Capítulo 20
Sacó la copa de su mano y se acercó más, sin dejar de mirarlo, bebiéndose su expresión azorada, como si no creyera en su propia suerte.
Bueno, tenía razón, no todos los días te encontrabas con un espécimen como él.
La modestia no era una de sus mejores cualidades, pero besando era un maestro.
Abrevió todo el espacio entre ellos, pero se detuvo a un centímetro, apreciando ese rostro perfecto en todo su esplendor, su piel inmaculada, sus pestañas y cejas clarísimas, sus ojos de cielo y mar, su nariz recta y perfilada.
Su boca se abrió, saboreó el calor de su aliento dulce e hizo una última repasada con los ojos.
Se relamió y Candem mató la distancia entre los dos, avanzando despacio, con cuidado.
Su mano presionó en su pierna y subió hasta el bulto que palpitaba contra el cierre constrictor; su lengua avanzó de la misma manera, buscando la suya.
En cuestión de segundos Andrew había pasado casi hasta tercera base, desabrochando su camisa, botón por botón, hasta llegar al pantalón, mientras Candem dejaba caer la cabeza hacia atrás y él atacaba su cuello con la boca y ese torso trabajado con las manos, subiendo y bajando por la piel pálida y sin vellos, sintiendo sus músculos trabajados, denotando un cuidado que él, por sobre todos, apreciaba.
El cinturón iba encontrando un camino al piso cuando Candem se alejó un poco.
—¿No quieres tomar una ducha? —Se acercó de nuevo y lo besó otra vez.
—No… —dijo, entre choque y choque de labios— Después… quizás…
—Pero…
—Dije que no… —recorrió su rostro, su mejilla, su mandíbula, con los labios, con la lengua, hasta llegar al oído— No desperdiciemos el agua del planeta. Quiero hacerte transpirar… Después… quizás…
Candem gimió y se animó a poner una mano sobre su pantalón.
Andrew se movió contra su palma mientras él apretaba su forma y lo besaba con renovada pasión.
“Mi turno” pensó, mientras apretaba el acelerador de la intensidad de su beso y con la mano libre iba por todo, cinturón, cierre, bóxer, “Oh, Por Dios”.
Lo rodeó con la mano e intentó cerrar el puño.
No pudo. Acomodó al muchacho sentado, presionándolo sobre el sillón mientras maniobraba con la ropa y ese miembro que había hecho estallar todas sus sinapsis.
Cambio de planes. “No voy a cogerte, quiero esta cosa dentro mío, ya.” Agitado por el volantazo de sus pensamientos, empezó a planear cómo convencer a ese pasivo para meterse en su culo y hacerlo gritar hasta quedar afónico. Candem volvió a separarse.
—No me hagas acabar… —musitó, todavía en sus labios, respirando con dificultad— Vamos a la cama.
Lo vio ponerse de pie y perderse tras el tabique de separación, tras del que seguramente estaba el dormitorio.
Con manos temblorosas sacó su billetera y hurgó hasta encontrar dos condones.
Siempre listo, él era un buen boy scout.
Se reacomodó en la ropa y rodeó la pared hasta el otro lado.
Se quedó inmóvil, de pie. Tragó sin poder disimular la dificultad por el nudo en su garganta.
Candem terminaba de desnudarse, del otro lado de la cama, su erección, imponente, indescriptible, destacando sobre cualquier otra cosa, incluso sus ojos de ensueño, su cuerpo esculpido y su cabello desordenado.
El tipo era un semental. Tragó de nuevo.
Pestañeó. La timidez en su expresión no se condecía con su físico, como si estuviera pidiendo disculpas.
No sabía si reír o llorar, si abrazarlo para reconfortarlo o ponerse de rodillas y ver que tan profundo entraba eso en su boca sin rasgar sus comisuras.
Sonrió. Tal vez esa noche se disfrazaría de El Guasón.
No hizo ningún movimiento brusco. Sacó lentamente su camiseta sobre su cabeza, desabrochó su cinturón, bajó el cierre de su pantalón, y pateó sus zapatillas. Se quitó las medias, inclinándose a un lado y al otro, pero sin quitar nunca los ojos de los de Candem, que lo miraba con hambre.
—Ven… —propuso, extendiendo una mano— Encárgate del resto…
Candem obedeció, rodeando la cama, parándose frente a él.
Sus manos avanzaron lentamente, primero a su pecho; el contacto hizo que todo el aire que contenía en los pulmones desapareciera, y la caricia liviana y pausada descendió por su pecho, también lampiño, también perfectamente depilado.
Siguió el trazo de sus dedos con los ojos, bebiéndoselo con la mirada, sediento.
Llegó al pantalón y lo forzó a caer a sus pies.
Su bóxer era una carpa pero, en cuestiones de comparación, lo suyo era una tienda de campaña y la de Candem era el mástil de la del Sultán.
Una ráfaga de humildad lo sorprendió. ¿Y si no era suficiente para él?
El muchacho se puso de rodillas y con el movimiento acompañó su ropa interior.
Su miembro saltó justo frente a su cara y Candem lo metió en su boca hasta el fondo.
El calor que lo envolvió casi lo precipita a la eyaculación.
Se sostuvo de su cabeza, hundiéndose hasta su garganta, enredando los dedos en su cabello mientras se deslizaba sobre su lengua, adelante y hacia atrás.
Dejó caer la cabeza, jadeando al compás del avance sostenido de esa boca que lo mamaba. “Increíble”.
Disfrutó hasta que las piernas le temblaron.
Candem acariciaba sus bolas, sus nalgas, sus piernas.
Andrew tenía su cabello entre los puños cerrados y su miembro bañado en su saliva.
Avanzando sobre sus rodillas, el rubio lo orientó y obligó a caminar hasta la cama, hasta caer sobre su espalda, empujándolo sobre el colchón hasta que quedaron en el medio.
Todo eso sin dejar su labor bucal ni un momento.
Más besitos para él y su sexto sentido, el tipo era un experto.
En el medio de su delirio, Candem escaló por su cuerpo, de regreso a su boca. Le sostuvo el rostro con ambas manos mientras lo besaba, sosteniendo en una de ellas los dos condones.
—Vienes preparado… —le dijo, con una sonrisa sensual contra sus labios.
—Por supuesto…
—No te preocupes… tengo todo lo que necesitas aquí…
—Aun así, Andrew le extendió los preservativos.
Candem los tomó y se encargó de colocarlos, desgarrando el plástico, estirando el látex, primero en su extensión y luego en la suya.
Se quedó un momento sobre él, sentado a horcajadas, acariciando su vientre plano, su cadera.
Sin aviso, lo hizo girar sobre su estómago y lo acomodó sobre las almohadas.
Se extendió sobre su cuerpo y alcanzó algo en el cajón de la mesa de noche.
“¡Es perfecto! ¡También lee el pensamiento!” Quiso girar para decir algo pero Candem lo apretó con su cuerpo sobre el colchón, haciéndole levantar los brazos sobre la cabeza.
El tipo era dominante y Andrew estaba girando en un huracán de sensaciones.
Había pocas cosas en este mundo que ya podían sorprenderlo y tenía debilidad por ello.
Una vez que encontró el camino de la vida, intentó probarlo todo, y se jactaba de eso.
Pero esto realmente no lo esperaba, y aunque su sexto sentido había fallado, por primera vez en su vida estuvo feliz.
El norteamericano le habló al oído muy bajo.
—¿Sorprendido?
—Gratamente sorprendido…
—¿Quieres parar?
—¿Quieres morir? —dijo, levantando la cadera para restregarse contra su miembro, poniendo en movimientos las palabras.
—Iré despacio… —Y además era un caballero cuidadoso. Como no le pasaba en muchos años, su corazón aleteó como un idiota colibrí.
Candem besó toda la hendidura de su columna, desde la base del cráneo hasta la raya del culo.
Lo hizo levantar la cadera para meter sus bolas hinchadas en su boca y después pasar la lengua por su ano.
Lo estaba volviendo loco, ya había agarrado del cuello dos chorros de semen, necesitaba más.
La anticipación le hizo contraer los músculos cuando lo sintió alejarse, escuchó un clic tras él, y luego un algo frío se deslizó por su abertura.
Un escalofrío lo recorrió entero mientras sus dedos lo masajeaban hábilmente, esparciendo el lubricante por toda la zona.
Andrew metió las manos bajo la almohada, aferró el borde del colchón con las dos y arqueó el cuerpo contra los dedos que empezaban a penetrarlo.
Uno. Dos. Tres. Dios. Dos. Uno. Más. Se iba a ir.
Apoyó su propio pene en el colchón y presionó, buscando un poco más de placer, pero lo que necesitaba estaba entre las piernas de otro.
Repasó mentalmente qué juguetes sexuales había llevado, alguno tenía que servir si ese tipo no se lo cogía ya. Correría a su habitación y…
No fue necesario. Abrió los ojos cuando sintió la punta redondeada penetrarlo despacio. Buscó aflojarse pero la necesidad lo traicionó, se contrajo sobre él.
—¿Quieres que pare?
No le respondió. Se impulsó contra su cuerpo, abriendo las piernas y apoyándose en el colchón.
Pese a todo, el avance fue lento, él marcando el ritmo, mientras las manos de su compañero lo sostenían sin forzarlo.
Iba disfrutando los chispazos de dolor y placer, que se mezclaban como fuegos artificiales en la oscuridad de su cerebro.
Increíble. Ni su primera vez había sido tan buena, considerando los miedos, las restricciones, el lugar.
Ahora que sabía lo que quería y cómo lo quería, ahora que su orientación era cristalina y conocía los requerimientos de su cuerpo, podía disfrutar con libertad de su elección.
Rotó la cadera para hundirlo más, rompiendo las resistencias normales, absorbiéndolo por completo, hasta el fondo.
Los dos exhalaron cuando sus caderas chocaron, y se quedaron quietos, acostumbrándose el uno al otro.
Con una mano acarició su espalda, suave y lentamente, subiendo primero, bajando y rodeándolo, hasta asir su miembro y dejarse caer, cubriéndolo con su pecho. Pasó la lengua por su oreja y musitó.
—Eres increíble, Andrew…
—Gracias… —susurró, sin aire. No supo qué otra cosa decir.
Gracias por tocarme. Gracias por cogerme.
Gracias por cuidarme. Se movió para hundirse más hasta el límite del dolor.
Candem gimió y empujó. Y la danza comenzó.
Desde atrás, entraba y salía, cada vez más adentro, cada vez más afuera, moviendo la cadera, mientras besaba su cuello, su hombro, su espalda, y con la otra mano se deslizaba diestramente sobre el condón.
El asunto fue rápido, certero, voraz. Fue un chispazo, como un fósforo, una luz cegadora, un desgarro disfrazado de grito, un salto. Dejarse ir. Ir. Ir.
Se derrumbó.
Cuando abrió los ojos, después de una vuelta por el universo, estaba sobre su espalda, con Candem mirándolo preocupado, acariciando su pecho.
—¿Estás bien? —“Más que bien” no dijo, pero extendió un brazo para sujetarlo por la nuca y atraerlo a sus labios—. Déjame ayudarte…
Se quitó el condón, lo anudó y arrojó al piso, y antes de repetir el procedimiento con él, lo extendió sobre su miembro laxo. Andrew lo miró extrañado. Candem levantó solo los ojos.
—La próxima vez usaremos uno de los míos…
prefiero saborizados… —Y dicho eso, se acomodó sobre su regazo, retiró el látex y lamió su pene íntegro, que volvió a la vida como si nunca hubiera pasado por la guerra.
Gimió, se arqueó sobre su espalda y disfrutó, pero lo detuvo antes que ya no fuera posible volver atrás. Atrajo al muchacho a sus brazos.
—Ven aquí…
En una figura contrapuesta, su versión personal del doctor Jeckyll y el señor Hyde, Cadem subió por el colchón, obediente y sumiso, hasta apoyarse en su hombro y acomodarse en su costado. Andrew lo rodeó con un brazo, mientras acomodaba la mano bajo su propia cabeza, mirándolo desde arriba.
—Decías… —le dijo, con una sonrisa torcida.
—Olvídalo… encontré mi nuevo sabor favorito… —Se inclinó para besarlo, metiendo la lengua para recorrer la suya, impregnada en su sabor. Terminado el beso, Candem suspiró y se estiró buscando las sábanas, cubriéndolos.
—Tengo que irme…
—Es temprano…
—Debo volver con las chicas… no les dije nada, simplemente desaparecí. Tengo que prepararme para la cena…
Dejó un beso en su frente y se fue, aunque su cuerpo clamara quedarse, retomar la acción, hacerlo por lo menos dos veces más.
No lo miró mientras rodeaba la cama, recopilando su ropa.
Salió del espacio del dormitorio calzándose las zapatillas.
Candem lo siguió un momento después. Se despidieron antes de abrir la puerta.
—¿Puedo verte otra vez? —Andrew se calzó el disfraz de indiferencia, el que mejor le salía de su manual de seducción. Quien demostraba mucho interés corría más riesgos de ser descartado.
—Seguro… como te dije… el barco parece grande pero es pequeño.
—Quisiera llevarte a un lugar…
—¿Otro que tu cama? ¿Te vas a poner creativo?
—Me gustaría sorprenderte… otra vez… —Andrew le acarició el rostro suavemente.
—Me encantan las sorpresas. Búscame… en la fiesta de disfraces… seré el vaquero más sexy de la noche.
—No me cabe duda.
Lo besó despacio y con los labios cerrados, como despedida. Candem pareció atajar algo que quería decir, pero reprimió. Quizá no eran tan parecidos después de todo, aunque tenía ganas de seguir avanzando para averiguarlo.