Capítulo 18
De pie, detrás de los dos operadores de visores de seguridad, Kier observaba con detenimiento cada uno de los monitores que mostraban los movimientos en el barco.
Prácticamente dos tercios del pasaje habían desembarcado en Bastia; con el sol a pleno había poca gente en las cubiertas y menos movimiento en los pasillos.
Haciendo su trabajo, siguió su búsqueda privada.
Después del espectáculo en la piscina y almorzar con sus amigas, Eira Walker había desaparecido.
La encontró horas después, en el gimnasio. Corriendo.
Era una diosa en toda su extensión. Verla era un placer, pero hacerlo en persona era mil veces mejor que a través de las cámaras.
Se estaba obsesionando. Cuando recorría la nave, la buscaba en los pasillos, los salones y las piscinas; si no la encontraba, la buscaba con las cámaras.
Por algún motivo necesitaba tenerla a la vista y odiaba cuando se metía en su camarote, o en el de sus amigos, y lo privaba de su virtual presencia.
¿Qué le pasaba con esa mujer? No lo sabía pero iba a averiguarlo.
Sus pensamientos se dispersaron cuando lo hipnotizó su ritmo.
Tenía la mirada perdida, como si pudiera ver más allá del horizonte, un punto lejano que alcanzar, o un lugar a donde escapar.
Huía. No le gustó. Él sabía muy bien lo que era huir y percibir eso en ella, le generó una inaudita necesidad de protegerla.
Esa misma necesidad lo impulsó a buscarla y saber que estaba bien.
Salió del centro de operaciones como poseído, casi corriendo. Se obligó a moderar el paso, no era una buena señal ver corriendo al jefe de seguridad.
Entró al gimnasio y la vio. Una ninfa empapada en sudor.
Ver cómo caían las gotas por su pecho y su abdomen lo descolocó, y la imaginó en su cama, transpirando sexo, debajo de él, gimiendo y gritando su nombre mientras se movía a su ritmo.
Necesitó un segundo para componer su línea de pensamiento, regular su respiración y ponerse en modo jefe de seguridad.
Como si la hubiera llamado con el pensamiento, ella giró la cabeza y lo miró.
La vio sonreír solo para él y sintió que iba por buen camino. Solo la tendría cerca cinco días y cada minuto que pasaba era tiempo que le restaba juntos. Tenía que jugar bien sus cartas, acercarse rápido pero sin asustarla.
La vio bajar la velocidad de la máquina para correr sin apartar la mirada de él.
Fue demasiado rápido para su gusto, no era bueno pasar de correr a quedarse así.
A medida que se acercaba percibió cómo su rostro perdía color.
¡Mierda! Apuró los últimos pasos y la atrapó en el aire cuando se estaba desvaneciendo.
La alzó en brazos y la sostuvo contra él.
—¡No! Estoy toda transpi…—logró susurrar pero no pudo terminar.
—Shhh. Tranquila. Te tengo.
Barrió el salón con la mirada y ubicó un banco cercano. Otras tres personas corrían como ella, todos enfrascados en su música y absortos con la vista. ¡Ella podría haber caído y rodado, y ninguno de ellos se hubiera percatado! ¡Estúpidos!
La apretó contra su cuerpo y se inclinó donde había una botella de agua y una toalla. Enganchó todo con una mano para buscar el mejor lugar del gimnasio. Dominando todo el sistema de seguridad, también conocía cada punto ciego de sus cámaras. Allí nadie lo vería. Allá fue.
Maniobró con ella en su regazo, abrió la botella y la llevó a sus labios.
—Toma un poco de agua. Despacio...—murmuró mientras presionaba contra su boca.
Ella cerró los ojos y llevó la cabeza hacia atrás para poder tomar el agua que él le ofrecía.
Ver el movimiento de su garganta mientras las gotas de sudor bajaban por su cuello fue lo más erótico que había visto en su vida.
Quiso lamer cada surco marcado en su cuerpo, pero se contuvo, sabiendo que algo así, tan abrupto e inesperado, la asustaría. De a poco, el color volvía a su rostro
—¿Mejor? —preguntó, cuando dejó de beber.
—Sí, gracias. Perdón… Yo… no sé por qué detuve la cinta tan rápido. Suelo ser más cuidadosa.
—¿Cuánto corriste?
—Veinte…
—Anoche casi no cenaste y estoy seguro que hoy no comiste lo suficiente para estar forzando tu cuerpo así…
—Estoy bien. De verdad. Solo fue un mareo por haber parado de golpe.
Kier tomó su muñeca para controlar sus pulsaciones, pero su verdadera intención era tocarla.
Sentada en sus piernas, podía ver cómo su pecho subía y bajaba, intentando recomponer su respiración después de la carrera y su abrupta interrupción.
Toda la visión lo estaba poniendo duro bajo su culo.
¡Mierda! Ella lo iba a sentir. La levantó como si no pesara nada y la acomodó en la banca.
Se arrodilló entre sus rodillas. No sabía si eso era mejor o peor.
Sus manos, como llevadas por un imán, fueron a su rostro, a levantarlo, metiéndose entre los mechones sueltos de su cabello.
Ella cerró los ojos y la sintió temblar bajo su roce.
—Señorita Walker… —Ella inspiró. Él contuvo sus ganas como frenando las riendas de una caballería salvaje y desbocada. Se acercó y susurró— Eira… abre los ojos.
Eira abrió los ojos y sonrió. Él con ella. Apartó sus manos con letargo, demorando el contacto, pero no se alejó.
—No debes enfriarte… Deja que te seque… No sería bueno que te enfermes.
Tomó una toalla y la apoyó con cuidado a un lado de su frente y luego al otro.
Sus ojos estaban engarzados, fijos. Sus labios se entreabrieron y pudo sentir el calor de su aliento.
Apretó los dientes para no sucumbir. Sin detenerse, se animó un poco más, jugando con un límite peligroso, un juego que no sabía si podría contener.
Apoyó la toalla a un costado de su cuello y ella inclinó la cabeza hacia atrás, dándole lugar, mirándolo a través de las pestañas.
Presionó al otro costado, disfrutando el movimiento de su cabeza hacia el otro lado, ofreciéndole más, y siguió bajando, desde el centro del cuello hacia su pecho.
Ella cerró los ojos y él clavó los ojos en su piel.
Deseaba apartar la toalla y usar su piel, o su boca, pero tenía que conformarse; no había otra manera de poder estar tan cerca de ella.
¿O sí?
Alentado por su silencio, su permanencia, su aceptación, decidió ir por más.
—Eira...—Ella abrió los ojos a su llamado. Sus miradas se encontraron de nuevo. Su respiración estaba sosegada pero profunda— Tengo que confesarte algo…
Ahora eran sus propios latidos y su respiración los que estaban desbocados como en una carrera, con un solo premio. Se acercó a su oído y susurró:
—No puedo quitarte de mi mente. Dos cosas me tienen obsesionado… Chocolate… y protector solar…
Se apartó y la vio sonreír tímidamente. Los dos sabían de qué hablaba, después de observarla esa mañana mientras se divertía con su amiga.
Volvió a sus ojos, a esa mirada hipnótica y profunda, de un color irrepetible como ella; volvió a su boca.
Llevó dos dedos a sus labios y rozó el borde inferior mientras descubría sus deseos.
—Me obsesiona tu boca… necesito probarla… —Deslizó despacio el pulgar y fue por más, bajando por su cuello, presionando la horquilla de su clavícula, rozando levemente el contorno de su pecho— Me obsesiona tu cuerpo…
Cuando su pezón se tensó contra la tela adherente de su top, sintió cómo sus pupilas se dilataban para tragarse la imagen, mientras su mano se deslizaba sobre su piel todavía transpirada, hasta anclarse en su cintura.
—Tu piel… Toda tú. Te pienso todo el día, todo el tiempo…
—Pudo escuchar su gemido ahogado, doloroso como eso que lo recorría como un cable vivo.
Apoyó la frente en la suya y dejó salir el torrente de palabras—Por ser parte de la tripulación tenemos prohibido enredarnos con los pasajeros.
Ni siquiera debería estar aquí, pero no puedo evitarlo.
Busco excusas… momentos… voy a arruinarlo todo…
Cuando levantó la cara, se encontró con su mirada estática. Toda ella estaba muda, petrificada. ¿Cómo interpretarlo? ¿Estaba todo bien o estaba todo mal? Quizá la había asustado pero no había huido. ¿Eso era bueno o era malo? Que palideciera no era una buena señal.
—¿Estás bien? —Ella asintió. Él se incorporó y le tendió las manos—. Voy a llevarte al médico de a bordo. Quiero que te revisen.
—No es necesario… Estoy bien. Me voy al camarote.
—Hablas… pensé que te habían comido la lengua los ratones —. El color volvió a su rostro, tal vez impulsado por el desafío, ella no parecía de esas mujeres falsamente tímidas, sino de armas tomar. No era una muñeca indefensa, sino una luchadora. Podía detectar de ambos tipos de inmediato.
—Estaba un poco sorprendida… pero no, estoy bien, todas mis partes funcionando correctamente.
Ningún ratón por aquí… —La sugerencia disparó su imaginación.
Si sacaba la lengua, lo obligaría a besarla; reclamaría un acto de provocación y devoraría su boca culpable.
Por suerte no lo hizo, pero la imagen no lo abandonó.
—Vamos, por favor… no me quedaré tranquilo hasta saber que estás bien.
—¿Mi palabra no es suficiente?
—¿Tienes tu carnet profesional de médico encima? —dijo, recorriéndola con la mirada. Estaba de pie, estable y deseable. Y todavía estaban en un punto ciego y con espectadores distraídos. Podría… ¡No! Mejor no…—De verdad… por favor…
La vio temblar ante su tono. Si no iba por las buenas, la llevaría por las malas. Finalmente resopló.
—Está bien… pero no le digas nada a mis amigas. No quiero preocupar a nadie.
—Así eres… ¿Verdad? ¿Todos antes que tú? —Eira se detuvo en seco y lo miró, entre sorprendida y ofendida. ¿O descubierta?
—¿También tú eres así? En control en todo momento…
—Ahora estoy de servicio. Es mi deber. Tu seguridad.
Llegaron hasta el ascensor y en silencio descendieron hasta la cubierta cuatro donde estaban las instalaciones médicas. De inmediato los atendió el doctor Shemp. Kier le dio una breve introducción de la situación y se colocó en una esquina mientras llenaba el cuestionario de diagnóstico de Eira.
—¿Cómo ha sido su día?
—Nos levantamos y fuimos a la piscina…
—¿Desayunó?
—No. Tomé jugos de frutas mientras estábamos en la cubierta. Después almorzamos.
—¿Cómo almorzó?
—Frugal… ensaladas y frutas. Agua y jugos.
—Anoche tampoco comió mucho… —acotó Kier y el doctor lo miró intrigado. Se vio obligado a completar la información— Ella estaba en la mesa del capitán y muy cerca de donde yo estaba.
—Claro… ¿Anoche bebió alcohol?
—Algo…
—¿Y hoy?
—Bebimos algo cuando estuvimos visitando Córcega.
—Bueno… —dijo Shemp, sentándose a su lado y sacándose los anteojos para mirarla mejor— Debería aprovechar más el buffet abierto que el barco le ofrece. Tiene una gran variedad de alimentos que puede disfrutar…
—No tengo ningún desorden alimenticio… —dijo ella, entornando los ojos.
—No digo que así sea, pero es muy común que las mujeres a bordo se cuiden en las comidas, y entre el calor, el sol, la ansiedad por cubrir todas las actividades y correr veinte kilómetros en una hora…
—la miró, volviéndose a colocar los anteojos mientras decía esto último—, quizás es un poco mucho para un solo día.
Por favor, descanse hasta la hora de la cena y coma bien en la cena.
No queremos que se pierda el baile de disfraces.
Shemp tenía un gran trato con los pasajeros, pero estaba sentado demasiado cerca de Eira. A Kier algo llamado posesividad le estalló en las venas y se metió en la conversación.
—¡Perfecto! Acompañaré a la señorita Walker hasta su camarote…
—¿Y se ocupará de que coma bien esta noche? —Shemp ya estaba haciendo el tipo de suposiciones que a él no le gustaba.
—No creo que pueda, tengo turno en puente. Pero me encargaré de que alguien más esté atento a ello.
Dicho eso, ayudó a Eira a desmontar de la camilla y la escoltó hasta la salida. Hicieron el camino hacia el camarote 8039, rápido y en silencio. Antes de entrar, ella se apoyó de espaldas en su puerta y lo miró con seriedad.
—¿Tienes turno en el puente de mando?
—Sí.
—Entonces… no te veré esta noche. Ni en la cena ni en la fiesta de disfraces…
—Eira… por ser parte de la tripulación no nos permiten “alternar” con los pasajeros.
Es una restricción explícita con sanciones laborales y económicas —Su expresión desolada le apuñaló el corazón—.
Mi turno termina a las doce de la noche, no se nos permite disfrutar toda la noche pero podríamos encontrar la manera de bailar una canción… o dos… ¿Bailarías conmigo?
—Te reservaré un lugar en mi carnet de baile. ¿Te disfrazarás? —le respondió con una sonrisa sensual.
—De tripulante del Acmar Quest…
—Entonces creo que te reconoceré.
—Yo estoy seguro de que te reconoceré. ¿Tu compañera está? No quiero que te quedes sola.
Eira abrió la puerta del camarote con su tarjeta y encontró a Cat acomodando los disfraces, otra vez.
—Cat…
—¿Dónde estabas?
—¿Puedes salir un momento? Tengo a una niñera preocupada aquí…
—¿Quién?
La compañera de habitación de Eira abrió la puerta de par en par y lo miró de pies a cabeza.
No se molestó mucho por estar solo con una toalla pequeña alrededor de su cuerpo que, por haberla visto en un traje de baño minúsculo esa mañana, ya sabía que era espectacular.
No quitó los ojos de los suyos, aún más impactantes que su cuerpo.
Conocedora de su efecto en los hombres, la señorita MacKinnon se puso en pose y saludó.
—¿En qué puedo ayudarlos?
—La señorita Walker tuvo una pequeña indisposición en el gimnasio y la acompañé hasta el servicio médico —Ignoró de plano la mirada asesina que Eira le regaló—. Todos sus valores vitales están bien pero el médico de turno recomendó que descanse hasta la cena y que coma bien esta noche.
—Perfecto… me encargaré de que así sea. Gracias, señor Byrne.
—Gracias a ustedes. Las veré por la noche. Señorita MacKinnon. Señorita Walker.
Sin recibir una palabra más, Eira siguió a su compañera adentro del camarote y cerró la puerta. No se marchó de inmediato y escuchó a la rubia gritar.
—¿Te desmayaste en brazos del jefe de seguridad?
—¡Shhh…!
Se quedaría a escucharla, para ver qué tenía que decir de él y ese encuentro.
Pondría cámaras y micrófonos para saber qué decía, qué hacía, pero se conformaría, por el momento, con el calor de su piel, su transpiración y todos esos detalles que alimentaban su imaginación.
Hasta la noche, y lo que la oscuridad les deparara.