ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Era el momento de escapar.

Escondida en el rincón más oscuro del salón, vio como Cat se fue al baño, Eira salió escoltada por un tripulante, Andrew soltó a Lean para hundirse en la oscuridad y cómo Lean pasó a manos de Gabriel.

Había logrado evitar a más de un tipo que pensaba que, por bailar y divertirse con sus amigas, por pasar un buen momento al ritmo de la música, era una puta descarriada.

Más de una vez miró alrededor esperando que un encapuchado la rescatara y la sacara de allí, pero nunca apareció.

Quizás el psicólogo ya se había dado cuenta de lo dañada que estaba, de lo poco que podía servirle.

“¡Basta, Jannie! Deja el melodrama y sal de aquí.”

Buscó alrededor su túnica de Gryffindor, pero entre la oscuridad, las luces estrambóticas y el mareo del alcohol, apenas podía coordinar un paso adelante del otro.

Tal vez no la necesitaría. Si salía por los pasillos vacíos a la madrugada, todos estarían durmiendo o bailando, nadie paseando por ahí. Por eso se animó a salir así.

Se irguió sobre los tacones y se sostuvo con disimulo de las paredes.

Abandonó el Cabaret Lounge y cuando escuchó los ruidos del Casino, que estaba justo allí, escapó como pudo, temiendo quedar atrapada en medio de cientos de personas vestidas de gala y jugando a las cartas, mientras ella aparecía ataviada “así”.

El disfraz de Harley Quinn era fabuloso, sin dudas mucho mejor que su primera elección, pero aparecer vestida de loca quizá le ganaba un ticket expreso al neuropsiquiátrico de turno.

Necesitaba un doctor. Un psicólogo. Oh, Max, ¿dónde estás?

Sus pasos, y no su decisión, la alejaron del ruido, hacia una cubierta.

La inesperada ráfaga de viento la detuvo, aclarando su mente.

Avanzó hasta la baranda de madera y se sujetó con fuerza.

Que peligroso era estar ahí, tan borracha, tan expuesta.

Tan sola. Se abrazó a sí misma, la chaqueta del disfraz era muy delgada como para abrigarla.

Esperaría un momento a que el mareo pasara y volvería al camarote, no quería ir por el barco a los tumbos.

El movimiento del agua era hipnótico y a lo lejos, entre las nubes, parecía haber rayos.

Sería una noche de tormenta. Y ellos en un barco.

Genial. Miró a un lado y al otro tratando de ubicar los botes salvavidas.

“Esto no se va a hundir” “Sí, lo mismo dijeron del Titanic”.

Se restregó la cara. Cuando se miró las manos y vio la mezcla de maquillaje blanco, rojo y azul, soltó una carcajada que retumbó en la oscuridad.

—¡Ahora sí parezco la novia de El Guasón!

Una risa al lado suyo la hizo saltar casi hasta el techo de la cubierta.

—¡Mierda!

—Perdón… te asusté…

—¡Max! —El muchacho se acercó y se detuvo a su lado, con una capa negra hasta el piso y la máscara de Guy Fawkes dentro del sombrero que llevaba en la mano. Entonces había estado en la fiesta. Sintió un pinchazo de desilusión— Pensé que no habías venido…

—Oh, sí… bueno… Había mucha gente.

—Claro…

—Te vi bailando con las chicas… —“¿Así que eres un mirón?” Se apoyó de espaldas a la baranda de cubierta, con los codos sobre la madera.

La chaqueta abierta mostraba en todo su esplendor la leyenda de su camiseta rota: “Daddy’s Lil’ Monster”.

Tan adecuado. Los ojos de Max fueron a su pecho— Un espectáculo del infierno.

—Sí. Sin límites.

—Genial tu disfraz… si hubiera sabido, me hubiese maquillado como el Guasón.

—¿Para qué? Ni siquiera te animaste a acercarte en la fiesta…

—Abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de lo que había dicho.

¡Mierda! El filtro cabeza-boca se había disuelto en el alcohol.

Tenía que volver al camarote antes de meter la pata hasta el fondo.

Max no parecía ofendido, sino divertido.

Ya se había dado cuenta de que estaba borracha como una cuba— Lo siento…

—No lo sientas. Tienes razón. Estabas muy requerida…

—Lobos…

—Por eso no te quité los ojos de encima. Solo por si acaso.

—Andrew estaba por ahí, siempre cuidándonos… No te preocupes —Max se acercó, sin invadir su espacio personal, pero haciéndole sentir su presencia. Si pudiera inspirar profundo, seguramente podría sentir su perfume, pero apenas si podía respirar.

—¿Y si te digo que sí me preocupo?

—Te diría que estás perdiendo el tiempo. El puesto está ocupado.

—¿Y si te digo que me gustas? Mucho…

Era el momento de escapar.

Todas sus sirenas se encendieron al mismo tiempo, pero no podía moverse, víctima de un hechizo fulminante.

Era una suerte que Cat la hubiese maquillado de blanco, porque podía sentir la piel del rostro arderle con el calor de la sangre explotando allí.

Ni qué decir de otras partes de su cuerpo, que estaban reaccionando como nunca.

Nunca en la vida real, nunca tan cerca. Nunca.

Si iba a desmayarse, ese era el momento ideal.

Quizá sería la única manera de que él la tocara.

O de escapar. Pero ni eso podía, envuelta en una bruma gris que emanaba de sus ojos.

Sus ojos la tenían perdida. No podía dejar de mirarlos. De mirarlo.

—Lo siento, Max…

—¿Por qué? —¿Por qué? ¿Por qué? ¡Qué buena pregunta!

¡Vamos, Jannie! ¡Tú puedes! Saca una de esas frases que los deja descolocados y rogando por más.

Esas que salen de nuestros cerebros tres días después de la discusión, pero brotan espontáneas de los labios de las mejores protagonistas de los libros que leemos.

—Lo siento. Lamento haberte dado una impresión errónea.

—¿Errónea? No es mi intención faltarte el respeto…

—No. No me faltas el respeto. Al contrario, me halagas… es solo que…

—¿Qué?

Se acercó. Un paso. Despacio. Un escalofrío la recorrió completa y la sacudió hasta los cimientos, como si un temblor hubiese nacido en el lecho del mar. Dejó de respirar. Sintió una gota de sudor caerle por la sien. Lo vio mover los labios, pero no escuchó una sola palabra.

Max la sostuvo cuando sus piernas no pudieron más. La llevó hasta uno de los camastros y la ayudó a sentarse. Los dientes le castañeaban, pero no hacía tanto frío; de hecho, no sentía frío ni calor. No hasta que le tocó el rostro y su tacto la quemó.

—Estás helada…

Él se movió rápido, quitándose la capa que vestía y envolviéndola en ella, y en sus brazos, la llevó a su pecho, presionándola contra él. Disfrutó el momento. Fue un segundo. Se lo permitió antes de separarse.

—Estoy bien… —dijo, deshaciéndose de su abrazo, moviéndose en el camastro un poco más lejos de él— Estoy bien… tomé mucho. Demasiado. Nada más. Solo quiero ir a mi camarote. Necesito…

—Yo te llevaré. Déjame ayudarte.

Se apartó cuando él le ofreció la mano para ayudarla.

El rush de adrenalina del miedo la puso alerta y despierta.

Era lo que necesitaba. Encontró mangas en la capa que él le había dado y ensartó los brazos antes de ponerse de pie.

La túnica era muy larga, llegaba al piso, incluso con la altura que los tacones de Cat le daban, pero por lo menos la cubría completa.

Sin tocarla ni acercarse de nuevo, Max le indicó con una mano por donde ir.

Se cerró la túnica y sintió un bordado. Lo miró y descubrió un escudo.

—¿Qué es esto? ¿Slytherin? —dijo, sin poder disimular el asco— ¿Tienes una túnica de Slytherin?

—Bueno… era el único disfraz que tenía, pero me pareció muy… infantil… Por eso compré la máscara y usé la túnica al revés.

—Es infantil… —Lo vio compungido y se tuvo que reír.

—Gracias.

Caminaron hasta el ascensor y esperaron a que las puertas se abrieran. Ella avanzó.

—La mía es de Gryffindor… —Lo vio sonreír cuando llegó a su lado, antes de presionar el botón con el número ocho.

—Entonces los dos egresamos de Hogwarts. Eso es lo que importa.

—Sí. Seguro.

—¡Oh! Supéralo. Somos mejores. Pero eso no tiene por qué separarnos… —Jannie puso los ojos en blanco con toda la intención que encontró en sí misma, para que él se diera cuenta— En tanto seas sangre pura.

No hablaron más hasta que llegaron a la puerta de la habitación. Jannie no se animaba a mirarlo.

—Gracias por acompañarme.

—Escucha, Jannie… sobre lo que dije antes… no fue mi intención ofenderte. No te dije que me gustaras por cómo estás vestida o por cómo bailaron esta noche.

—Está bien, Max… —dijo, tratando de interrumpirlo, de detenerlo, de no escucharlo.

—Pero de verdad… me gustas…

Inspiró, infundiéndose fuerzas, y levantó la vista hasta sus prohibitivos ojos grises.

—No hay nada de qué preocuparse… pero… yo… No puedo.

—¿No puedes?

Jannie se quitó la túnica, pero no la soltó, la mantuvo entre sus manos, contra su pecho, como un escudo. O quizá solo quería sentirlo más cerca de la única forma posible.

—Disculpa si te di una impresión errónea, pero… yo… estoy en una relación.

—¿Una relación? —dijo, desencajado. ¿Qué? ¿Tan increíble resultaba que ella estuviera en una relación? — ¿Dónde? ¿En Edimburgo?

—Sí… —Mintió. Bueno, ella no sabía dónde estaba Spectre, pero no estaba faltando a la verdad, de alguna manera era en Edimburgo donde todo pasaba. En su computadora, en Edimburgo. De hecho… En su computadora, del otro lado de la puerta. Tal vez él estaba ahí. Esperándola.

—Oh… —Max la miraba como si no le creyera. ¿Era muy obvio que a ella le gustaba? Sí, era muy obvio que él estaba avanzando porque parecía una presa fácil en el crucero y la línea de disculpa tampoco le había sonado muy convincente— Bueno… Está bien. Lamento el malentendido.

—No te preocupes…

—Podemos… ¿Ser amigos?

—¿Amigos? —¿Aquí? ¿En este barco? ¿Durante cuatro días? ¿Estás jodidamente loco? —Sí… sí… por supuesto que sí…

Max se iluminó. Jannie estiró la túnica y se la entregó.

—Gracias por acompañarme. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Abrió la puerta del camarote y la cerró sin mirar atrás. Se apoyó en la pared y golpeó la frente tres veces contra la madera “¡Sí! ¡Sí! ¡Por supuesto que sí! ¡Seamos amigos!” ¿Por qué no te pusiste de rodillas para rogarle? ¡Estúpida!

Más que apurada, desesperada, corrió hasta la computadora y la encendió.

Sin dejar de mirar la pantalla que se iniciaba, se quitó los zapatos, el minishort y las medias.

Arrebató la laptop y se sentó en la cama, tecleando las líneas de acceso al sitio de citas, hasta la sala de chat donde siempre se encontraba con Spectre. “Su relación”.

#Cherry# ha entrado en la sala.

Había seis personas conectadas pero ninguna era Spectre. Tamborileó los dedos junto al teclado mientras lo esperaba.