Capítulo 21
La cena de esa noche, en el restaurante Aqualina, ubicado en la cubierta diez y donde ya tenían reservación, contaba con una exquisita cocina especializada en comida mediterránea.
El ambiente, si bien más relajado que la noche anterior, en la cena de gala del capitán, mantenía una atmósfera suntuosa y elegante.
Mientras esperaban para acceder a su mesa, sabían que eran el centro de las miradas del resto de los pasajeros; después de los eventos de la piscina eran objeto tanto de apreciación como de murmullos.
Y eso no era nada. Esa noche las esperaba la fiesta de disfraces, ambientada en una temática Moulin Rouge, en el Cabaret Lounge de la cubierta cinco.
Por suerte era un evento cerrado y solo para adultos.
En Aqualina, la mesa redonda con seis lugares estaba ubicada casi en el centro y allá los llevó el maître para ubicarlos.
En tonos claros y tapizados de cuero, los asientos eran cómodos, aunque la mesa quizás un poco pequeña.
Lean destacó la decoración, Eira quedó impactada por la iluminación central y el enorme candelabro circular; Cat elogió la cristalería y los cubiertos de plata.
Jannie no podía terminar de cerrar la boca, admirando todo lo que la rodeaba.
Se sentaron conversando sobre lo que les esperaba en unas horas y olvidando las anteriores.
Pero no siempre se puede escapar del pasado.
—Cuando estén listas, vengan a nuestro camarote, así hacemos la previa y les doy los últimos ajustes al maquillaje.
—Tenemos que ser las reinas de la noche —dijo Eira.
—“Seremos” las reinas de la noche. Que no te quede ninguna duda.
—Chicas, tendrían que ver los disfraces que trajo Cat… ¡Impresionantes! Los que no murieron de un infarto hoy en la piscina, no sobrevivirán a esta noche… —Lean y Andrew se rieron en voz alta. Hubo una pequeña conmoción cuando Eira susurró:
—Gabriel Grecco ha entrado al edificio.
Lean se puso de pie y esperó a que el actor hiciera contacto visual para saludarlo y hacerle una seña a la silla vacía que estaba a su lado.
No quería darse la vuelta para no ser obvia, pero todo el salón lo estaba mirando, así que no desentonaría.
Lo vio hacerle una seña de agradecimiento pero siguió de largo hasta su mesa, donde reconoció a Paolo y a la periodista que Lean había identificado. La desilusión de su amiga fue tangible.
—Bueno… —dijo, haciendo una mueca— el Universo no podrá decir que no lo he intentado.
Fue cuando el mentado Universo hizo lo suyo.
Max entró al restaurante. Se le cortó la respiración y su rostro se incendió cuando él, después de pasear la mirada por las mesas, los encontró, la saludó con una mano y emprendió su camino para acercarse.
¿Por qué siempre la sorprendía mirándolo? ¿Sería porque siempre estaba mirándolo?
Andrew debió percatarse de su reacción, vio al inglés y sumó uno más uno.
—¡Max! —exclamó cuando se acercó.
—Hola… —dijo él, sorprendido por el inesperado y efusivo saludo.
—Te estábamos esperando…
Automáticamente Cat, Lean y Eira se pusieron de pie, murmurando un saludo, y se movieron en una perfecta coreografía que dejó a Jannie descolocada por el movimiento que ubicó mágicamente a Max a su lado, reorganizando los lugares.
El muchacho no dijo nada, saludó a todos con la cabeza y se sentó, mirándola con una sonrisa.
—Hola, Jannie.
—Hola…
Lean se sentó de espaldas a la mesa de Grecco, seguramente para evitar la tentación de darse vuelta para mirarlo.
—Disculpa, Max… casi te obligamos a sentarte sin saber si ya tenías mesa… o estabas con alguien…
—Sí, me asignaron una mesa con desconocidos, así que estoy muy agradecido que me hayan “invitado”.
—¿Y con quién te sentaste ayer en la cena de gala? —inquirió Cat.
—No entré… No estaba vestido de acuerdo al código de etiqueta —Se hizo un pesado silencio, que él minimizó con un gesto— Mi culpa. No sabía que había que traer un esmoquin a un crucero. Errores de principiante.
—Pero si trajiste un disfraz… ¿Verdad?
—Sí.
—¿De qué te vas a disfrazar?
—V —Todos, Jannie incluida, se quedaron mirándolo como queriendo entender— Guy Fawkes… ¿V de Vendetta? ¿Anonymous?
—¡Ahhh! —exclamaron los cinco.
—Yo vi esa película… —Cat se tocó el cabello con gesto compungido— Pobre Natalie Portman…
—Icónica escena.
—“Recuerda, recuerda, el cinco de noviembre” —dijo Jannie y se ganó una sonrisa de Max.
—¿Y ustedes? —preguntó el invitado, en general, pero mirándola a ella. Le estaba por responder pero Cat le saltó encima como un gato, tapándole la boca.
—¡Ah! ¡Es una sorpresa! —Por suerte, lejos de pensar que Cat estaba loca y ella era una estúpida, Max se divirtió a expensas de las dos. O tal vez lo estaba pensando y encubría con su sonrisa un inminente plan de escape.
El primer mozo que se acercó a atenderlos, y presentándose como Miguel, les ofreció los menús de comida y vinos. Mientras elegían, Eira entró en modo investigación.
—Entonces… Max… ¿Qué haces de tu vida?
—Soy psicólogo.
—¿De verdad? —dijo ella con exagerado ademán, mirando a Jannie como diciéndole “¡Pero mira que buen partido!”— ¡Qué interesante!
—¿Y qué podrías decir de nosotros? —acotó Andrew, inspirado.
—Bueno, no los he visto mucho en acción… —Cuando las miradas decayeron, desilusionadas, porque esperaban una sesión de psicoanálisis gratuita, Max los miró a todos con agudeza profesional— Estaría mal evaluar a las personas con tan poca observación, pero siempre hay una primera impresión.
Y ahora sí, captó toda la atención de los cuatro, porque Jannie estaba sumergida en el menú como si allí fuera a encontrar la cura contra el cáncer. Max resultó ser un excelente orador, porque los atrapó de inmediato.
—Por ejemplo, Lean se nota muy romántica, sensible, artística quizás. Cat adora ser el centro de atención, brillar, tener el mundo a sus pies. Eira parece más racional, más organizada, con necesidad de control.
—¡Wow! —dijo Andrew— ¿Y Jannie?
—Demasiado tímida…
—Eso no se lleva los premios al mejor observador… —Todos en la mesa rieron.
—Lo sé. Hablé de una primera impresión.
Inclinándose sobre la mesa, miró fijamente a cada uno de sus interlocutores.
—Lean es de Cáncer, emocional y profunda, intuitiva y romántica.
Mujer de Luna. Dulce, encantadora, sensible y frágil.
Cat es Leo, brillo, despliegue y seducción.
Mujer de Sol. Inteligente y ambiciosa, amante del poder, la buena vida y el placer.
Andrew podría ser Escorpio o Sagitario. Fuerte, valiente, determinado.
Apasionado y protector. También brillante y seductor.
Podría tener su Luna en Leo, o su ascendente.
Eira podría ser Escorpio o Sagitario. Esas variantes le darían una actitud apasionada y aventurera.
—¡Eso sí es sorprendente! ¿Sabes de astrología?
—En realidad… —dijo Jannie— La madre sabe…
—¿Hablaron de su madre? —preguntó Eira, asombrada. Jannie enrojeció.
—Y no dijiste nada de Jannie… —instigó Cat.
—Haría trampa. Ya sé que es Virgo.
—Y él es Tauro.
La mesa quedó en silencio. Andrew tosió como para disimular.
—Para haber hablado diez minutos en la piscina, saben mucho el uno del otro.
Fue el turno de Max de parecer incómodo. Por suerte el mozo llegó para tomar la orden de los platos elegidos.
La cena discurrió en un tono agradable, absolutamente superado el momento difícil del principio.
Max se incorporó al grupo con naturalidad, era afable y divertido, Andrew encontró un aliado casi de inmediato y las chicas lo adoptaron de manera incondicional.
Jannie era la que menos interactuaba, porque, definitivamente, le gustaba, y mucho.
Por primera vez en años, muchos años, se animó a mirar a un hombre de alguna otra manera que no fuera un cliente o un compañero de trabajo, o un potencial peligro.
Lejos de su habitual escudo virtual, exponerse físicamente con un hombre no era lo suyo, no le daba la seguridad y el control que ella necesitaba.
La atracción natural de Max se la adjudicó a su profesión, un don para escuchar y mirar a los ojos como si realmente le interesara lo que estabas diciendo, un aura de confianza y fiabilidad, como si fuera incapaz de traicionarte; los tenía a los cinco atrapados como moscas en la miel.
Eso sin contar con sus increíbles ojos grises que parecían sacados de un cuento, su cabello castaño desordenado y su barba mal afeitada que le daban ese aire de “acabo de levantarme de cogerte animalmente toda la noche”.
Las cinco copas de vino blanco muy frío que Jannie había bebido durante la cena liberaron bastante sus ataduras y se permitió mirarlo sin restricciones. Su sonrisa era cautivadora.
Terminaron el postre rápidamente, sin extender la sobremesa, para poder ir a prepararse para la fiesta de disfraces. Antes de que se levantaran de la mesa, Max la detuvo. Sus amigos no la esperaron.
—Dime… ¿Qué prefieres? ¿Los Beatles o los Rolling Stones?
—¿Gustos musicales? ¿Estás armando mi historia clínica?
—No… quiero ver que tan compatibles somos…
—¿Sinastrías?
—Para eso me vas a tener que decir qué día cumples años. Esperaré una noche más para preguntártelo. Dime: ¿Beatles o Stones? —Jannie lo miró suspicaz. Se animó a acercarse y tocarlo, desinhibida por el alcohol dulce en sus venas.
—Digámoslo al mismo tiempo. No confío en ti. Quizá crees la coincidencia solo para seducirme.
—¿Esa es la primera impresión que tienes de mí?
—De todos los hombres… desafortunadamente…
—Yo no soy como todos los hombres… —Se le secó la garganta mientras esos ojos grises horadaban su alma. No. No lo era. Por Dios, que no lo sea, rogó. Pese a su retórica, le concedió el pedido— Ok. Al mismo tiempo, a la cuenta de tres.
—¡Espera! ¿En tres o después de tres? —dijo, demasiado divertida. Él sonrió y negó resignado.
—Como tú quieras…
—Después de tres. Uno. Dos. Tres.
—Rolling Stones.
—Rolling Stones.
Los dos sonrieron y el silencio no fue cómplice sino conspirador. Él no podía estar mirándola así.
—¿Cuál es tu canción favorita?
—Ruby Tuesday. ¿Y la tuya?
—Lady Jane.