ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Todo está bien?

—Hasta ahora…

—¿Incidentes?

—Anoche. Uno. En el casino. La peor combinación: mal perdedor, mal bebedor y complejo de amo del universo. Se creen que porque tienen dinero pueden hacer lo que quieran. Nada que una amenaza de ser bajado en el siguiente puerto no tranquilice.

—¿Situaciones para controlar?

—Hasta ahora solo una. Una de las nuevas empleadas de limpieza muestra signos de interesarse demasiado por lo que tienen o dejan de tener nuestros pasajeros. Ya me comuniqué con Elizabeth y antes de que partamos hoy, tendremos el reemplazo.

—Perfecto. Ahora bien… —dijo el capitán, mirándolo por primera vez— Explícame entonces por qué estás tan tenso.

Kier no pudo evitar sonreír.

—Sabes cómo soy. Hace años que trabajamos juntos.

—Porque te conozco hace años, sé que la tensión que tienes es mayor a la habitual.

Dos caballeros se acercaron para hablar con el capitán y pudo evitar responder.

Era normal que los primeros días la gente se acercara para felicitar, consultar o simplemente para charlar.

Ellos debían responder las consultas de todos y atenderlos para evitar quejas posteriores.

Esa era la parte más tediosa, salvo cuando lo que tenían que atender era un grupo de hermosas y sexis escocesas.

Y allí estaban ellas. Se estaban acomodando en un sector de camastros, riendo y disfrutando del sol.

Eira Walker.

No podía sacarse de la cabeza la reacción de su cuerpo cuando se pegó a su espalda y rozó con un dedo su cuello la noche anterior en el centro de operaciones.

Su piel, su pelo, sus ojos. Absolutamente perfecta.

Había reaccionado a su toque y su rostro le había transmitido frustración cuando tuvo que dejarla. Eso era una buena señal.

—¿Estás mirando lo mismo que yo? —Se obligó a volver al presente. Los pasajeros se habían marchado. Los dos tenían toda su atención en la rubia y la morena.

—¿Le va a poner protector? —¿Lo dijo en voz alta? La sonrisa del capitán le dijo que sí.

—Así es… Esa rubia es puro fuego, sé por qué te lo digo…

—Tengo tu acceso registrado en la cubierta tres. ¿Acaso fuiste con ella? —La sonrisa de David se amplió y apenas lo miró de reojo, incapaz de mirar otra cosa que el espectáculo bajo el sol.

Eira lo descubrió mientras se recostaba boca abajo y exponía mucho más que la espalda. ¿Lo estaba provocando? La rubia comenzó a pasar el líquido por su espalda y él comenzó a imaginar lo que sería sentir el aceite, su piel con solo aceite de por medio. Se estaba excitando.

—¿Puedo preguntarte algo? —Asintió sin quitar la vista de la morena.

¡Dios! La otra le había bajado la parte de abajo del bikini y podía apreciar la tenue diferencia del color de la piel, entre la bronceada y la prohibida, la que nunca había visto el sol.

Inspiró para controlar su respiración y se obligó a mirar al capitán, habilitándolo a preguntar y usando esa excusa para romper la conexión con el objeto de deseo—.

En todos estos años, nunca… jamás, llevaste a una mujer al centro de operaciones.

Es tu santuario, tu lugar sagrado. Anoche la llevaste a ella.

Has “jugado” alguna que otra vez en la cubierta tres, pero nunca pasaste de eso.

—¿Y tu pregunta?

—Nada… Me intriga saber por qué

¿Qué podía decirle? Ni él sabía por qué lo había hecho.

Fue un impulso, la necesidad de prolongar un rato más su tiempo con esa mujer.

Luego del incidente de la maleta perdida, la vio desaparecer por las escaleras y sintió la necesidad de averiguar todo de ella.

Sabía que eran datos fríos, pero eran un principio.

—¡Ay! ¡Está frío! —Escuchó a Eira que gritaba, entre risas, y volvió la vista al camastro.

—¡Mierda! —No pudo detener el impulso de esa expresión por lo que estaba viendo.

La rubia le estaba pasando el protector solar por el culo.

Barrió la zona con la mirada, dieciocho hombres llegó a contar rápidamente, totalmente absortos con el espectáculo.

Dieciocho hombres calentándose con el culo de su morocha, porque la quería para él, y sería suya, eso era seguro.

Instintivamente, tomó el handy, marcó y moduló.

—Eric.

—Copio, Señor.

—Estoy en la cubierta nueve. ¿Cuántos de los nuestros están en la zona?

—Lo veo, señor. —¡Excelente! En el Centro de Operaciones estaban mirando el espectáculo también, definitivamente iba a matar a alguien hoy— Ocho en la zona, señor.

—Necesito dos más. Que sean Susan y Leslie.

—Pero, señor… Ellas están en…

—No te pregunté —Lo interrumpió— Quiero que vengan ellas.

—Copiado. Enviando.

Guardó el Handy. David lo miró, suspicaz.

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que se desmadre la situación? Se están divirtiendo… Y por lo pronto yo también… —David sonreía como el gato jugando con el ratón. No le gustaba esa posición, ni siquiera con su amigo— Pediste dos mujeres de tu equipo, no hombres. Te interesa de verdad…

—Me interesa. Punto —No le iba a decir cuánto.

Estaban mirando el espectáculo al igual que una veintena de hombres alzados y otro tanto de mujeres celosas. Un muchacho de su edad se apoyó en la baranda junto a ellos, apreciando el espectáculo.

Un sonido que podía entrar en su catálogo de alertas de disturbios lo hizo levantar la cabeza para mirar por encima de la gente y descubrir el origen del revuelo.

El actor italiano. El muchacho a su lado siguió la procesión con la agudeza de un águila y se enderezó cuando se detuvo junto a una de las amigas de Eira.

Perdió el interés en el encuentro porque su verdadero interés ya estaba en el borde de la piscina y el capitán ya estaba allí.