ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Estaba ansioso por tenerla cerca. Golpeaba los dedos en el escritorio esperando escuchar sus pasos en el pasillo.

El disfraz que se había puesto lo tenía loco.

El corsé marcaba todas sus curvas y realzaba sus pechos.

Su cabello, despeinado a propósito, y el maquillaje con los ojos bien oscuros lo habían dejado descolocado, nada tenía que ver con la chica en deportivos que corría en el gimnasio.

Esta era definitivamente la versión sexy y provocadora de la diosa que lo tenía hipnotizado, y verla bailando delante de todos, moviendo el culo y quebrando la cintura, lo desencajó al punto de romper su regla de nada de mujeres en su oficina.

No le importaba nada, necesitaba diez minutos con ella antes de empezar su última ronda de control.

Solo diez minutos y volvería a ponerse la máscara de jefe perfecto y severo.

Los ecos de la música todavía latían en sus tímpanos, por lo que sintió más que escuchó los pasos que se acercaban. Abrió una carpeta e hizo que leía cuando un suave golpe en la puerta sonó. Tomó aire para controlarse.

—Adelante.

La puerta se abrió y ahí estaba ella, nerviosa, mirando alrededor como buscando el motivo por el cual había sido llevada hasta ahí. Sus ojos se encontraron y Kier pudo percibir el momento en que su gesto cambió a asombro, tratando de entender por qué la había mandado a llamar.

—Pase, señorita Walker. Gracias, Eric, por acompañar a la señorita. Puede cerrar la puerta.

Eira entró. Kier sabía que no tenía una oficina llamativa, no necesitaba impresionar: un cómodo sillón en una esquina y un escritorio con una portátil conectada a las cámaras y monitores; era todo lo que necesitaba ahí, su principal lugar de trabajo era en el centro de operaciones o haciendo las rondas de control de rutina.

—Señorita Walker—Su propia voz salió seca y cortante para atraer su atención—. Explíqueme, por favor, qué está haciendo tomando alcohol de forma descontrolada y bailando hasta al agotamiento cuando hace unas horas tuve que llevarla al servicio médico por un desvanecimiento.

De inmediato el rostro de Eira pasó de la confusión al enojo; cruzó los brazos e irguió su postura. Si verla sexy y provocativa lo había calentado, verla enojada lo empalmó al punto de no estar seguro de poder pararse y caminar. La vio tomar aire.

—Señor Byrne, permítame que le aclare tres cosas.

Primero y principal no me “tuvo” que llevar al servicio médico, lo hizo porque “quiso” —dijo, remarcando con un tono de voz casi tan severo como el suyo, esas dos palabras—.

Le dije que estaba bien, pero usted me ignoró y prácticamente me llevó a la fuerza.

Segundo, estoy de vacaciones. Tomo y me divierto como quiero.

Eira dio un paso y apoyó ambas manos en el escritorio, brindándole una vista privilegiada de su escote.

—Y por último, no necesito un padre que me diga lo que puedo y lo que no puedo hacer, tengo edad suficiente para hacer lo que me plazca.

Kier casi no pudo terminar de escuchar la última frase. Al apoyarse frente a él, su corsé amenazó desbordar y él estaba a punto de ponerse en la labor. No pudo evitar ponerse de pie y rodear el escritorio cuando ella terminó de enumerar sus puntos.

—Permítame le recuerde que es mi función velar por el cuidado de todos y cada uno de los pasajeros de esta nave.

Y si para cumplir mi función debo obligarla de nuevo a ir al médico, no tenga ninguna duda de que lo haré.

Respecto al punto número dos, hay 542 hombres a bordo en este momento y no me gustaría tener que intervenir, por alguna mala interpretación en su forma de divertirse, en algún evento irrespetuoso.

Y por último, definitivamente, señorita Walker, lo último que quiero en este momento es que me vea como una figura paterna.

Cuando Kier terminó de refutar cada punto antes expuesto, estaban frente a frente. Él era más alto que ella y Eira tenía que levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Quedaron enfrentados en una lucha de voluntades. Sabía que para desarmarla tenía que cambiar la artillería.

Se inclinó para quedar a su altura y recorrió suavemente el contorno de su cara, susurrando:

—Tengo una más para agregar a mi lista…—Esperaba ella recordara la conversación de esa tarde en el gimnasio—: Ver cómo se mueve es una nueva obsesión.

La había desarmado. Lo sabía por cómo el gesto serio de su rostro cambió a uno de desconcierto. Entreabrió los labios y su respiración se agitó. Aprovechando ese momento de debilidad, llevó la mano que ahora rozaba su mentón, a la nuca, y acercó su boca a la de ella. Estaban a milímetros.

—Necesito satisfacer una de mis obsesiones… —murmuró, y al ver que ella no se apartaba, la besó.

Comenzó siendo un beso suave, lento. Sus labios jugaban sobre los de ella, incitándola con suavidad, saboreándola.

Su lengua la acariciaba y la invitaba a avanzar.

Eira se tomó de sus brazos. Kier aprovechó que estaban al lado del escritorio para girar y apoyarla contra el mueble.

Se ubicó entre sus piernas, sujetando con ambas manos su rostro.

Cuando sintió que ella respondía a sus besos, comenzó a presionar con su lengua para poder entrar, y cuando ella le dio acceso, sintió cómo todo el deseo contenido en los últimos días tomaba el control, convirtiéndolo en un ser primitivo y voraz.

Sus manos volaron a su cadera y la sentó en el escritorio.

Tomó sus piernas y las subió por sus caderas para poder entrar en ese hueco caliente, para poder presionar su erección contra ella.

Su lengua y su boca tenían vida propia, la chupaban, saboreaban y succionaban sin parar, volviendo los besos cada vez más duros. Rompió el contacto de golpe.

—Mierda… No voy a poder parar… —dijo, con un jadeo, y se alejó.

—¿Qué pasa, señor Byrne? ¿Ahora es usted el que se está portando mal? —Lo estaba provocando. Lo miraba seductora, como si todo el miedo y la inhibición se hubieran evaporado.

Volvió a acercarse, tomó su rostro de nuevo entre sus manos y apoyó su frente en la de ella.

—Estoy rompiendo más de una regla por usted…

—Volvió a besarla. Comenzó a dejar un camino de besos por su mandíbula y cuello, bajando.

Apoyó una mano en un costado de su cadera y comenzó a subir, acariciando sus costillas, la curva de su seno, apretando y cubriéndolo entero con su mano.

La sintió arquearse por el tacto— ¿Sabe lo que es para mí ver cómo todos la devoran con la mirada y no poder hacer nada?

Hoy en la piscina… ver que se convertía en la fantasía de todos esos hombres fue…

no puedo describirlo. Hubiera desalojado la cubierta… Y esta noche… su manera de bailar…

Llevó sus manos a los botones frontales del corsé y, mirándola a los ojos, desabrochó el primero. Estaba expectante esperando que lo detenga. Podía ver en su mirada que no estaba segura, dudaba, pero aun así, no lo detenía. Desabrochó el segundo.

—Señor Byrne… —dijo por fin, en un susurro sensual que vibró en su hinchada entrepierna— Ni se le ocurra comenzar algo, que por una interrupción laboral, no pueda terminar. Una sí, dos no.

Eira tenía razón, los habían interrumpido cuando estaban juntos en el centro de mando cuando estaban juntos, no podía permitir que sucediera otra vez. Tendría que esperar un día más, a su noche sin guardia. Reticente, enganchó los botones en su lugar, uno por uno.

—Soy muy consciente de que si vuelvo a besarla, no voy a poder parar, y no quiero que nuestro primer encuentro sea así, ni aquí —Acentuó deliberadamente “primer encuentro” porque estaba seguro de que luego de estar con esta mujer, un solo encuentro no sería suficiente, y quería que ella supiera que quería avanzar.

—¿Qué le hace pensar que vamos a llegar a tanto?

—¿Le preguntamos a su cuerpo? —Respondió, con una sonrisa torcida y sexy—. Tres pruebas. Si las tres dan positivo, mañana, después del baile de blanco, usted será mía. ¿Acepta el reto?

La vio dudar. Su corazón saltó un latido.

—¿Qué pruebas?

—No pregunte. ¿Acepta o no? ¿Se atreve a jugar? —Sabía que usando la palabra “atreverse” estaba jugando sucio, pero no le importaba, la quería en su cama.

—Acepto.

Comenzó a recorrerla con la mirada. Su boca, su cuello, la clavícula, su hombro, su brazo, su mano.

Paseó la mirada por cada centímetro de su piel.

Llevó su mano a la de ella y con un dedo tocó la palma, moviendo el dedo por el camino que sus ojos habían trazado, a la inversa.

Su mano, su brazo, su hombro, la clavícula, su cuello.

Apenas comenzó a recorrer su brazo, su piel reaccionó, se erizó a medida que él la acariciaba.

Los dos estaban hipnotizados mirando su lento recorrer y la reacción del cuerpo de ella.

Se miraron a los ojos de nuevo. La vio sonrojarse por su reacción.

Llevó nuevamente las manos a los botones frontales

—¿Hay algo más debajo?

Eira asintió. Comenzó a desabrochar los botones y encontró un sujetador de encaje negro transparente, haciendo juego con el disfraz.

Podía ver el apretado pezón a través de la trama.

Su respiración se aceleró, estaba poniendo demasiado en juego y lo sabía, pero le gustaba.

Cada paso que daba lo acercaba a un precipicio, la tentación era demasiado grande y resistirla, imposible.

Con el mismo dedo que había acariciado su piel antes, jugó haciendo círculos en el aire, rodeando la areola, sin tocarla, simplemente anticipando el toque.

El pezón se irguió requiriendo atención.

La mujer más sexy de este planeta llevó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole un manjar que él no podía disfrutar. ¡Mierda!

—Prueba número dos: Superada. ¿Vamos con la última?

Eira volvió la cabeza para mirarlo de nuevo a los ojos, espejo de los suyos, lujuria y deseo.

—No se mueva—Aprovechando que todavía estaba sentada en el escritorio, con él entre sus piernas, dio un paso atrás, dejando un espacio entre ellos. Bajó la mirada a su sexo. Instintivamente Eira quiso cerrarlas— ¡Shhh! Dije que no se mueva.

Apoyó el dedo en su rodilla, barriendo lentamente el interior de su muslo, acercándose muy despacio a su centro. Alzó la mirada, buscando sus ojos, siguiendo el camino por instinto, guiado por el anhelo. Cuando llegó a la ropa interior, la tocó con dos dedos. Estaba empapada.

—Creo que esta prueba es contundente, señorita Walker… Su cuerpo habla por usted—Se acercó a su oído y susurró: — Tres toques… tres reacciones que piden a gritos “más”. Yo arreglo todo para mañana. La veo después del baile. Ahora permítame acompañarla a su camarote.

Eira lo miraba desorientada, sin palabras. La ayudó a bajar del escritorio y en silencio abrochó los botones que había soltado de su ropa. La escuchó titubear.

—Yo…

—Ni se le ocurra…aceptó el reto—dijo, elevando una ceja e indicándole que no podía romper su promesa. Él no lo soportaría.

—Iba a decir… que prefiero volver a la fiesta con mis amigos.

—Negativo. La acompaño a su habitación.

—¡No puedes decidir por mí!

La miró un instante, no podía ni siquiera pensar en dejarla de nuevo en la fiesta, a merced de otros, luego de haberlo tocado como lo hizo. Rogó internamente que los dioses estén de su lado, rodeó el escritorio, ingresó la clave en la computadora y buscó las cámaras del salón.

—Venga—Eira se acercó hasta donde él le indicaba, señalando la pantalla— ¿Ve? Cámara 1: No están. Cámara 2, tampoco. Tres. Cuatro. Negativo. Sus amigos ya no están en la fiesta.

Se inclinó un poco sobre ella, apartó el cabello de su hombro, liberando su oído, y ahí susurró:

—Vamos… la acompaño.

Caminaron lado a lado por el pasillo. No pudo evitar apoyar su mano en la parte baja de su cintura para tocarla.

Podía sentirla confundida, luchando con ella misma.

Cabeza contra cuerpo. Ansias contra razón.

¿Quién ganaría? Apostaría todo lo que tenía por el cuerpo, solo para inclinar la balanza a su favor, pero la suerte siempre había sido un destino esquivo para él.

No podía esperar, pero tenía que hacerlo.

Tenía que buscar alguna suite vacía para poder disfrutar plenamente de ella, para hacerla gritar su nombre, transpirada por él, para él.

Tendría que llevar sus pensamientos hacia otro lado antes de hacer la recorrida por las plataformas.

¡Con semejante erección cumplir con su deber sería imposible!

Camarote 8039.

—Sana y salva—dijo ella, sin mirarlo a los ojos—. Gracias por acompañarme.

—Míreme a los ojos—le ordenó y tomó su mano— Hasta mañana, señorita Walker… No piense, déjese llevar.

Rozó sus nudillos con sus labios entreabiertos. Probarla había sido una idea horrible para poder sobrevivir hasta mañana. Esperó hasta que ella entró a su camarote y se marchó.