ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

—Me encanta esta canción…

Dijo Cat, contoneando su cuerpo al ritmo lento y sensual de “Earn it” de The Weeknd.

Si bien su piel y su cuerpo estaban dándole un festín al capitán del barco, su despliegue sensual estaba dirigido a su “voyeur” personal.

No podía ver nada más de él que aquello que se iluminaba cada vez que inhalaba del cigarrillo y la lumbre se encendía.

Tenía el cabello rubio, muy rubio, y una mirada arrasadora.

David volvió a centrar su atención hablando con la voz enronquecida por el deseo.

—¿Ya has jugado este juego, pequeña?

—Sí…

—Entonces sabes que puedes detenerme cuando quieras, cuando no te sientas cómoda… y si hay algo que no quieras que hagamos, este sería un buen momento para que me lo digas.

—No quiero besos en la boca… bajo ningún concepto —Hubo una chispa de sorpresa en los experimentados ojos de David, pero su sonrisa de reaseguro pareció relamerse como el gato ante el deseado plato de leche.

—¿Nada más? —Cat negó, inclinando la cabeza para que su cabello cayera libre sobre el otro hombro. El capitán encontró el cierre oculto en la curva derecha de su cuerpo. Besó su cuello y preguntó: —¿Puedo?

Ella asintió y él, con un movimiento largo y preciso, deslizó el cierre.

El vestido se abrió apenas y se deslizó por su cuerpo, dejándola completamente desnuda.

Había dudado mucho en que prenda interior podía usar esa noche, cuando hablaba con las chicas, pero decidió que no había nada más sexy que su sexo desnudo.

Por el cambio de respiración de David y la larga calada que intensificó la punta naranja, del otro lado del salón, debía asumir que tanto su acompañante como su espectador estaban de acuerdo con su elección.

Sonrió y apoyó descaradamente el culo en la poderosa erección que la reclamaba; se inclinó lentamente en busca de sus sandalias, pero David la detuvo y obligó a apretarse más contra él.

—No, por favor, déjatelas puestas. Me calienta verte desnuda sobre esos tacones. Te ves tan deseable… —se acercó más a su oído, sosteniéndola de la cintura, susurrando solo para ella, presionando con su bulto para abrir sus nalgas— Tan puta.

Si no estaba caliente todavía, eso la prendió como en el infierno.

Su sexo latió reclamando acción. Giró lentamente, sin retirar los ojos de su audiencia, ofreciéndole una nueva vista; luego se dedicó a su partenaire.

Desabrochó uno a uno los botones de su chaqueta, lo deslizó por sus brazos, luego fue por su corbata y su camisa.

Acarició su pecho musculoso, lampiño y bronceado, rasgando con las uñas un camino hasta el borde de su pantalón.

Tiró de él, llevándolo mientras caminaba de espaldas hacia la cama que se iluminaba más allá.

Rodeó el colchón circular y lo dejó de pie, allí.

—Desnúdate. Quiero verte.

—Tú sí sabes cómo jugar, nena…

—Es mi juego favorito…

Sin dejar de mirarlo, caminó con paso muy lento, ostentando esos tacones altísimos que había halagado y que lograban un efecto increíble en sus piernas, estilizándolas.

Al ritmo sostenido de la canción, avanzó contoneándose, exhibiendo su piel inmaculada, suavemente dorada.

Se detuvo justo enfrente, mientras David la admiraba con hambre y se deshacía del cinturón, de los zapatos, del pantalón, del bóxer.

Regresó un poco más rápido, solo un poco, admirando su miembro orgulloso, su mástil erecto.

Llegó de nuevo a él pero siguió sin detenerse, pasando la mano abierta por ese culo precioso que antes se marcaba en sus pantalones, ahora expuesto para ella.

Alternó la vista, entre la persona y el reflejo, y se admiró a sí misma también.

La detuvo tomando su muñeca y la hizo arrodillar en la cama.

Se inclinó sobre su pecho para lamer sus pezones erectos, su lengua jugueteando con los nudos duros mientras ella tomaba su erección, deslizaba la piel y lo sentía crecer contra su palma.

Tenía que reconocer que el capitán era una promesa cumplida: además de un muy lindo trasero, su pene también era ideal, como a ella le gustaban: un cuerpo contundente, no venoso ni rugoso, durísimo, y una cabeza absolutamente proporcionada.

“¡Qué lindo miembro tiene! Me gusta, lástima que no esté rasurado” pensó, sometida a su voz interior, exigente, a veces demasiado.

Decidió ignorarla un rato y abandonarse al momento.

Con la boca entretenida en devorar sus tetas, sintió las manos de David descender por su vientre y meterse entre los pliegues de su sexo completamente depilado.

No tardó mucho en encontrar su humedad y ese punto mágico donde se unían los pliegues de su vulva.

Cat jadeó de gusto y él le impuso más ritmo al masaje.

Despacio, la obligó a caer de costado, para que no perdiese lo que ocupaba sus manos, mientras él bajaba con su boca, recorriendo el mismo camino que antes sus manos.

Sentir su lengua en una húmeda caricia sobre su piel la hizo girar sobre sí misma, en su mente, mientras él se acomodaba a su costado.

Se miró repetida hasta el infinito en los espejos que la rodeaban, en las paredes, en el techo, su espalda en un arco elegante, sus piernas abriéndose a medida que David se metía entre ellas.

Lo escuchó murmurar contra la piel de su pubis:

—Eres deliciosa. Sabes a durazno. Te comería toda…

toda la noche… — Sonrió con placer, felicitándose mentalmente por la bendita costumbre de cuidar su piel con las mejores cremas del mercado.

Lo hacía varias veces al día pese a las risas de sus amigas.

Gimió fuerte cuando sintió la lengua presionar su clítoris hinchado por la estimulación manual.

Mientras la devoraba, liberó una de sus manos, y mientras la otra seguía ocupándose del pene de David, tomó sus bolas y comenzó a acariciarlas, alargando el masaje, con la presión justa para hacerlo ronronear sobre sus labios ocultos.

—David… tú también puedes detenerme…

—No, preciosa, me encanta todo lo que haces. Me vuelves loco.

Y así, mientras el capitán seguía lamiéndola de a ratos, comiéndola en otros, acercándola a un orgasmo inminente, “el primero”, cambió de manos, se humedeció dos dedos y volvió al masaje en esa zona tan sensible de un hombre.

David se movía a la par de sus caricias, y cuando él le abrió la vagina con ambas manos y la penetró con la lengua, ella introdujo uno de sus dedos húmedos en su ano.

Le imprimió profundidad con los dedos y se dejó ir, vibrando contra su boca, apretando sus dedos y su lengua.

Disfrutó la escalada en esa montaña rusa pero no se dejó caer.

Caliente, en el medio de su arrebato, abrió los ojos y miró a la esquina donde la sombra era hermética; sin verlo, sabía que él estaba ahí todavía, pero no había ninguna mujer chupándolo.

Hundió más el dedo en el culo del capitán, él le dio un suave golpe en la misma zona a ella.

Se arqueó de placer, ese ardor en la zona golpeada luego se esparció como una sensación de placer hacia todas las partes sensibles de su cuerpo.

—¿Restricción? —le preguntó, en medio de un jadeo.

—No, Cat… me gusta… No te detengas.

—David… —dijo, navegando su propio placer— Necesito que me cojas…

El capitán estaba a la altura de la diligencia y rápidamente se puso de pie; revolvió su ropa buscando protección.

Cat pulsó entre sus piernas para estimularse, no quería perder la sensación, quería ese vuelo sin tocar el suelo.

Acostada sobre su espalda, con las piernas flexionadas y abiertas, apoyando sus carísimas sandalias en el colchón, se masajeaba circularmente.

Miraba a David ensartar su miembro henchido en el condón, listo para penetrarla.

Se inclinó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo, acechando sobre su sexo.

Cuando llegó a su rostro, demasiado cerca de su boca, Cat lo fulminó. David se desvió.

—¿Cómo te gusta?

—Duro, Capitán. Muéstrame tu mejor movimiento.

David le enganchó la pierna a la altura de la rodilla y se empaló sin piedad hasta el fondo.

Su sexo se deslizó por las apretadas paredes de su vagina, en una sensación cremosa y profunda.

Cat levantó los brazos, sosteniéndose de las sábanas, arqueándose para sentirlo más adentro, mientras sus pechos se bamboleaban arriba y abajo por el percutir rítmico y sostenido de la penetración.

En medio de su delirio sexual, de su éxtasis, vio una llama encenderse, iluminando a su espectador.

“Ahí estabas, perverso” “¿Te gusta mirar? A mí me gusta que me miren”.

David apretó el ritmo y ella se encaramó a la ola creciente que volvía a prosperar en su interior.

Jadeó fuerte al compás del flagelo; también le gustaba ser escuchada.

En el declive de su segundo orgasmo, atrajo a David sobre ella y lo hizo girar en la cama, retozando contra él, resbalando en el sudor de ambos, acariciándolo al ritmo de una nueva canción. Giraron en el lecho hasta donde ella quiso ubicarse, lo hizo caer de espaldas y lo montó a horcajadas.

—¡Oh, sí, pequeña! Toma lo que quieras…

Se ensartó en él e imprimió su propio ritmo.

Buscó profundidad, control, fricción. Se acarició a su antojo, desde el cuello, bajando por su escote, apretando sus tetas, masajeando sus pezones, palpando su vientre, adulando su clítoris, deslizando los dedos por la abertura de su vagina dilatada por el miembro abarrotado que la llenaba.

Pero quería más. Resbalaba arriba y abajo, mientras sus manos encontraron el camino a su cintura, a su cadera, sobre sus nalgas, acariciándose, abriéndose, ofreciéndose, mostrándose.

Más se tocaba, más se movía, más rápido corría al encuentro de su tercer bien ganado orgasmo, todo por ella y para ella.

Giró la cabeza, envolviéndose en su propio cabello, volando fuera de su piel.

Tampoco terminó de caer.

Un cuerpo completamente vestido, una mano en su cuello y una voz ronca que la transportó a otro tiempo, detuvieron su vuelo.

—¿Puedo unirme? —Trató de verlo a través de los espejos, podía ver solo lo que sentía, su cuerpo contra el suyo, su ropa de tela suave, la parte de atrás de su brazo, su cabello rubio.

Gimió cuando lo sintió presionar contra su espalda.

David estaba un poco más atento que ella y respondió a la intrusión.

—La dama decide. Cat, ¿tú qué quieres?

—Por supuesto…