Capítulo 29
Lean perdió la cuenta de la cantidad de alcohol que había bebido, pero no pensaba detenerse. Estaba pasando una de las mejores noches de su vida y no quería que terminara.
Andrew llegó desde atrás para tomarla por la cintura con cariño.
Se recostó en su pecho y cerró los ojos.
Los dos se movieron fuera del ritmo de la música, lentamente, envueltos por ese vínculo perfecto que los unía.
Su mejor amigo podía ser a veces insoportable y sacarla de las casillas, pero era fiel e incondicional, estaba allí siempre para ella.
Sin necesidad de llamarlo, acudía, sin necesidad de palabras, sabía lo que pasaba en su cabeza, y más importante, en su corazón.
Giró en sus brazos y buscó mirarlo. Le costó enfocar y él sonrió con su sabia indulgencia.
—Estás tan borracha…
—Eres un idiota endemoniadamente sexy, lo sabes, ¿verdad?
—Claro que lo sé… Tú tampoco te quedas atrás…
Lean hizo un movimiento de aceptación, y muy segura de sí misma, comenzó un despliegue sensual producto del efecto del alcohol y la necesidad de reafirmarse. Desinhibida, estimulada y con un exceso de confianza hacia su compañero, comenzó a bailar.
Sabía que Andrew no se lanzaría sobre ella como los lobos que las rondaban, enloquecidos luego del espectáculo gratuito de hacía un rato.
Él la cuidaría. Siempre. La dejaba jugar, la dejaba ser.
Estiró los brazos y lo acarició. Volvió a ponerse de espaldas y pegó todo su cuerpo al suyo.
Se movió ondulando sobre él, incrementando el ritmo y la fricción, dejándose llevar por la música que aturdía sus sentidos.
—Me tengo que ir… —dijo Andrew y no le dio tiempo a preguntar nada, simplemente desapareció.
Y de la nada apareció un hombre enorme, alto y musculoso, imponente en su disfraz de Gladiador.
Las terminales nerviosas de su cuerpo le dijeron quién era, aún borracha como una cuba, reconocería ese cuerpo tallado por los dioses en cualquier lugar del mundo.
—A ti te estaba esperando —le dijo, poniéndose en puntas de pie y apoyando un dedo en la armadura negra. Recorrió el tramado bajo relieve y frunció los labios haciendo un ademán caprichoso que había copiado de su amiga rubia. El Gladiador seguía sin moverse—¿Vas a bailar conmigo?
Ahora sí, se movió, dejó sus armas en la barra y la sostuvo de la cintura mientras ella lideraba el camino.
Giró entre sus manos y volvió a moverse como con Andrew, desinhibida, desfachatada.
En la pista la gente bailaba como ellos, pero le parecía que las mujeres estaban más sueltas, audaces, como si el espectáculo les hubiera soltado las riendas a ellas también.
Él seguía sin moverse, como una estatua, tal vez no quería develar su identidad ante todos, el anonimato del casco y máscara de hierro que portaba lo mantenía en secreto para todos, pero el fuego en sus ojos, apenas visibles en la oscuridad, parecían otros; poseídos, atizados, hambrientos, le decían lo que quería, y ella se lo ofreció todo.
Bailó alrededor de él, sosteniéndose de su cuerpo, acariciándolo, para luego ponerse delante suyo y restregarse como una gata en celo, apoyando su culo contra su entrepierna, subiendo y bajando, contoneándose con la cabeza echada sobre su pecho, un verdadero espectáculo de club nocturno para los hombres.
Podía sentir con toda claridad que su juego de seducción estaba haciendo efecto.
Prácticamente se colgó de sus hombros y le susurró al oído.
—Sé que te excita pensar hasta donde llegaré —Y dicho eso, dio media vuelta y buscó con la mirada la barra de bebidas, y se mantuvo todo lo erguida que pudo para ir por más alcohol.
Pidió a los gritos otra copa de champagne. El gladiador la siguió muy de cerca pero no la detuvo. Lean suponía que no podía hablar mucho con ese casco de hierro, pero sí podía escucharla.
—¿No te gusta mi baile? ¡Yo creo que lo estoy haciendo bien!
—Creo que deberías dejar de tomar… —La música y el alcohol distorsionaron la voz y el acento dentro de su cabeza, pero no le importó.
Se empinó la copa de champagne e iba por más danza erótica, cuando la detuvo la mano enguantada.
Iba a replicar que la soltara, cuando chocó de frente con un jeque árabe alto, tan alto como… como el gladiador.
—Lean… ¿Qué estás haciendo?
Soltó la copa de vidrio que tenía en la mano y se hizo trizas a sus pies.
—¿Qué haces ahí? si… si… no… no eres tú… eres tú…
—¿Cuánto bebiste?
Lean se sujetó la cabeza, sintiendo como si le fuera a explotar. El disfraz de Gabriel parecía sacado directamente de sus sueños más calientes. Si el barco dejara de moverse, podría acercarse y meterse entre los pliegues de su túnica en busca de sus secretos.
—Suficiente…
—Correcto. Suficiente. Vámonos de aquí.
—Vamos, Gabriel, ven… baila conmigo… —Estaba perdiendo el equilibrio, y también el control. Gabriel la sostuvo de un codo para que no cayera en la pista, que había empezado a girar rápidamente, haciendo borrosos los rostros, las luces.
—Mierda… —lo escuchó decir, mientras la arrastraba fuera de la pista de baile y con claras intenciones de sacarla de allí. Pero ella no se quería ir. Era temprano, la música todavía sonaba y quería divertirse. A eso habían venido, ¿verdad? ¿Y qué le pasaba que las palabras no salían de su boca?
—¡No! ¡Quiero quedarme! ¡La estoy pasando genial! —Se colgó de su cuello y escaló hasta su rostro, hablando casi contra su boca— ¡Vamos! ¡Ven a bailar conmigo!
—Lean… cálmate… por favor.
—¿Por qué? ¿Soy demasiado ruidosa para ti?
—Demasiado borracha… —lo escuchó decir, mientras la incorporaba porque había perdido el paso y uno de sus tacones había resbalado.
Gabriel se pasó una mano por el rostro, como si necesitara despejarse, o como si no pudiera creer que todo eso le estuviera pasando a él también.
Se rio fuerte, una catarata de carcajadas que amenazó hacerla caer, fácilmente, de sus brazos al suelo, de la risa al llanto.
Las facciones de su compañero se desdibujaban bajo el sopor del alcohol, pero estaba tan cerca, debería poder verlo mejor, más nítido, si se acercaba.
Se pegó nuevamente a su cuerpo y sonrió. Así está mejor.
—Lean, creo que es mejor que te lleve a tu dormitorio, tomaste mucho y te arrepentirás de cualquier cosa que hagas. Creo que yo también me arrepentiré si no nos detenemos ahora. No quiero que me odies mañana.
—¡Estoy bien! ¡No quiero irme aún! ¿Sabes qué?
—¿Qué, Lean? —dijo, cansado. Frustrado.
—Quiero hacerte ese bailecito sexy otra vez. ¿Qué dices, tal vez si le bailo así… —Y se deslizó hacia abajo, sosteniéndose de su ropa de jeque árabe, hasta quedar con la cara a la altura de bragueta— O si subo así… ¿Me llevarás de una vez a tu cama?
Mientras Lean giraba para ponerse de espaldas y apoyar su culo en el bulto de Gabriel, lo sintió arrastrarla casi en el aire, fuera del salón. Quiso quejarse, pero todo se movía demasiado rápido. Maldito mareo.
—Basta, Lean. Nos vamos…
Sus pies no tocaron el piso y el aire fresco de la cubierta despejó su mente por un instante, en el que todo se detuvo abruptamente.
—¡Eres tú! Me encanta este disfraz
—Y tú estás muy hermosa… ¿Me dejas acompañarte a tu cuarto? ¡Por favor!
—Mmm… —dijo, estirando una mano hacia él— Tal vez sea una buena idea… Si me llevas a un lugar oscuro y eliges la música adecuada, quizá podría mostrarte el baile sexy que he aprendido de mi amiga Cat.
Siguiendo el movimiento, Gabriel la tomó de la mano y la arrastró hacia él. Oh, su lugar en el mundo, contra su pecho, entre sus brazos. Húndete, Titanic, estoy a salvo. Abrazada a él, respirando su perfume, se sentía tan a salvo. Gabriel la sostuvo y le habló al oído.
—Vamos… no puedes seguir así.
—No te preocupes por mí… estoy bien… —le dijo, y su rostro preocupado fue lo último que vio cuando todas las luces se apagaron.