse contra él para que la penetrara, ese roce estimulándola como nada.

Empezó a respirar entrecortado mientras vibraba contra él, listo para ella después de un clímax inmenso, como ningún otro hombre que hubiera conocido antes.

La volvía loca y no era solo su cuerpo lo que estaba excitando, era su mente, apoderándose de ella, de sus pensamientos, de sus deseos, de sus secretos.

La leía como un libro abierto, sabía cómo tenerla al borde, como sujetarla, como soltarla.

Dominarla y darle todo el control con el mismo movimiento. Ahí iba otra vez.

—Dime cómo lo quieres… —susurró contra su oído, plantando suaves besos en su hombro, en su cuello.

El tipo era una contradicción en sí mismo, exactamente lo que el doctor le había recomendado.

Cat se restregó contra su rostro, absorbiendo las esquirlas de placer que el roce de su barba generaban contra su piel.

Pegó la boca a su oreja, mordió su lóbulo y respondió.

—Duro, domador. Acaba conmigo.

Sin moverse de su cuello, sujetándola con fuerza, se incrustó en sus entrañas.

Cat gritó cuando lo sintió hasta el fondo, toda longitud, llenándola toda, estirándola y taladrando su interior, mezclando dolor y placer.

Era un animal de dos cabezas, dos caras de la misma moneda, uno la poseía como un salvaje, embistiendo contra ella, solo separando la cadera, llevándola y trayéndola con las manos, masajeando su clítoris hinchado cada vez que la penetraba, con un movimiento circular; el otro la besaba, la lamía, la mordía, aferrado a su cuello pero sin lastimarla, casi una caricia, una violenta contraposición.

Merodeaba peligroso por su rostro, subía y bajaba por su cuello, pasaba la lengua por su mejilla, su oreja, su mentón.

Nunca más allá de sus labios, ni siquiera cuando su propia boca, traidora, lo buscaba.

La llevó al orgasmo corriendo, sin cuidado, y sin embargo, le hizo el amor a su piel con la boca. No se astilló en mil pedazos porque la tenía abrazada.

Sus gemidos, gritos agudos, percutían contra los espejos, en una eternidad sin noción. ¿Cuánto tiempo había pasado? En el cielo de sus brazos solo ese crimen tenía sentido. Pequeña muerte le dicen. Cuánta razón.

Ella gritó su culminación y él la siguió. Bramó contra su oído mientras ella desgarraba su garganta. Un contrapunto perfectamente desigual. Se desarmó contra él, abriendo las manos, cayendo en un laxo oscilar. El látigo se desanudó y encontró su camino al piso. Galen nunca la soltó.

Eventualmente, la arrastró sobre el mármol hasta apoyarla contra la pared.

Cat recuperó la postura despacio, sin dejar de mirarlo; Galen se quitó el condón, lo anudó y arrojó a la basura, abrochó su pantalón y se lavó las manos, mirándose al espejo, inspeccionando su semblante.

Miró a sus pies y levantó, primero la pieza inservible de encaje que le había arrancado al principio de su aventura, y el látigo después. Guardó la primera en su bolsillo.

Se paró frente a ella, a una distancia que parecía un océano desde ahí; la miró, subiendo desde sus zapatos, sus medias, su disfraz roto, su rostro.

—Como ves, Cat, todos los felinos pueden ser domados y yo te voy a hacer mía…

—Galen hablaba con un sentido de la propiedad, con un conocimiento sin ningún lugar a duda, como si lo hubiese visto en su bola de cristal, como si él fuera el Dios que movía los hilos.

A ella la risa se le escapó soberbia, como siempre.

Se incorporó sobre sus pies y fue su turno de mirarse al espejo. Disimuló la sorpresa del desastre de su maquillaje. ¿Por qué no quería disfrazarse de Harley Quinn? Por “esa” imagen.

—Sigue soñando.

—Nunca tuviste un orgasmo así…

—No exageres, Galen… —dijo, simulando fastidio, mientras metía sus pechos en el disfraz e intentaba acomodar las tiras rotas del corsé— Solo fue buen sexo…

—¿Buen sexo?

—Ok… Muy buen sexo. Impresionante. Pero no te ilusiones. Se necesita mucho más que eso para domarme.

Galen le echó una mirada inescrutable a través del espejo, dio media vuelta y se marchó.

Cat se apoyó en ambas manos con los ojos clavados en el reflejo que desaparecía.

A la mujer que estaba ahí, que la miraba despeinada, con el maquillaje corrido y una expresión desconocida, no le podía mentir, pero podía convencerla:

—Solo fue eso… buen sexo… muy bueno… impresionante… nada más. ¿Verdad?

Estiró una mano hasta una de las toallas que estaba inmaculadamente dobladas a un costado, testigo mudo de la experiencia, que permanecían inalteradas como todo lo demás.

Limpió los rastros de su maquillaje devastado, acomodó su cabello y recompuso su disfraz, recolocando la parte inferior y sujetando hábilmente el corsé para que resistiera lo suficiente hasta que lograra llegar a su camarote.

Pasaría de todos rápidamente, ignorándolos.

Abrió la puerta del baño y se encontró de frente con Andrew, un poco desorientado, con la túnica de Jannie y el bate de béisbol en la mano. Los dos se observaron extrañados, él más que ella, especialmente mientras la miraba de pies a cabeza. Para evitar preguntas, mejor empezarlas.

—¿Dónde están las chicas?

—¿Qué te pasó? ¿Estás bien?

—Sí… ¿Por qué? ¿Estoy despeinada? —dijo, desentendiéndose, acomodándose el cabello. Andrew la miró entre suspicaz y resignado. Extendió la capa de Jannie y la colocó sobre sus hombros desnudos.

—¿Te acompaño?

—Sí… por favor.

Sin palabras, enlazó el brazo de Andrew y apoyó la cabeza en su hombro.

Él sabía de sus silencios, como ella los de él, sus ojos denunciaban que tampoco quería hablar.

En ese pacto cómplice, se respetaban. Suspiró con el consuelo de que no tendría que poner en palabras lo que no entendía que pasaba por su alma. Todo un alivio.