ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Esta vez le fue imposible dormir. Vio cómo se levantaba la luz del amanecer, filtrándose a través de la cortina y avanzando sobre el techo.

El borde impreciso entre la fantasía y el sueño, producto de todo lo acontecido en los últimos días, las últimas horas, no le permitieron pegar una pestaña.

A su lado, Jannie dormía plácidamente. “Quien pudiera…” pensó.

Lean repasó mentalmente la secuencia de los hechos, tratando de asimilar la realidad más improbable de su vida: Gabriel estaba en ese barco, y todo indicaba que era por ella.

No estaba delirando; había caminado a su lado, sentido el peso de su mano y, finalmente, ese beso.

Había sido un contacto breve, pero suficiente para dejarle una descarga de electricidad grabada en la piel.

Se rozó los labios con la yema de los dedos, como si intentara grabar el cosquilleo que aún sentía en su boca.

—Estás despierta, ¿verdad? —Jannie habló en la oscuridad

—Sí. Pensé que tú dormías. Disculpa si te desperté.

—No, no dormía. ¿Y tú? —Jannie se incorporó en un codo, con los ojos entrecerrados, como si no quisiera espantar del todo el sueño— ¿Por qué no puedes dormir?

—Estoy un poco acelerada.

—Es entendible…

Suspiró, hundiéndose un poco más en la almohada.—Es que parece diseñado en un laboratorio para ser demasiado bueno. Soy una romántica, Jannie, y he leído suficientes novelas para saber cómo suceden estas fantasías, pero esto excede cualquier delirio de fan que haya tenido a los veinte años.

—No sé… no me parece tan imposible.

—Una parte de mí quiere vivirlo todo: el drama de película, el romance de libro, lo que sea. No me importa si dura una noche o el resto de mi vida. Pero la parte que no ha madurado del todo... esa solo quiere que él se enamore de mí —Jannie se quedó un momento en silencio, analizando la confesión.

—¿La realidad es tan buena como la fantasía? Digo… A veces estos personajes tan idealizados terminan siendo ídolos con pies de barro.

—Anoche empecé a descubrir al verdadero Gabriel… el que tiene conflictos, dudas, miedos… como cualquiera de nosotros. No era exactamente como lo había idealizado pero quiero más de él.

—Estás enamorada de él desde antes de conocerlo, es tu sueño húmedo hecho realidad. ¿Por qué no te fuiste con él anoche?

—No lo sé, supongo que estaba esperando una invitación más directa, pero no sucedió…

—Tal vez es de los últimos caballeros en la faz de la tierra.

—No lo sé, Jannie. Yo… quizá fui demasiado directa y él está acostumbrado a otras cosas, a mujeres que mueran por él… “Geishas”

—Lean… Tú “mueres” por él.

—Sí, lo sé, pero es que no es un tipo cualquiera que me encontré en la barra. Es Gabriel Grecco. Probablemente no quiera complicaciones; no me conoce de nada y que yo le haya hablado así... Quizá me besó solo para dejar una buena impresión antes de desaparecer. Un broche de oro y adiós.

—Bueno… Creo que cumplió su misión —dijo Jannie, recostándose de nuevo sobre la almohada, pero orientada hacia ella— No pienses más en eso. Ya verás que sabrás qué hacer cuando llegue el momento.

—¿La verdad? Quisiera una certeza… una señal.

—Mhmmm… —Se quedaron en silencio y Jannie volvió a caer en los brazos del sueño.

Ella ya había descartado la idea de volver a dormirse; sus ojos estaban demasiado abiertos y su mente demasiado lejos de esa habitación.

Se levantó con cuidado, buscando en la penumbra algo de ropa para salir a cubierta.

Se cambió, pensativa. Ya eran casi las siete treinta y el sol resplandecía alzándose sobre el horizonte. Se puso su traje de baño de dos piezas en color obispo y sobre ello optó por un vestido liviano, de finos breteles, y sandalias camel cruzadas en el frente, sin talón y con plataforma.

Los pasillos estaban desiertos.

Al llegar al comedor se sintió a gusto sabiendo que no se cruzaría con nadie que le preguntara nada.

Caminó hasta la mesa buffet, eligió varios trozos de frutas, té Earl Grey y luego se dirigió hacia la mesa más alejada del salón.

Debió girar muy rápido porque nada se detuvo y no encontró de dónde asirse, con las manos ocupadas. Por suerte alguien la sostuvo en pie.

—¿Estás bien?

Al levantar los ojos, se encontró con un hombre de mirada azul preocupada, alto y muy bien parecido. Respiró profundo, intentando detener el vértigo.

—Sí… bien… solo me he mareado un poco, pero estoy bien… no te preocupes. Te agradezco —Lean pudo sujetarse de una silla mientras el desconocido le quitaba la bandeja de las manos y con la otra le rodeaba la cintura.

—Déjame acompañarte hasta una mesa.

La guio hasta una mesa junto al ventanal y la ayudó a sentarse. Dejó la bandeja junto a ella y se arrodilló a sus pies, sosteniendo sus manos entre las suyas.

—Estás helada…

—Estoy bien… pasará… —Pudo mirarlo mejor ahora que lo tenía tan cerca— Gracias…

—Me llamo Candem.

—Gracias, Candem… Soy Lean. Ya estoy bien y estaré mejor en cuanto tome mi desayuno. Nunca he viajado en barco, tal vez haya sido algo de eso.

—Está bien. Estoy en aquella mesa —le dijo, señalando una cualquiera, porque estaba vacía—. Si necesitas mi ayuda, solo tienes que llamarme. ¿De acuerdo?

—Sí. De acuerdo. Gracias de nuevo.

—Hola, cariño. ¿Está todo bien?

Andrew se materializó a su lado de la nada. Candem se puso de pie e igualó su altura. Vistos desde abajo, no sabía cuál de los dos era más guapo.

—Sí, —le respondió, pero él no la miraba a ella: Tenía la mirada fija en Candem— Solo me he mareado y el caballero me ha ayudado.

—Gracias por ayudarla…

—Le decía a tu esposa que cualquier cosa que necesitara podía llamarme, pero ya que estás aquí…

—Ella no es mi esposa.

—Oh… —Fue la única respuesta a la categórica negativa. Lean miraba a uno y otro alternadamente, ignorada por completo. Si se desmayaba en ese momento, pasarían sobre ella— Yo pensé…

—No. No pienses… solo amigos. Sin ataduras —Lean levantó las cejas tan alto que casi tocan el techo. Andrew era extremadamente descarado, flirteando con el muchacho. Y él era evidentemente tímido, porque ante la procacidad de su escrutinio, se sonrojó.

—Entonces, Lean… te dejo en muy buena compañía. Disfruten su desayuno —Candem hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se marchó, ya no a su mesa, sino del salón. Andrew lo siguió con la mirada hasta que desapareció y luego se sentó.

—¡Wow!

—¡Andrew! ¡Lo asustaste!

—¿Viste eso? No fue una alucinación, ¿verdad? —Lean tomó una porción de fruta con los dedos y la metió en su boca mientras sonreía como una madre indulgente.

—No. Pero no sé si el pobre muchacho esté acostumbrado a ese tipo de avance. Tienes que ser un poco más discreto, cielo.

—¿Por qué? No hice nada malo. No dije: “Vamos, guapo. Camarote… “—Andrew se quedó en blanco— Dios… me hizo olvidar el número de mi camarote. Voy a buscar café.

Caminó decidido hacia la puerta por donde desapareció Candem; Lean le gritó entre risas.

—¡Andrew! ¡La cafetera está allá! —El muchacho giró desorientado, desandó sus pasos y volvió hacia ella, que no podía parar de reír.

—Muchas risas, miss Downie… pero no te creas que me olvido de lo de anoche…

—¿Qué cosas de anoche?

—Quiero cada puto detalle de tu noche con Gabriel. Voy por mi café…

Esta vez sí tomó el camino correcto.