Capítulo 9
Quien fuera que golpeaba la puerta no se iba a ir, aunque él lo ignorara. Si apostaba su vida a que era su hermano, sería inmortal. No estaba equivocado. Por eso se animó a abrir desnudo, tal y como había dormido.
—Por fin…
—Buenos días…
—Ya pasamos el mediodía —Miró alrededor con un solo ojo entreabierto, las cortinas bloqueando prácticamente toda la claridad. Tropezó con la mesa baja y lanzó una maldición. Malhumorado, siguió hasta el pequeño refrigerador y sacó una botella de agua.
—¿Qué quieres?
—Terminamos de almorzar. Mamá quiere salir a pasear por cubierta. Es un día hermoso.
Las palabras de su hermano la noche anterior resonaron en su cabeza embotada por litros de alcohol. Candem sabía cómo cobrarse sus regalos y ahora lo tenía en un puño; después de la experiencia con la morena y la rubia sexy, estaba realmente motivado.
—¿Cómo está?
—Pasó una buena noche. No está teniendo dolores.
—Perfecto. Voy a darme una ducha.
—Estamos en el Windows café, cubierta nueve.
—Gracias.
Una ducha rápida después, con uno de sus jeans gastados y una camiseta básica blanca, se dirigió al lugar que Candem le había indicado. Solo estaban él y ella.
—Hola, mamá —Marge estaba sentada junto al ventanal, bañada por el reflejo del sol del mediodía, con un elegante conjunto Channel claro, sentada en su silla de ruedas, como quien ocupa un trono. En verdad parecía una reina. “Genio y figura…” pensó, aunque se resistió a completar la frase.
—¡Mi primogénito! ¿Descansaste?
—Como un bebé… —dijo, sentándose junto a ella.
—Mamá —preguntó Candem, poniéndose de pie— ¿Te traigo un té?
—No, cariño. Gracias.
—Entonces iré a buscar uno para mí —se inclinó para besar la mano de su madre y se alejó, no sin antes mirarlo, con una advertencia fría en sus ojos, idénticos a los suyos.
—¿Cómo te sientes?
—Increíblemente bien.
—¿Tan bien como para dar un paseo por cubierta conmigo? —Marge abrió los ojos y sonrió, sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí, mamá —dijo, entornando los ojos.
—Candem te lo pidió, ¿verdad?
—Rompes mi corazón…
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —exclamó la mujer que le dio la vida, como si temiera que se arrepintiera de pensar siquiera que no la invitaba por iniciativa propia.
Se sintió morir. ¡Qué conveniente! — ¿Te molesta si te pido que vayamos con la silla?
Me canso rápido y quiero estar contigo todo lo que pueda.
—Si a ti no te molestan las miradas de envidia que tendrás que soportar…
Los dos rieron y Galen se puso de pie para orientar la silla de ruedas hacia la salida más cercana.
No esperó que Candem regresara. Marge se acomodó los enormes anteojos oscuros y la capelina a juego, para evitar un exceso de exposición al sol.
Estaba decidiendo a qué cubierta llevarla, preferentemente una techada, porque lo último que necesitaba era una insolación, cuando escucharon un escándalo de risas que provenía del sector de piscinas, a pasos de ahí. Intrigado, avanzó.
A medida que avanzaban, Galen distinguió con claridad a la rubia de la noche anterior y a sus amigas de la mesa del capitán. Su corazón se aceleró. El ánimo de su madre también se agitó, pero por razones diferentes.
—¡Qué descaradas y atrevidas esas chicas! ¡Galen! ¿Estás viendo lo que hacen? Casi desnudas y con tantos hombres a su alrededor
—Sí, madre, lo veo —dijo, mientras observaba a su rubia descarada, juguetona, sexy, atrevida, sabía lo que provocaba en los hombres y lo usaba a su favor. Estaba causando una conmoción alrededor.
—¡Mira a esa rubia! ¡Parece una zorra! ¿Es que han permitido que cualquier mujerzuela suba a este barco?
—Exageras, mamá. Me parece que son tres chicas divirtiéndose, no seas amargada.
—Tu hermana nunca haría una cosa así.
—Por eso, es una amargada.
—¡Galen! ¡No hables así de tu hermana!
No habló más, estaba hipnotizado. Necesitaba volver a encontrar a esa belleza y cogérsela de nuevo hasta desfallecer.
La rubia estaba en el centro del grupo, dueña de toda la atención, mientras un tipo les sacaba fotos.
No dudó en poner una pose felina para la cámara; por alguna razón recordó el baile de disfraces de esa noche y lo que Candem había comprado en Roma.
Se apropiaría del disfraz de domador. Estaba seguro de que el grupo iría al baile de esa noche y nada más adecuado para una gata en celo que un domador caliente.
Para salir del tren de pensamientos que lo llevaría por mal camino, retrocedió con la silla de su madre para buscar otro lugar más tranquilo.
—¿Vamos?
—Sí, sácame de aquí. Debería haber un lugar un poco más tranquilo donde podamos conversar. ¿A dónde llevó Marlen a Abel? Pensé que irían a las piscinas.
—Preguntemos. Tal vez hay un lugar un poco más familiar —Marge asintió.