ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

La cabeza le daba vueltas; el champagne y el baile la habían estimulado y los ojos de Galen, siguiendo cada uno de sus movimientos, la tenían abrumada.

Como la noche anterior, el norteamericano la observaba de lejos, aguardando el momento para la estocada final.

Lo esperó mientras bailaba, lo esperó mientras bebía, lo provocó explícitamente, pero se mantuvo alejado en su lugar.

Cat entró al lujoso baño y se detuvo en la puerta.

Las paredes estaban cubiertas de espejos desde el techo ornamentado hasta el piso alfombrado, admirando su reflejo hasta el infinito.

Avanzó hasta el mármol extendido con grifería plateada que completaba el lujo del lugar.

Un poco más allá, el pasillo se extendía, separándola del sector más privado.

Parecía no haber nadie. La música sonaba lejos.

Se inclinó sobre el lavatorio para retocar su maquillaje y acomodar su cabello bajo el sombrero, cuando escuchó que la puerta se abrió a sus espaldas. No le prestó atención; no hasta que escuchó cómo se cerró y alguien echó el seguro.

—Pero qué…

De pie, recortado contra la puerta, la imagen de Galen en su disfraz de domador parecía una figura de acción. Abrió apenas la mano y el látigo que sostenía cayó extendido a sus pies. Cat lo recorrió desde las botas hasta el pelo y se apoyó con una pose sexy sobre el mármol.

—Vaya, vaya… llegó el domador.

—Llegó tu momento. Domar es mi especialidad.

—¿Y a quién vas a domar? —Galen hizo restallar el látigo como si fuera un experto, haciendo vibrar los espejos a su alrededor, el chasquido reverberando directamente en la punta de su sexo.

Se sintió completamente desnuda cuando fue su turno de examinarla, sintiendo en cada parte de su cuerpo la caricia de su mirada caliente.

Sonrió apenas, torciendo la boca en una mueca que la hizo estremecer, el espasmo en sus entrañas, ansioso, se extendió hormigueando hasta sus dedos.

Su tanga ya estaba húmeda y él no había dado un solo paso.

Cuando él se relamió, ella lo imitó. Eran tan parecidos que el choque era inevitable.

—Mi felino favorito… —dijo él, avanzando lentamente hacia ella, por fin.

—¿Tigresa? ¿Leona? ¿Pantera? ¿Puma? —Estuvo parado frente a ella cuando terminó de enunciar, acechándola. Se inclinó sobre ella y susurró en su oído.

—Tú, Cat. Tú eres mi felino favorito.

Y en un fluido e inesperado movimiento, la hizo girar, acorralándola con el cuerpo, cercándola con las piernas, mirándola a través del espejo.

Apoyó su erección plena contra su culo y se movió para que lo sintiera.

Cat siseó entre dientes. Le sujetó ambas manos a la espalda y le habló, haciéndola temblar cuando su barba cosquilleó contra su piel.

Remarcó cada palabra con los movimientos de su pelvis incrustándose en ella y mientras envolvía sus muñecas con la rugosa extensión del látigo.

—Ahora vamos a hablar de “restricciones” y “sugerencias”, y si eres una gatita obediente, y me complaces, te llevarás de premio otro orgasmo inolvidable.

—Bastardo arrogante… —El apelativo le hizo ganarse un tirón en el látigo que pellizcó la piel de sus muñecas. El dolor picó en su clítoris, como si estuviera reclamando atención.

—Encantado de conocerte —dijo, dejando un beso en su hombro y el mango del látigo en la palma de su mano.

Cat cerró el puño; si movía la empuñadura de cuero, el nudo se apretaba, si abría la mano, se soltaba.

Lo miró a los ojos a través del espejo y él le hizo un guiño rápido.

Su corazón aleteó. La voz en su oído fue un gruñido…

—No vas a encontrar dulzura conmigo, gatita, pero necesito saber que estas de acuerdo con lo que voy a hacerte.

—¿Parezco el tipo de mujer que no puede con lo que tienes para darme?

—Necesito que me digas que estas de acuerdo, necesito saber si estamos en la misma página, porque no seré amable… así que solo dilo.

Cat guardó silencio, desafiante, y levantando la barbilla, sentencio:

—Acepto lo que tengas para darme.

La hizo girar, violentamente esta vez. El mareo incrementó la sensación de vértigo de todo, el lugar prohibido, la restricción, el desafío.

Ella lo miró a los ojos, celestes, clarísimos, pestañas tan rubias como tupidas, como su cabello largo, como su barba recortada. Él miraba sus labios con hambre.

—No.Me.Beses.

—No lo haré… Tú lo harás.

—En tus sueños… —Sonrió confiado como única respuesta.

Se echó un poco hacia atrás para mirarla.

Lo hizo con un hambre y una admiración que hacía cantar su sangre, y al mismo tiempo un sentido de la propiedad que la asustaba, y eso no era algo común en ella, que sabía saltar sin paracaídas y sin red.

Volvió a mirarla a los ojos y levantó ambas manos para enmarcar su rostro.

El roce de sus dedos no fue suave, sino áspero, tosco.

Sus yemas callosas rayaron su piel cuidada y tuvo que hacer un esfuerzo para no cerrar los ojos, cegada por los chispazos de placer que la encendían.

Mirar sus ojos y desear su mirada; mirar su barba y desear sentirla por todo su cuerpo, por toda su piel; sentir sus manos y desear más, más de su toque, más de su roce.

La sujetó con fuerza y quiso acercarla pero ella reaccionó y se apartó.

Galen tensó el agarre y ella forcejeó. Él sonrió.

—Hay más de una manera que esa boca sea mía. Y lo será.

Aflojando el agarre, deslizó las manos por su cuello hasta sus hombros, bajando por sus brazos hasta sus codos y ahí retomar por sobre su cuerpo, presionando sobre el cuero brillante de su disfraz, modelando las curvas de su pecho todavía cubierto.

Él miraba el recorrido de sus manos, ella lo miraba a él.

Metió un dedo en el escote, apretando la carne suave de su pecho, buscando el pezón.

La miró a los ojos mientras hurgaba, con la expresión de un niño travieso que atormenta a un animalito indefenso.

El tormento se mezcló con el placer, y el esfuerzo que hacía para no retorcerse en el gozo morboso del dolor exponenciaba la sensación.

Apretó los dientes hasta que cedió; bajó brutalmente las copas del corsé, sobresaltándola y liberando su pecho.

Las tiras de sus hombros se desgarraron.

No medio pausa, se inclinó y empezó a devorarla, metiendo a presión sus tetas en su boca abierta, mordiéndola, chupando sus pezones como si de ellos manara vida, arrastrándolos sobre su cara, restregándolos contra esa barba gloriosa que la hacía ver las estrellas.

Dio la cabeza contra el espejo, presa del delirio del momento, arqueando la espalda mientras se empujaba con la punta de los pies contra su cuerpo firme, contra su cadera y su erección.

Él la sostenía para no caer mientras ella apretaba las manos y con ello el mango del látigo que marcaba la piel de sus muñecas.

Estaba jadeando, gimiendo, retozando, y solo le estaba chupando las tetas.

El ritmo de su ataque disminuyó y fue bajando.

Su sexo bramó ante la promesa de una visita tan intempestiva como la anterior.

Sus manos fueron descendiendo lentamente, casi con pereza, hasta llegar a la parte inferior del disfraz, un short con plumas en el trasero.

Siguió bajando, acariciando con dos dedos los ligueros que descendían hasta el encaje de sus medias de red.

Cat recobró el equilibrio e inclinó la cabeza para mirar su recorrido; lo vio deshacer el enganche de los ligueros como si fuera un experto, primero adelante y después atrás, y luego buscar el elástico de la cintura y deslizar el short por sus largas piernas.

Lo hizo con un cuidado desconocido para el tipo que recién había magreado sus pechos como si la ordeñara.

Se arrodilló, desenganchó el short, primero de un pie y luego del otro, y lo dejó con cuidado junto a ella en el lavatorio.

Escalando por sus piernas, deslizándose sobre las medias, buscó el centro de su cuerpo, Cat acomodó el culo contra el mármol y se abrió, dándole acceso a su sexo, vibrando de anticipación.

Quería su lengua, su barba, su cara, su nariz, todo sumergido en su vagina hasta que ella gritara en éxtasis y rompiera cada puto espejo en ese baño.

Galen se apoyó en sus talones y se alejó, mirándola.

Desde esa distancia, la acarició por sobre la tanga de encaje que, a esa altura, chorreaba con sus fluidos calientes.

La descorrió con un dedo y comenzó a masajear sus labios, deslizándose lentamente hacia adentro, recorriéndola con ese tacto áspero, alternando la vista de su entrepierna a sus ojos, paseando por todo su cuerpo, por sus pezones erectos e irritados por su ataque, su disfraz desarmado, su postura entregada.

Le dio atención a su clítoris, a su abertura, se metió en ella, llegando hasta el fondo, un dedo, dos dedos, girando y escarbando hasta que su palma presionó y masajeó circularmente, afuera y adentro.

Ella acompañaba el movimiento con su cadera y sus jadeos, buscando satisfacción.

—¿Quieres que te chupe, Cat? ¿Quieres mi boca en tu sexo como en tus tetas hace un momento? —La visión en su mente la hizo gemir y moverse más contra su palma.

—Si… —le respondió, delirante— Sí… hazlo. Chúpame toda… ¡Ahora!

Galen sacó abruptamente los dedos de su interior y Cat sintió cómo desgarró con las dos manos su ropa interior.

El encaje restalló como su grito sorprendido y abrió las piernas para recibirlo.

Él se sumergió una sola vez contra ella, chocando con sus dientes, abriéndola con la lengua, repasándola de arriba abajo una sola vez.

La sensación de su barba la hizo girar en espiral.

Sin aviso, cayó.

Él se alejó, se puso de pie y la sujetó el rostro. Sus dedos tenían su olor. Su aliento también. Pestañeó un par de veces para enfocar en la mirada seria de él.

—Aquí las órdenes las doy yo, preciosa. Además, ¿Papi no te enseñó a pedir las cosas por favor?

Sus palabras fueron como una bofetada que la hizo reaccionar. Estuvo a punto de soltar el maldito látigo y ponerse a pelear a puño cerrado cuando la sujetó del cabello y la hizo caer de rodillas delante de él.

Mientras mantenía su agarre con una sola mano, con la otra manipuló su pantalón, desabrochando el cinturón, abriendo los botones de un tirón, y sacando su tremenda erección.

Se le olvidó el enojo, la ofensa, la referencia; lo único que ocupaba su mente era ese miembro brutal que ya había estado dentro de ella, hermoso, orgulloso, con la punta brillante, casi chorreando.

Se relamió. Galen se inclinó hasta quedar frente a frente y la miró a los ojos.

—Ves, gatita, hay más de una manera de que esa boca sea mía. ¿Quieres esto? La vas a chupar. Toda. Ahora.