ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Jannie se había acomodado en un espacio con sombra, con su limonada y la laptop abierta para ponerse al día con los correos de sus clientes y presupuestos.

Tres espacios más allá, Eira y Cat tenían su propia audiencia: hombres desde la piscina, otros asientos y las barandas adyacentes, las observaban cómo se aplicaban bronceador, entre risas y la supervisión de Andrew.

Lean se había tumbado junto a ella, todavía con su vestido y su bebida sostenida hábilmente con una sola mano.

Del otro lado de la piscina, el muchacho con el que habían recorrido dos pasillos estaba sentado con una bebida transparente y un libro.

Miró alrededor. Todo el mundo estaba zambulléndose, tomando sol, bebiendo.

Solo ella estaba con una computadora y él con un libro.

Lo vio levantar la vista de las hojas que leía y sonrió; levantó una mano y la saludó.

¡Mierda! La pescó mirándolo. Se concentró de nuevo en la pantalla y estiró la camisa cerrada que cubría su cuerpo.

Ya se había aplicado protector solar pero necesitaba treinta minutos para que se absorbiera; era lo que decía la etiqueta.

Andrew llegó corriendo, mojado, y se sacudió como un perro sobre ella y Lean.

—¿Estás loco? —le gritó Lean, sobresaltada.

—No. Mojado. Vamos al agua.

—No. Déjame en paz.

Andrew pasó una pierna por sobre el cuerpo de Lean y se sentó sobre ella, al tiempo que la sujetaba de las muñecas y la hacía recostarse.

La tenía prisionera de su cuerpo, pecho con pecho, y sus rostros muy cerca.

Jannie miró para otro lado, preferentemente no enfrente, donde todavía estaba el amigo londinense de Andrew.

Jannie se estiró para alcanzar su limonada cuando vio un pequeño revuelo más allá.

Era como un pequeño huracán que arrastraba mujeres a su paso, sin distinción de edades, solicitándole una foto, una selfie o un autógrafo.

El epicentro era un italiano conocido. Al otro lado, escuchó la conversación mientras el huracán se aproximaba.

—Dime que te arrepientes...

—Sabes que no. Te debo mi vida y no es la primera vez.

—No trates de conmoverme. Necesitarás más que eso para que te libere.

—¿Qué quieres? Dime... —le dijo Lean con voz muy seductora. Jannie estaba tratando de llegar a ellos con una mano para llamar su atención, pero cuando lo hizo, era demasiado tarde, el huracán se había detenido entre los tres.

—Buenos días.

Jannie apretó los ojos pero llegó a ver como Gabriel se quitó los anteojos oscuros y miraba a Lean y Andrew con expresión incrédula. Y ellos seguían, uno entre las piernas del otro, sin una pizca de vergüenza.

—¡Hola, Gabriel! —dijo Lean, sacándose de encima a Andrew de un empujón, quien cayó pesadamente al piso, del otro lado del camastro. Se puso de pie y avanzó hacia el actor.

—Te llamé al número que me diste, pero no contestaste.

—¡Oh! No sé si traje mi teléfono... —dijo, dudando, mirando su bolso pero sin apartarse para comprobarlo.

—Claro.

—Pero ya me encontraste...

—Sí. Quería invitarte a almorzar... —Lean miró a su alrededor. Cat y Eira ya estaban en la piscina, Andrew la miraba como si la estuviera esperando— pero veo que estás ocupada.

—Yo... Ahora iba a ir al agua con mis amigos...

—¡Oh! Lo entiendo —dijo, con un tono que no parecía implicar entendimiento— Bueno. Podemos hacerlo en otro momento.

Lean se acercó y le apoyó una mano en el brazo. Se la veía pequeña contra el físico imponente de Gabriel, vestido con un pantalón claro y camisa al tono, contrastando con su eternamente bronceada tez.

—¿Y si traes un traje de baño y vienes un rato con nosotros? Podríamos ir a almorzar después...

Gabriel miró alrededor y Jannie siguió su mirada.

Era como si todo el barco se hubiese detenido para espiar la escena.

Incluso había algunas personas tomando fotos.

Gabriel le apartó el cabello del rostro a Lean, en una imagen cliché digna de la pantalla grande; tomó una de sus manos y besó sus nudillos.

Podría jurar que escuchó el clic de los flashes alrededor.

—¿Te parece que te llame más tarde? ¿Un aperitivo, tal vez? —Lean asintió— Por favor, porta tu teléfono.

Gabriel se despidió con un gesto de la cabeza y retomó su camino hacia las mesas al extremo opuesto de la piscina.

La alegría de Lean se equiparó con el brillo del sol; la vio estirarse y sacarse por la cabeza el vestidito blanco, para seguir a Andrew al lugar de la piscina donde estaban Cat y Eira.

Sus ojos fueron sin orden al otro lado de la piscina, donde el chico de Londres ya no estaba. Miró con disimulo en el agua pero no lo encontró. Sin comprender mucho su desilusión, levantó la tapa de la laptop y volvió a sus correos electrónicos.

—¿Este asiento está ocupado?

La voz masculina la sobresaltó y giró a un lado y al otro, buscando de dónde provenía. El chico apareció tras el camastro que estaba completamente en la sombra, junto al suyo.

—Perdón... No quise asustarte.

—No. Está bien. No me asustaste. Me sorprendí.

—Disculpa... —Se quedó parado allí, con una toalla y una camiseta en la mano, envolviendo el libro que leía. Jannie lo miró desde abajo, ¿qué estaría esperando, una invitación del rey? Un mozo se acercó hasta donde ellos estaban.

—Señor...

—¿Puedo invitarte algo para tomar?

—Estoy tomando limonada.

—Limonada para la señorita y un Martini con hielo para mí.

Cuando el mozo se marchó, el muchacho se sentó. Desenvolvió el libro y extendió su humanidad en el asiento reclinado. Como si llevara su mirada hacia otro lado, Jannie aprovechó para mirarlo de pies a cabeza. ¡Qué espécimen!

—¿1984?

—¿Lo leíste?

—Sí.

—No me cuentes el final. —Jannie se rio y volvió a su computadora.

—El mayordomo es el asesino.

El muchacho cerró el libro, como enojado, y ella estalló en risas.