ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 17
82%

Capítulo 17

Después de presenciar la partida y el atardecer, cada uno marchó a su habitación.

Cat y Eira, lejos de estar cansadas, tenían un exceso de energía en las venas y varias horas por delante antes de la cena.

Con el mismo objetivo final, relajarse, y recorriendo el mismo camino a la par, se dirigieron a la conocida cubierta nueve, donde estaban las piscinas pero también, en proa, se ubicaban el gimnasio y el sector de Spa. Allí sus caminos se bifurcaron.

Con su iPhone y ropa de correr, Eira contempló las cintas para correr. Ya las había probado, eran de última generación y posicionadas estratégicamente frente a enormes ventanales que daban la sensación de correr sobre el mar para alcanzar el horizonte.

Correr era su pasión, correr era su necesidad.

Era su manera de alejarse y huir, de alguna manera, de todo lo que necesitaba dejar atrás.

Cuando corría, eran solo ella y sus pensamientos.

La mayoría de las veces la ayudaba a despejarse y encontrar su eje nuevamente.

Ignoró las pocas personas que, como ella, quedaban aisladas por la música, absortas por el paisaje, accionó la cinta y empezó a trotar.

Cinco kilómetros… Olor a hospital. Desinfectante, alcohol, formol.

Cada vez que su madre intentaba suicidarse, la dejaban unos días internada, la llenaban de medicación contra la depresión y la enviaban de regreso a su casa.

Entonces Eira aprendió a ser enfermera también; por un tiempo las cosas parecían tomar un rumbo, ella administrando las dosis para estirar ese oasis en medio de la catástrofe.

Pero cuando se acababa la medicación, y el dinero no alcanzaba para comprar más, al poco tiempo volvía a caer en cama.

Ocho kilómetros… Olor a tinta y papel. A los 16 años empezó a limpiar oficinas de noche.

Empezó limpiando en una editorial y el olor a tinta y papel estaba por doquier.

Acostaba a su hermana, luego de la cena, agarraba una mochila con ropa vieja y a las nueve de la noche, cuando la editorial quedaba vacía, limpiaba hasta la una de la madrugada.

Diez kilómetros… Después de cuatro intentos fallidos, dos meses después de que Eira cumpliera los dieciocho años, su madre logró su último objetivo.

Había tomado una caja entera de antidepresivos.

Liz estaba en el colegio y ella en su trabajo de día, como ayudante de piso en la Biblioteca de Edimburgo.

Cuando llegó a su casa, ya era tarde, hacía horas que estaba muerta. No había olor.

Doce kilómetros… Fresias. Eran las flores que Sean le regalaba todo el tiempo.

Al poco tiempo de morir, su madre lo conoció.

Era 17 años mayor que ella e iba a la biblioteca donde ella trabajaba durante el día.

Era escritor y por su trabajo tenía mucha libertad en sus horarios.

Una tarde quiso sorprenderlo, cambió su turno en la biblioteca, compró quesos y vino, rentó una película romántica, y apareció en su departamento.

Lo encontró teniendo sexo con su vecina.

Quince kilómetros… El sonido de un teclado. Después de eso, Sean conoció a Robert. Era periodista y viajaba por trabajo. Bueno, eso era lo que le decía. Tenía esposa y dos hijos en otra ciudad.

Dieciocho kilómetros… Olor a cerveza. Solo dos meses vivió con Patrick. Al mes él perdió su trabajo y se la pasaba tirado en el sillón tomando cerveza, quejándose de todo y no haciendo nada. De a poco vio cómo la pintura de su vida empezaba a tomar el mismo color que unos años atrás. Lo dejó.

Uno a uno los recuerdos, imágenes y aromas, llegaban a ella. Kilómetro a kilómetro, los revivía, los procesaba y los dejaba atrás.

Kier vino a su mente. Levantó los ojos y comenzó a buscar la cámara que de seguro monitoreaba el gimnasio del barco. La encontró en la esquina derecha del salón. ¿Estaría del otro lado? ¿La estaría mirando mientras corría? No pudo evitar sonreír.

La máquina hizo un sonido.

Veinte kilómetros… Josh ahora era un recuerdo que tenía que archivar.

Le costaba asimilar que, luego de cinco años juntos, viviendo y superando muchas cosas, él la hubiera desechado como si no hubiera sido importante en su vida.

Había estado junto a él luego de su complicado divorcio.

Había tenido paciencia hasta que él hubiera estado seguro de mostrarle al mundo que estaban juntos a pesar de sus 15 años de diferencia de edad.

Había trabajado mucho para ganarse el afecto de sus hijos pequeños, y lo más difícil había sido que Junior la aceptara, la edad siempre un escollo.

Le costaba creer que para él había sido un mero adorno, porque así se sentía, que había sido un arreglo decorativo para ostentar que él sí podía.

Tenía que catalogarlo, archivarlo y continuar.

Estaba empapada de sudor. Las gotas caían por su frente, por su cuello, por su vientre. Su ropa, un top y mini shorts, estaban embebidos en su sal; toda la piel a la vista, mojada. Ardía por dentro y por fuera. El sol en su piel, el ejercicio en sus músculos, Kier en su mente.

Recordó su mirada caliente, escrutándola, desnudándola, mientras jugueteaba con Andrew y sus fotos sexis, con Cat y su toqueteo erótico.

La puerta del gimnasio se abrió y él apareció.

“Brindo por atreverse” se recordó. “Brindo por eso”, pensó mientras miraba sobre su hombro y sonreía.