ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Restricciones? —dijo el desconocido.

Saberlo conocedor de códigos, y con las agallas de meterse en la cama del capitán, hizo que se calentara más.

—No me beses en la boca… nunca… —La parte racional que había apagado hacía un rato atrás le hizo recordar que el tipo fumaba.

En otro estado lo hubiera descartado de inmediato, pero un magnetismo animal la tenía atrapada desde el momento en que lo descubrió.

Además, no sentía olor a tabaco. No lo pensó más.

Su piel clamó por calor cuando él se apartó.

Lo vio desnudarse a través de los espejos y quedó perpleja al ver su cuerpo.

Todo él era perfección: culo turgente y duro, músculos marcados, no del tipo que se mata en el gimnasio sino del que está bendecido por la madre naturaleza, la sombra de un vientre chato y trabajado, “A mí no me engañas, bombón, para lograr eso, tienes que trabajarlo” le dijo sin hablar.

Y piernas de dios griego. “¡Oh! ¡Por Dios! ¡Este hombre parece caído del cielo!” No podía ver bien su rostro, la oscuridad se cernía sobre él como si lo siguiera, la iluminación estaba sobre ella, sobre la cama, pero no le importó; si su herramienta sexual venía a tono con el resto del paquete, si no era lindo le pondría una almohada en la cara pero se lo cogería hasta que se hundiera el maldito paquebote.

Desnudo, lo sintió ponerse de rodillas detrás de ella, sosteniéndola de la cintura, acariciando sus hombros y el comienzo de su espalda con los labios, arrastrando una barba recortada que la hizo delirar y moverse, llena todavía por el hombre entre sus piernas.

—Preciosa, ¿cómo quieres que lo hagamos? Es todo para ti…

—Tengo una fantasía… —dijo, consumiéndose de deseo por solo pensarlo: —Doble penetración.

David sonrió y asintió, mirando por sobre el hombro de ella. La desencajó de su miembro e imitó la posición en que ella y el desconocido se encontraban: de frente y de rodillas. Así empezó el juego.

Los dos hombres se miraron a los ojos, poniéndose de alguna forma de acuerdo en cómo tocarla: David recorría su cuerpo entero, desde el cuello, los pechos, el vientre, su sexo; el desconocido hacía lo propio con su espalda, desde los hombros hasta la cadera, magreando sus nalgas, masajeando la abertura de su culo, lubricándolo y dilatándolo.

Cat masajeó ambos miembros sobre el látex.

Los quería duros cuando estuvieran en su interior, los quería calientes por ella.

El desconocido se metió en terreno ajeno y le atrapó un pecho, que ofreció al capitán para que lo devorara sin piedad; sus gemidos no se hicieron esperar.

Los dos sabían cómo tocarla, como enloquecerla, estaba en el medio de una bruma de delirio de la que no quería salir jamás.

El atrevido a sus espaldas se había adueñado de ella, podía sentirlo así cuando sus manos no respetaban límites y su boca merodeaba peligrosamente el contorno de su rostro.

Besaba su cuello, raspaba su piel con esa barba que la tenía al borde; imaginar ese roce contra su clítoris, en su sexo, la tenía chorreando.

Podía acabar de nuevo de solo pensarlo, restregándose contra él, metiendo las manos en su cabello suave.

A esa altura había perdido casi por completo las acciones de David.

No podía creer lo que estaba haciendo, entregada a dos hombres que no conocía, a uno menos que a otro, en un lugar oculto, secreto, donde podía gritar tan fuerte como quisiera que no sería escuchada, con todo lo que eso implicaba.

La mezcla de peligro y sexo estaba por explotar como nitroglicerina en sus venas.

Desde atrás el desconocido también invadió su vagina.

Sintió dos pares de dedos entrando y saliendo, y tembló por la intrusión, vibró en anticipación.

El calor que emanaban los tres cuerpos precipitaba la humedad entre ellos, sudor, saliva, su propia oleada interior, que resbalaba entre sus piernas, que el desconocido aprovechaba para lubricarla.

Y mientras tanto lamía la piel sensible de su cuello, justo debajo de la oreja, besaba y mordía sus hombros, su nuca.

“Me está besando” se dijo y luego se corrigió “Pero no me está besando la boca”. “Oh, por Dios, no te detengas”

Cat sentía que iba a desmayarse de placer, quizás podía registrar un orgasmo más, ¿cuántos iban? Iba a explotar por el nivel extremo de estímulo que estaba teniendo. Y la verdad, sería sublime, pero quería estar consciente de lo que estaba por venir.

—Los necesito adentro… ahora… —No fue una súplica, fue una orden.

—Allá vamos, preciosa —respondió el capitán.

—Penétrala… —dijo el desconocido, mientras metía un dedo en su culo.

Eso no era parte del trato pero se sentía tan bien que se olvidó de quejarse.

David no tardó nada en enfundarse y meterse en ella; se movió contra su miembro e incitó al de atrás a que cumpliera, jadeando como poseída.

Tal vez un poco de competencia desleal estimulara al rubio creído.

Reaccionó, y metió un dedo más. Con la otra mano la sujetó del cabello e inmovilizó, mientras le hablaba al oído.

—¿Ansiosa? ¿La señorita quiere su caprichito?

—Solo hazlo…

—Muero de ganas de adueñarme de ese culo prieto que tienes, mira cómo se traga mis dedos…

pero no quiero lastimarte… —Cat se rio entre jadeos y el desconocido tironeó suavemente de su pelo.

El dolor la excitó más. Estaba pasada de todo, de calor, de humedad, de estimulación.

Si no se derrumbaba era porque la tenían sostenida, o si la soltaba, flotaría, no tenía mucha fuerza de voluntad pero, aun así, quería estar en control—. Te gusta, ¿Verdad?

Sí, le gustaba, duro, sin cuidado, sin control, extremo, caliente, libre. Y él lo sabía, lo entendía. Y por saberlo, estaba jugando con ella, con sus ganas, la sostenía al borde del precipicio al que ella quería saltar ya. Quería controlarla, pero ella no estaba ahí para eso. No.

—¡Hazlo! ¡Cógeme! —Casi le gritó. Él la penetró duro con los dedos pero ella quería más— Métemela…

David arremetió con fuerza, sacudiéndola, haciendo el esfuerzo por los dos.

Podía ver su concentración a través del delirio, atento a sus requerimientos, azuzado por sus exigencias, sometido a sus designios, pero sus palabras no eran para él sino para el desconocido. Y el hombre a sus espaldas lo sabía.

—¡Más!

—¡Te esperas! —le dijo, mientras seguía estimulándola, enloqueciéndola, dilatándola.

Con la otra mano iba a su antojo por su cuerpo, acariciando sus tetas, pellizcando sus pezones, apretando su clítoris.

Las otras dos manos en juego la sostenían de la cadera para que recibiera más y más.

La barbita recortada cosquilleó en su oído mientras sus labios se movían: —Tan hermosa… Tan perra… Te gusta así, ¿Verdad?

Norteamericano engreído, sabía perfectamente cómo calentarla con lenguaje sucio.

Cat gimió, intentando que entendiera que necesitaba de ambos.

El rubio salió de su cuerpo y por fin sintió un frío líquido que caía sobre la curva final de su espalda, deslizándose con pereza por la abertura forzada mientras el tipo le abría las nalgas.

El líquido goteaba más allá de su sexo y se mezclaba con sus fluidos.

Lo que sintió a continuación no fue un dedo, sino la cabeza roma que tanto ansiaba.

Abrió más las piernas y se arqueó, entregándose a la sensación, disfrutando ese lento deslizar.

El ardor se extendió y se mezcló rápidamente con el placer.

Apretó los dientes mientras la llenaban por detrás y retrocedían un momento por delante; con una precisa estocada, lo tuvo pegado a su espalda, sus bolas rebotando contra su culo, sus manos subiendo de su cadera a sus tetas.

David avanzó y metió lo suyo hasta el fondo, hasta quedar pegado con su pecho. Gloriosa plenitud.

Ella apartó el rostro de el del capitán y el desconocido le apartó el cabello; sintió su barba rozando sus mejillas, su boca peligrosamente cerca, su respiración caliente tentándola; en el medio del arrebato, ese momento parecía sacado de otra historia, de otro mundo.

Una lágrima se descolgó de sus ojos cerrados y se deslizó, mezclándose con el sudor.

El rubio la bebió de la comisura de sus labios y se apartó.

Y la danza comenzó.

Entrando y saliendo, al mismo tiempo primero, la llevó a otro nivel donde el gozo parecía no tener fin, estar encadenado a todo lo demás, al dolor, al calor, a la fantasía hecha realidad.

Los dos hombres metidos en ella se movían rítmicamente, los miembros chocando en su interior, estirándola y frotándose a través de una exigua capa de piel.

La penetración era lenta y se aceleraba por momentos, hasta que cambiaron y se turnaron para llenarla, mientras por delante la sostenían de la cadera, y por detrás un brazo se cruzaba en su pecho, apretando sus tetas, y la otra mano estaba en su clítoris.

Había una persona a cargo y no era quien manejaba el barco; el norteamericano se había adueñado de la situación, del momento, de su cuerpo.

Cat era una muñeca de trapo a la que él acomodaba a su antojo para recibir oleadas de placer infinito.

Su imagen en el espejo precipitó el primer orgasmo, ¿O era el quinto?

¿El sexto? ¿De verdad, quién estaba contando?

El que estaba a cargo lo sintió y empujó con todas sus fuerzas para llevarla a la cresta de la ola.

Su garganta estaba seca de tanto jadear, y gemir y gritar y respirar ese aire caliente de esencias mezcladas, música, alcohol y miradas.

Era parte de una de esas películas que tanto le gustaba mirar cuando necesitaba liberarse, sola o acompañada.

—¿Estás lista? —preguntó David, empalado completamente en ella.

—Sí… —Fue lo único que pudo decir.

Los dos apuraron su ritmo y Cat resumió su último clímax en un grito ronco y profundo.

Segundos después la siguió el capitán mientras ella sentía cómo el desconocido seguía bombeando.

Era como si se hubiera despertado, como si su grito lo hubiese sacado de un letargo y ahora realmente comenzaba la acción.

Embistió contra ella y los espasmos de su carne, como quien surfea un mar embravecido, penetrándola profundo, moviéndose adentro, girando contra su cadera, mientras ella caía sobre el otro hombre exhausto.

Se clavó en su interior duro, llenándola tanto que empujó afuera todo lo demás, como si reclamara el territorio, expulsando cualquier otro anterior.

Y lo hizo en silencio, sin que un solo sonido saliera de su boca.

Pasó el tiempo, ella en brazos del capitán, que la colmaba de mimos y atenciones. Del otro lado, sintió un cambio de peso en el colchón y una mano que despejó su cabello. Esa boca se acercó a su oído y susurró:

—Ha sido un placer, pero no me gustan las restricciones, como no te gustan a ti… y esa boca será mía —. La sábana de seda sobre la que descansaba se estiró y la cubrió; y sin otra palabra, el desconocido se alejó.

Cat arrugó el satén entre sus manos, perdiendo toda la sensación de placer que antes la embargaba, reemplazada por enojo y frustración.

¿Quién era ese tipo y cómo lograba que le provocara una irrevocable necesidad de pegarle y al mismo tiempo cogerlo de todas las formas posibles, todo al mismo tiempo?