ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lean se sumergió en la calidez de la piscina, nadando serena una última vez antes del almuerzo.

Necesitaba una pausa y, envuelta en el agua, el tiempo pareció detenerse.

Sus últimos días parecían una montaña rusa.

Anoche terminó por todo lo alto, amaneció con un gusto agridulce por la oportunidad que sentía que había dejado escapar, pero ver el video del beso, que se repetía en su cabeza como un bucle, volvió a levantar sus expectativas.

Cualquier rastro de timidez y miedo desapareció gracias a las risas y el despliegue y desparpajo de sus amigas, como el antídoto al veneno.

Cuando salió de la piscina, lo hizo como si estuviera en un concurso de belleza, percibiendo algunas miradas sobre ella como cuando estaba en el grupo.

Caminó descalza, acercándose a la zona de solárium, escurriendo su cabello.

Miró a lo lejos buscando a Gabriel, esperando que tal vez pudiera verlo, cuando todo el glamour con el que desfilaba desapareció al tropezar y resbalar sobre uno de los camastros ocupados.

Cayó con todo el cuerpo sobre el ocupante, un hombre de contextura grande, que la sujetó para que no cayera de cabeza contra el piso.

—¡Perdón! ¡Perdón! —se excusó, mientras trataba de reincorporarse, usando como apoyo sus anchos hombros.

Aunque estaba avergonzada, logró enfocar en el muchacho y estirar los brazos para apartarse.

Él la soltó como si quemara, casi empujándola para que volviera sobre sus pies.

Sus ojos estaban clavados en su vientre, en la parte de su torso que estaba severamente dañado, en las cicatrices del accidente que casi le cuesta la vida.

Se miró de cuerpo entero y volvió a mirarlo, y lo que vio en sus ojos, el shock, el disgusto, el asco, la hizo reaccionar de la peor manera. Lo empujó y le gritó

—¿Qué te pasa? ¿Te molesta?

—No… yo…

—¿Tú qué?

El muchacho retrocedió sobre el camastro, intimidado, como si ella se hubiese convertido en Medusa, y de alguna manera estaba sucediendo, porque Lean, la pacífica, la romántica, la comprensiva, perdió los estribos en un momento.

Todo aquello contra lo que había luchado durante años, sus miedos, sus inseguridades, salieron a la superficie arrastrando todos los recuerdos del accidente.

Sentía que las lágrimas iban a estallar pero las hizo retroceder a fuerza de indignación.

Y él solo pudo murmurar algo, sus ojos viajando de su vientre a su rostro.

—¡Basta! —le gritó, indignada.

—Lo siento… lo siento…

—¡Vete al infierno! —escupió, como un dragón herido.

Se alejó de allí corriendo, cubriéndose el estómago.

La gente la miraba, los testigos más cercanos murmuraban a su paso.

Una persona de seguridad la instó a no correr por cuestiones de seguridad, pero ella solo quería escapar y desaparecer.

Inspiró profundo y caminó rápido hasta el sector donde estaban sus amigos.

—¿Dónde estabas?

—¿Vamos a comer?

—¿Qué te pasó?

Buscó con desesperación el vestido con que había llegado a las piscinas, se lo calzó por la cabeza, revolvió la cartera por los anteojos oscuros que disimularan sus ojos enrojecidos.

—No me pasa nada… vámonos de aquí. Vamos a almorzar.