ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Después de una muy breve conversación, el silencio se instaló entre Max y Jannie. Ella estaba completamente concentrada en su portátil, ignorándolo, y él haciendo como que leía su libro y echando un vistazo a todo lo que podía cada vez que se acomodaba en el camastro o alcanzaba su bebida.

Andrew llegó como una bendición.

—Vamos al agua, Jannie.

—No puedo ahora. Déjame terminar de contestar los correos.

—¡Pero estás de vacaciones!

—¡No! Te dije que era condición poder seguir trabajando para viajar.

—No seas aguafiestas. Estamos todos en el agua. No te la vas a pasar aquí, a la sombra, privando de tu belleza al resto de los mortales. ¿Verdad, Max?

Max levantó la cabeza lentamente, fingiendo desconcierto, mientras su cerebro procesaba cada pieza de información.

¿Qué estaba haciendo Andrew? ¿Testeando su inclinación sexual, sus posibilidades de conquista o su interés sobre la tímida Jannie?

Miró a la chica desde los pies hasta la punta de la nariz. La hizo sonrojar. Sonrió.

—Por mí, déjala aquí. Yo le daré toda la admiración que se merece. —El sonrojo de Jannie pasó de rosa claro a rojo furioso. Andrew soltó una carcajada estridente que rompió el contacto visual entre ellos como una motosierra.

—Bien dicho, galán. Ya vi que fuiste capaz de cruzar toda la cubierta para encontrar un lugar aquí...

—Su interlocutor se ganó una mirada envenenada, no es que Jannie no se hubiera dado cuenta de su movimiento de ajedrez, pero, ¿era necesario ponerlo en evidencia?

— Y tú... Termina eso que estás escribiendo en cinco minutos. Vendré por ti.

—Pero, Andrew...

—¡Tsch! —La silencio con un dedo en alto; sacó la cámara de fotos de Lean y se alejó rumbo a la piscina, haciendo gala de un físico envidiable. Él tendría que nacer de nuevo para conseguir esa estructura muscular. A su lado, Jannie resopló.

—Él tiene razón... Deberías estar en la piscina y no en la computadora.

—Ya termino...

—¿Qué haces? ¿Eres escritora? —Jannie se rio y a él se le derritió el cerebro. Había soñado meses con el sonido de su voz, de su risa, el color de sus ojos, y ahora todo eso estaba ahí, a un brazo de distancia. La miraba embelesado.

—No. No soy escritora. Soy lectora. Compulsiva.

—Pero no estás leyendo —dijo señalando la computadora. Jannie puso los ojos en blanco.

—Trabajo en sistemas.

—¡Oh!

Ella siguió tecleando y él siguió mirándola.

Bebió un poco de su Martini y regresó a su libro: 1984 de George Orwell; lo había leído en su paso por la Universidad como parte de su cátedra de Análisis Sociopolítico.

Odió esa materia de principio a fin. La lista de lectura no había sido tan mala y le había dado una herramienta de estudio psicológico interesante: Cómo reaccionaba la gente, y la temática de discusión, al verlo leyendo ese libro.

No todo el mundo conocía su contenido, era interesante ver cómo cada persona procesaba la misma pieza de información. Fascinante. Esa era su área: la mente.

—¿Viniste solo? —Marcó la página que leía y cerró el libro.

Se acomodó un poco de costado para acompañar con lenguaje corporal el mensaje que quería hacerle llegar: "Tienes toda mi atención.

" Ella, sin embargo, no dejaba de teclear, sus dedos eran delgados, ágiles y elegantes.

Se relamió pensando las veces que se habrían movido así para él.

—Sí. Un regalo de mi mamá.

—Un regalo interesante...

—Creo que ella buscaba un crucero de solas y solos para que encuentre novia, pero se equivocó.

—He visto varios grupos, además de nosotras, quizás encuentres algo.

—Tal vez ya encontré...

Estaba encontrando muy entretenido ver cómo enrojecía de la vergüenza y también estaba empezando a sentirse culpable, pero, ¿cómo evitarlo? Andrew llegó para interrumpirlos otra vez. ¿Ya habían pasado cinco minutos?

—¡Vamos, Jannie! ¡Te estamos esperando! No me fuerces a llevarte en andas.

—¡No te atrevas!

—¡No me obligues!

—¡Me iré al camarote si no me dejas terminar! —Peleando parecían hermanos.

Andrew se acercó amenazante y Jannie se encogió en su asiento, aferrándose a los posabrazos.

Él no hizo ademán de llevársela; en su lugar, tomó la punta de la camisa que vestía y se la sacó con fuerza por sobre la cabeza.

El movimiento arrastró consigo la parte de arriba de su bikini, dejando sus pechos expuestos.

En sus retinas hubo una explosión rosa. No podía ver otra cosa.

Rosa. Como en la foto que le había enviado, sus pezones eran de un rosado suave, apenas en contraste con su piel, su forma acorde a su figura, no era exuberante pero sus curvas destacaban y pedían atención.

Sus pezones se irguieron al contacto con la brisa marina y a él se le hizo agua la boca.

Una cosa era imaginarlos, incluso verlos en una pantalla, y otra cosa era tenerlos ahí, con aire de por medio, y no poder tocarlos.

El dolor irradió hasta el centro de su cuerpo.

—¡Andrew! —exclamó ella, acomodándose la ropa con demasiada rapidez.

—¡Última advertencia! ¡Cinco minutos! No seré tan benévolo la próxima vez. —La señaló con un dedo y volvió a la piscina, guiñándole un ojo a él, antes de darle la espalda. ¿A qué estaba jugando?

—Maldito hijo de puta...

Max se rio, más por nervios que por burlarse, mientras intentaba esconder la inevitable erección.

"No me avergüences hoy, por favor. Compórtate como si pertenecieras a un adulto responsable.

" La vio terminar de acomodar su bikini, recuperar la camisa y erguirse en el asiento.

Cuando giró para sentarse y levantarse, él imitó su movimiento y los dos quedaron enfrentados, con las rodillas casi tocándose, en una posición idéntica, ella con la portátil en la falda y él con el libro en el regazo. Se iba a ir.

—Espera... ¿De qué mes eres?

—¿Mes?

—¿En qué mes cumples años? — “¡No era así la frase, idiota! ¿Cuántos años tienes? ¿Catorce?”

—Agosto —respondió ella, confundida. Su mente procesó con velocidad el calendario.

—¿Leo? ¿Virgo?

—Virgo... —La efímera e insustancial charla zodiacal le había dado el espacio para hundirse en su mirada.

Ella tenía razón. Sus ojos eran del color de su cabello: un castaño oscuro con reflejos dorados en las puntas.

Su iris era de color chocolate, atravesado por vetas de miel.

Su nuevo color favorito en todo el mundo.

El silencio amenazaba perpetuarse, pero ella lo rompió— ¿Y tú?

—Mayo... —Cuando no le dijo nada, ya fuera por desconocimiento o falta de interés, completó: —Tauro.

—¡Ah! ¿Eres astrólogo?

—Nop. Psicólogo.

Algo en su postura cambió a la defensiva. Era una reacción normal a la que estaba acostumbrado cuando revelaba su título. Ni que hablar cuando decía en qué trabajaba.

—Debo ir con cuidado con lo que te digo...

—No te preocupes, yo sí estoy de vacaciones.

—¿Y cómo sabes de signos? ¿Lo utilizas como herramienta de análisis?

—Excelente pregunta. Nunca se le había ocurrido establecer una relación astral con perfiles criminales.

Bueno, tampoco pensó que podía utilizar conocimientos literarios para mejorar sus habilidades en el cibersexo y mira a dónde había llegado.

—No. Mi mamá tuvo su época obsesiva con los signos y los tránsitos astrales.

—Eres muy cercano a tu mamá, ¿Verdad?

—Sí... —dijo, con una sonrisa. Al parecer debía ser él quien tenía que irse con cuidado de lo que decía, Jannie era mucho más perceptiva de lo que esperaba.

Andrew llegó a interrumpirlos por última vez.

—¿Por qué no estás en el agua todavía?

—Porque estoy guardando todo.

—Mentirosa... —El tipo más entrometido y menos cuidadoso del planeta, le arrebató la laptop de las manos y se la arrojó a Max con certeza—. Cuídame esto, London Boy. Vamos...

La levantó de la cintura como si no pesara nada y la apoyó en el hombro. Jannie gritó y toda la cubierta giró para mirar el espectáculo. Max se rio, conteniendo su gen Neandertal de sacarle las manos de encima de su chica, con los dientes.

—¡Bájame! ¡Y hazlo ya mismo!

—¡No! ¡Te llevo así!

—¡Bájame!

—Mientras más grites, más te mira la gente.

—¡Bájame!

—¡Cállate! —le dijo, estampando una nalgada en su culo.

A Max se le desencajó la mandíbula cuando escuchó la cachetada, y su miembro convulsionó cuando, en un giro inesperado, llegó a ver la marca de la mano, enrojecida, en la piel inmaculada de su trasero.

Inspiró y contuvo el aire mientras Andrew arrojaba a Jannie a la piscina.

Las chicas en el agua festejaron y sus risas se fundieron con la música de fondo.

No había notado hasta ese momento que había música, ni otra gente.

Con el sol a pleno en el centro del cielo, la cubierta nueve y sus tres piscinas rebosaban de gente, y él en una burbuja.

Sostuvo la laptop y acarició la superficie plateada, casi como si fueran sus manos, las que más de una vez lo habían tocado a través de ese teclado.