ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Atravesando las filas de gente desordenada que llegaba de su excursión en Córcega, Andrew pudo darle alcance a Candem justo en el extremo del pasillo.

Algo en su mirada lo hizo apurarse, como si temiera que desapareciera.

No había tenido mucho tiempo de buscar algún prospecto disponible en el barco, demasiado atareado con la atención que debía dispensar a sus amigas.

No, no se estaba quejando, le encantaba hacerlo, pero también le encantaba el muchacho de ojos azules que lo esperaba llegar.

Tenía un ojo clínico para detectar a los homosexuales, expresos o disimulados; este en particular, tenía una rara mezcla, no disimulaba su suavidad pero tampoco iba con la bandera multicolor como vincha deportiva.

Casi se animaría a decir que era como él. Casi.

—Hola… —le dijo, casi jadeando, casi corriendo para alcanzarlo, pero no porque escapara, sino porque una súbita ansiedad lo había atrapado.

—Hola…

—No sé si me recuerdas… Nos conocimos esta mañana en el desayuno…

—Por supuesto que me acuerdo. Estabas con tu novia…

—Ya te dije que no es mi novia. Amiga… a secas.

—Lean — que recordara su nombre lo hizo sonreír. Eso quería decir que también se acordaba de él.

—¿A dónde vas? —Candem inclinó la cabeza y lo miró, inexpresivo.

Para ser norteamericano era rígido y contracturado como buen británico.

¿Tendría algún gen sajón escondido? No pudo controlar sus ojos, que casi escapan de sus órbitas para recorrer su cuerpo, disimulado bajo la ropa de excelente hechura, pero con unos brazos con bíceps marcados que lo estaban jalando como la gravedad al centro de la tierra.

—¿Esa es tu línea de levante? Eres muy directo…

—No tengo línea de levante… soy muy directo…

Acción sobre palabras —Volvió a mirarlo a los ojos, perforando esos iris azules impresionantes.

Los sajones ya no eran lo suyo, tenía que reconocerlo, últimamente iba por los latinos de sangre caliente, ¿tendría algún gen latino escondido?

Algo en esa mirada glacial le decía que un volcán se escondía en ellos, y a él los desafíos lo calentaban más que cualquier color de pelo.

—Ya veo…

—No quiero molestarte si estás ocupado… o viniste con alguien… —dijo, mirando alrededor, la gente pasando de ellos como si no existieran.

—Estoy con mi familia.

El techo cayó sobre Andrew. Miró su mano, no vio ningún anillo. ¿No estaba casado? ¿Lo estaba despachando? Cualquiera de las dos alternativas se clavó como una espina en su costado.

—Oh… —solo pudo murmurar, apesadumbrado.

Le duró un segundo. Confiaba en sus instintos.

Si el tipo estaba casado, pero tenía una veta homosexual nadando en su sistema, él se ofrecía a hacer una revisión exhaustiva para ver si podía extraerla, curarlo o terminar de enfermarlo.

Sonrió de costado. Él no estaba ahí buscando enamorarse como Lean, sino para divertirse, y ese cuerpo era un premio que tenía ganas de ganar.

Pasó la hoja y se movió en su libro de tácticas y estrategias al paso dos.

Correr, pero despacito, para que te persigan y te atrapen.

—Bueno… No te robo más tiempo. El barco parece grande pero es pequeño… seguramente nos encontraremos por ahí…

Se movió para alejarse, pero la mano de Candem lo sujetó de un brazo.

—¿Quieres tomar una copa?

—Por supuesto…

Candem miró alrededor y se encaminó por el pasillo hacia el interior del crucero. Andrew lo siguió, no iba a cuestionar el dónde, tampoco el qué.

—Entonces… Candem… ¿Norteamericano?

—Sí…

—Me encanta Norteamérica.

—¿Conoces?

—Solo Disney World…

Candem lo miró de costado y sonrió por primera vez, una sonrisa corta pero llena de implicaciones.

Él también había usado el doble sentido, porque había una sola razón por la que ese Crucero, de aspecto elegante y circunspecto, estaba en su agenda, y era por recomendación de un amigo que conocía la parte realmente interesante del barco, un patio de entretenimientos exclusivo para adultos que quería conocer.

Su sexto sentido le decía que él también lo conocía.

Había pasado menos de cinco minutos con él y ya lo tenía atrapado como mosca en la miel, quizá solo era su imaginación, expectativas, o necesidad sexual, pero había logrado despertar su interés.

Eso, el misterio que lo envolvía, y sus brazos, sus piernas, y el bulto que imaginaba creciendo en sus pantalones, a tono con el suyo. Ya estaba excitado.

—¿Orlando o Los Ángeles?

—Orlando… fuimos cuando teníamos diez años…

—Ya veo…

—¿Y tú? ¿Conoces Disney World?

—Todos…

Después de caminar varios kilómetros por pasillos desiertos y atestados, llegaron a una puerta, definitivamente más grande que la de su habitación.

Y lo que había detrás era, definitivamente, más grande que su habitación.

Era una suite, de esas que le hubiera gustado rentar para ese viaje pero por completo fuera de su alcance.

Andrew caminó como en trance a través de la sala de estar, admirando los sillones, el mueble y el imponente televisor, la barra de bebidas, y más allá una terraza privada.

—¿Qué puedo ofrecerte?

—¿Whisky?

—¿Escocés? —Andrew volvió y se sentó en el sillón, con los brazos estirados sobre el respaldo tapizado, cruzando una pierna sobre la otra, ofreciéndose.

Candem lo miró con hambre y eso hizo temblar su miembro confinado en el pantalón, pero en cuanto su sonrisa se curvó como un reflejo de su necesidad, el rubio desvió la mirada y su mano trastabilló entre las botellas.

Le gustaba ponerlo nervioso, eso lo ponía en control.

—Por supuesto…

Candem regresó con un vaso bajo con líquido ambarino y una copa redondeada con algo más oscuro. ¿Coñac? Se le hizo agua la boca pensando en la mezcla de sabores. Le entregó el vaso y se sentó en el sillón opuesto, lejos.

—¿De qué parte de Escocia eres?

—Edimburgo.

—¿Usas kilt?

—Cuando era pequeño mis padres me obligaban, para las fiestas del colegio. Crearon un monstruo —Candem soltó una carcajada y aflojó la postura. Los dos bebieron sin dejar de mirarse a los ojos.

—¿Tú de dónde eres?

—San Francisco.

—Un adinerado San Francisco… —dijo, extendiendo la mano para destacar lo que los rodeaba. Su interlocutor puso los ojos en blanco, restándole importancia—. Entonces… ¿Vacaciones en familia?

—Algo así…

—Suelta algo, Candem… estoy tratando de conocerte antes de meterme en tu cama…

Al muchacho casi se le desencaja la mandíbula y la copa que mecía suavemente sobre la palma de la mano. Los colores en su rostro estallaron y la expresión casi lo enterneció, si no fuera porque ya estaba al borde y perdiendo la paciencia.

—Lo siento…

—Está bien… solo estaba tratando de romper el hielo. No pareces del tipo que lo hacen rápido en un baño sucio de discoteca —Su cara de asco ratificó la teoría.

—Estamos en viaje familiar, con mi madre y mis hermanos, visitando su tierra natal.

—¿Tu madre es italiana? —“Ahora entiendo todo”, les dijo a sus hormonas desatadas. El yankee, debajo de ese manto de hielo, escondía sangre latina. Se dio besitos en la mejilla, felicitándose con silenciosa algarabía.

—Sí. De Sicilia.

—Allá vamos…

—Sí…

—¿Hermanos?

—Una hermana que está aquí con su esposo y su hijo, y un hermano, soltero… —Soltó una carcajada y se puso de pie para acercarse a la barra. Quizá podría presentárselo a Jannie.

—Tengo un séquito de amigas libres, si quieres que organicemos una salida de a cuatro.

—Si aprecias a tus amigas, no les presentarás a mi hermano…

En la barra se sirvió otra medida de whisky, excelente cosecha y calidad, pura cepa escocesa, y regresó al sillón, no a su lugar, sino al mismo que ocupaba Candem, a una distancia prudencial.

—¿Es muy feo? —Candem hizo un gesto indescifrable. Si la genética mandaba, el tipo cuanto menos tenía que ser un dios griego.

—Personalidad complicada.

—Todos somos así —Lo vio asentir, ausente, como si se hubiera perdido en algún pensamiento, triste, por la sombra en sus ojos.

Aprovechó la distracción, y la vulnerabilidad, para acercarse, deslizándose sobre el asiento.

Dejó el vaso en la mesa de centro y puso una mano en su pierna.

Candem miró la mano y lentamente recorrió con la mirada su brazo, hasta llegar de nuevo a sus ojos.

—¿Eres muy complicado también?

—Todo lo complicado que soy, será muy sencillo para ti…