Capítulo 3
Un estallido de luz llenó la habitación, como la implosión de una bomba.
A través de las sábanas, Jannie vio la sombra de un hombre, quería suponer que era Andrew, abriendo las cortinas de par en par, dejando entrar la luz de la mañana.
¿Qué hora era? ¡De madrugada! Se cubrió con la sábana y la almohada.
—¡Arriba, calabacita! ¡Te vas a perder el desayuno!
—¿Qué hora es? —dijo, ahora sí, en voz alta.
—¡Tarde! ¡Tarde! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Arriba!
—Ya les envié un mensaje a las chicas. Vienen en camino…
Escuchó la voz de Lean y luego la puerta del baño; se tanteó por debajo de las sábanas, completamente desnuda.
Enrojeció hasta la raíz del pelo. ¿Dónde estaba su laptop?
La encontró en el piso. Rogó mentalmente que no se hubiera caído y roto.
Andrew tenía un traje de baño en tonos amarillo y naranja y una camisa blanca abierta, mostrando su trabajado físico; estaba apoyado en la pared mirando su teléfono, sin ninguna intención de marcharse.
—Andrew... Necesito un poco de privacidad.
—¿Por qué? ¿Duermes desnuda, calabacita? No te apures, no te admiraré como hombre. Canta conmigo "I'm just a girl in the world"
—Que Gwen Steffani te perdone, no eres tú, soy yo...
—Ok. Me daré la vuelta... —dijo, girando hacia el ventanal—¿Me das la clave de tu wifi?
—Está en la tarjeta enganchada en el televisor.
Mientras parecía entretenido, Jannie se envolvió en una sábana, revolvió en su maleta y sacó el bikini negro, una camisa larga, sandalias, y su bolso de neoprene para la portátil.
Lean salió del baño con el cabello recogido en una bandana blanca.
Con anteojos oscuros enormes, parecía una actriz de cine.
—¿Te estás mimetizando con el papel? —Andrew la miraba con una sonrisa cómplice.
—No sé de qué estás hablando... —le respondió, mientras se aplicaba protector solar en el rostro, cuello y brazos.
Alguien golpeó la puerta y Andrew se encargó de abrirla para recibir al par que faltaba.
—¡Wow! ¿Lista para los flashes, Mrs G?
—No. Ningún flash...
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¡Qué pasooo!!! —Contagiada con la efusividad de Eira, gritó como ella.
—¡Me besó!
—¿Qué? ¡Oh, por Dios! ¡Siii! —exclamó Cat, gritando y aplaudiendo; las dos corrieron para abrazar a su amiga y las tres cayeron en la cama entre chillidos de emoción— ¡Por Dios! ¡Cuéntanos más! ¡Cuéntanos todo! ¡No te guardes ni un detalle!
—¿Cómo fue? ¿Cómo es él besando? ¿Era como lo esperabas?
—¿En dónde? ¿Fuiste a su suite? —Era imposible distinguir quién preguntaba qué, sus voces mezcladas con la emoción y la histeria.
—Fue en el pasillo, justo antes de entrar.
Fue... de otro mundo. Es increíblemente dulce, pero tiene una intensidad que te desarma.
Ha sido el mejor beso de despedida que me han dado en la vida.
No sé ni cómo describirlo, solo sé que todavía siento la presión de sus labios.
—Se llevó los dedos a la boca perdida en el recuerdo—. Me dejó completamente encendida.
—Pero, ¿qué hicieron? ¿A dónde fueron?
—Me invitó a tomar algo, conversamos como si nos conociéramos de toda la vida y luego me acompañó hasta aquí. Me besó ahí… en la puerta…
—¡Uf! Si un beso te ha dejado así, ¡Lo que te espera en estos días!
Lean suspiró, tratando de poner los pies en la tierra.—Es que no tiene sentido. Es un hombre que podría tener a cualquiera a sus pies. Todavía me cuesta procesar que esté conmigo. De verdad, con lo que pasó anoche, para mí fue suficiente; es mucho más de lo que jamás esperé.
—Sí, claro… No parecía ser “muy suficiente” cuando lo tenías metido en la garganta —Tres de cuatro estallaron en risas. Lean lo enfrentó enojada.
—¡Andrew!
—¡Era una broma! ¡Desde que te codeas con la farándula internacional has perdido tu sentido del humor!
—Tú lo viste… ¿Qué tienes para decir?
Andrew la abrazó y enarcó una ceja.
—Hice algo mejor que solo “ver” —dijo, entrecomillando en el aire la última palabra. Sacó su teléfono móvil y buscó en la galería de imágenes.
—¿Qué hiciste?
—Lo filmé.
Las tres gritaron y se alborotaron para llegar hasta la pantalla táctil que sostenía Andrew. Explicó con detalle su travesía.
—Pues yo llegaba y los vi a lo lejos, muy entretenidos el uno en el otro. Saqué el teléfono y lo preparé, si me descubrían, simularía revisar IG, pero si no me veían…
—Andrew… —dijo Lean, tapándose el rostro con ambas manos— No tienes ni un poquito de noción del respeto a la privacidad de las personas.
—En mi defensa debo decir que ustedes estaban en mi camino, en medio del pasillo, bloqueando la entrada a mi camarote.
—¡No importa! —grito Cat, sacándole el teléfono— ¡Grabó tu primer beso con Gabriel Grecco!
Los cuatro se agolparon sobre Cat mientras ella reproducía, una y otra vez, la breve secuencia.
—¡Ahora sí, a la piscina a festejar!
—¡Dos minutos y estoy lista! —gritó Jannie, pasando por encima de las camas. Desde adentro siguió las conversaciones.
—Bien. Mientras tanto…—dijo Andrew— Ustedes dos tienen mucho que contar, porque a la calabacita que duerme desnuda la traje casi en el aire, demasiado borracha para acordarse de cualquier cosa.
—¡Oh! Kier... —respondió Eira—El jefe de seguridad. Me tiene en el borde con insinuaciones y doble sentido. ¡Me mata! Y ese físico… ¡Por Dios!
—¿Te besó?
—No… Cuando todo parecía encaminado para pasar a primera base, pasó algo en el casino y se tuvo que marchar…
—¿Y tú? Desapareciste... Literalmente… —Debió decirle a Cat.
—Lo siento, Andrew… las damas no tenemos memoria…
—No tienen memoria y no tienen traje de baño… —Andrew sobaba escandalizado. Cuando abrió la puerta del baño, lo vio señalarla de pies a cabeza—. ¿Vas a ir así?
Eira se rio y dio su explicación.
—¡Ya sabes cómo es! ¡Mientras más le digas menos va a usar! ¡Fue la pieza más grande que encontramos!
—Es La Perla… no “Pensado para mamás”. Ya sabes que me gusta broncearme sin marcas. ¿Me dejarán hacer topless?
—Bueno… tienes línea directa con Dios, podrías preguntarle al capitán.
—O tú hablar con el jefe de seguridad, usando tus encantos, para que nos despejen una cubierta, así la señorita puede “broncearse sin marcas”
—¡Ay, Andrew! ¡Me extraña! Jamás haría eso… —Hubo un momento de silencio, casi de desconcierto, antes que la rubia completara— ¡Sin público no hay diversión!
—¡Estoy lista! —exclamó Jannie y cada una buscó sus pertenencias para salir del camarote.
Andrew esperó que Jannie saliera y cerrara el camarote, cuando un muchacho lo llevó por delante. A ella se le aflojó la mandíbula cuando lo vio; a Andrew también.
—Disculpa. Estoy perdido...
—¡Oh! Qué pena.
—¿Saben cómo salir de este pasillo?
—Por supuesto —dijo Andrew, apoyando su mano en el antebrazo del recién llegado. Él miraba a las chicas con masculina apreciación, analizándolas de pies a cabeza; no tenía vibra gay, pero de nuevo, Andrew tampoco y ahí iba un gran desperdicio para la población femenina— ¿A dónde vas?
—Estoy buscando las piscinas.
—Vamos. Nosotros estamos yendo para allá. —Andrew tomó a Jannie de la mano y la acercó hasta apretarla a su costado—¿Británico?
—Sí. De Londres. ¿Tú?
—Escocia. Tierra de hombres con faldas. Me llamo Andrew.
—Max.
Le sonrió y ella se escondió en el abrazo de Andrew como si fuera una criatura. Las chicas se acercaron para ver por qué se habían demorado.
—¿Qué pasa?
—Acá, conociendo pasajeros compatriotas.
—Hola.
—Ellas son Lean, Cat y Eira.
—¿Todas son escocesas?
—De pura cepa...
—Estoy viviendo en el lugar equivocado del mapa.
—Estoy de acuerdo… —acotó Andrew por lo bajo.
Todos rieron festejando el comentario galante del chico londinense.
Andrew avanzó por el pasillo, en conversación con su nuevo amigo, y se olvidó de Jannie.
Ella suspiró con alivio, mirándolo desde atrás.
¿Ese crucero hacía un casting de belleza para dejar subir a los tipos?
En la cena se le habían ido los ojos a más de una mesa, ni que hablar de los más altos rangos en la mesa del capitán, y ahora en el pasillo.
Eira le enganchó un brazo y la hizo avanzar.
—Lindo, ¿no?
—Sí...
—Andrew ya lo acaparó. Eso es lo que yo llamo "competencia desleal".
—No parecía gay... Pero no me hago ilusiones.
—Vamos, Jannie. Levanta la cabeza, princesa, que se te cae la corona.
"Sí, claro", pensó, mirando a un costado y al otro al salir a la cubierta nueve donde estaban las piscinas, y todas las miradas se posaron en sus amigas.
Quiso dar la vuelta y regresar al camarote, crear cualquier excusa, desde resaca mal curada, cansancio o trabajo que cumplir, pero se vio arrastrada al centro de la diversión. Chica con suerte.