ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 25
64%

Capítulo 25

Galen esperó a su hermano en el Mosaic Café de la cubierta Cinco. Se entretuvo con su teléfono y un vaso de whisky que bebía lentamente, solo Dios sabía cuánto tiempo le tomaría a Candem dejar las cosas en orden para marcharse.

Efectivamente, tardó casi una hora.

En ese interín habló con Otto, que además de contarle las novedades de Jax y las no novedades de su rancho, le contó sobre una nueva subasta de motocicletas en Charming.

Eso lo ayudó a decidir qué nueva Harley sumaría a su colección.

Ya estaba nervioso, necesitaba una dosis de adrenalina para sacarse del sistema la cena, el encierro, la muerte.

Y la manera en que él lo hacía era con sexo; de manera diferente, su hermano lo hacía así también.

Se paró frente a él, y sin decir palabra, con un gesto de la cabeza, le indicó el camino a seguir.

Parece que alguien está ansioso por aquí.

Bajaron por las escaleras, dos cubiertas hasta la tercera.

Candem ya no vestía de etiqueta pero mantenía su estilo clásico y elegante, una marca registrada.

Los últimos escalones los hicieron casi corriendo.

A la primera puerta accedieron a través de un sistema de apertura por lectura de huellas digitales; la mano de Candem fue la que abrió.

—Tendremos que registrarte para que puedas entrar sin mí.

—Veo que tú ya lo hiciste… —Candem le dedicó una sonrisa falsa y avanzó.

Entraron por una puerta custodiada por un tipo enorme con uniforme y esperaron junto a un escritorio alto. Por alguna razón esperó encontrar al jefe de seguridad pero algo le dijo que quizá lo estaba mirando a través del circuito cerrado de cámaras que estaba instalado en cada esquina del lugar.

—Buenas noches, señor Tyler —dijo el otro uniformado.

—Buenas noches —contestó, y luego se dirigió a él— Tu tarjeta…

Candem sacó la tarjeta de su bolsillo y la pasó por un lector. El tipo tecleó en una computadora y, por otro lado, empezaron a brotar una pila de papeles.

—Sabrá disculpar las molestias pero necesitaríamos que lea el código de comportamiento y etiqueta, así como un acuerdo de confidencialidad para…

—Soy abogado… —dijo Galen, cortando su discurso aprendido de memoria— Nada de esa mierda tiene validez.

—Pero…

—Galen… —intervino Candem— Fírmalo.

—Yo no voy a firmar nada de esto.

—Sí, lo harás, porque es el requerimiento. Lo vale. Hazlo. Es por seguridad.

Evaluó a su hermano y manoteó el manojo de papeles.

Daba igual, no tenían jurisdicción para hacer nada, pero nunca sabes con qué loco te topas.

Le echó una mirada somera a la pila. Basura.

Basura. Basura. Contrato de confidencialidad mis pelotas.

Firmó cualquier garabato y después le tomaron las huellas digitales y escanearon sus facciones de frente y perfil.

—¿Conoce el sistema?

—Vale todo… —dijo Candem. Galen asintió. Había asistido a un par de lugares así en Los Ángeles y Londres. En esos lugares valía mucho más el código de respeto que cualquier papel firmado.

—Está todo registrado. A partir de ahora, con su tarjeta o simplemente con sus huellas digitales, podrá acceder cuando quiera al salón privado de entretenimientos.

Los servicios de acompañamiento no están incluidos en el pasaje, se cargan a su habitación como “Servicios Extraordinarios” y se abonan antes de descender del crucero.

La regla expresa y explícita del Club es el consenso.

Usted decide cómo y con quién y de esa misma manera debe respetar las decisiones de los demás.

El personal de seguridad está a su disposición por cualquier inquietud que surja. Que disfrute la experiencia, señor.

Al ingresar al sector privado, sus expectativas se vieron ampliamente superadas.

Lo que él esperaba que fuera un salón con música, alcohol y chicas disponibles era un templo de sexo y lujuria donde ni su imaginación era límite.

“Vale todo” y se quedaba corto. Candem sonrió a su lado y quiso abrazarlo, pero su imagen de hijo de puta se caería a pedazos.

Bajo el sensual ritmo de la música, su hermano habló.

—Este es el trato: pórtate bien con mamá, pórtate bien con Marlen, y podrás pasar todo el tiempo que quieras aquí. Todos tus gastos están cubiertos.

—Has subido a mi escalón de “hermano favorito”.

—Pórtate mal… y haré tu vida un infierno hasta que uno de los dos vaya a la tumba —Galen se rio entre dientes, golpeándolo con un codo en las costillas.

—Tú sí sabes ponerle condimento a un desafío, hermanito. Disfruta la experiencia.

Avanzó a través del rectángulo, disfrutando la periferia de libido desatada en su camino hacia la pequeña barra.

Pidió un whisky, encendió un cigarrillo y miró alrededor.

Alcohol, tabaco y sexo sin límites, podía vivir en esa cueva para siempre.

Disneyland. Después de un rato de comprender la mecánica de quienes se estaban divirtiendo allí, decidió empezar a jugar.

Cruzó miradas con una morena infartante, cuerpo de ninfa y cara para el pecado. Galen inclinó la cabeza, siguiendo las líneas de su cuerpo y sus movimientos al ritmo de la música. Le sonrió cuando ella se percató de su mirada y su intensidad. Se acercó lentamente hasta donde él estaba.

—¡Hola, guapo! ¿Qué tomas?

—Whisky. ¿Puedo invitarte una copa?

—¡Seguro! ¡Me encantaría un “Sex on the Beach”! —Galen le hizo una seña al mozo y pidió la bebida.

—Un clásico… ¿Y prefieres el sexo o la playa?

—De ser posible… ambos…

—Buena respuesta.

—¿Y tú qué prefieres esta noche?

—Divertirme… —dijo, acomodando una mano en su cintura de avispa.

—¿Te gusta bailar?

—Claro…

La muchacha lo arrastró de una mano al apartado donde algunos bailaban, sosteniendo su trago con la otra.

Galen se movió con pereza. La música de Divinyls con su icónica “I touch myself” sonaba en todo el lugar.

La morena comenzó a moverse de manera sensual, tocándose con maestría, movimientos dignos de una bailarina exótica.

Galen la miraba rodearlo, acariciarlo, cantarle, provocarlo; él apenas se movía para no perderse el espectáculo.

Cuando se acercó, le apartó el cabello y susurró en su oído.

—Que bien bailas… y que bien te tocas.

—¿Tú crees? Podría probar contigo...

—Lo acepto.

La chica comenzó a tocarlo mientras serpenteaba como un reptil sobre sus tacones.

La excitación se revelaba en sus pantalones, necesitaba atención.

La atrajo hacia él, sujetando su rostro y atrapando sus labios; bajó la mano por su cuello, metiendo una mano en su vestido hasta apretar uno de sus pechos y aplastar su pezón endurecido.

Sentirla gemir en su boca lo excitó, y a ella también, entregada a su mano, sometida a su lengua.

La besó un rato hasta que quiso su boca en otro lugar.

—Vamos… —le dijo, buscando con la vista un lugar.

Un sillón en la penumbra era el lugar perfecto.

Se sentó y ella hizo el movimiento para sentarse en su regazo, pero él se acomodó y le indicó con los ojos dónde la quería.

Rápidamente, la morena se puso en la tarea, acomodándose entre sus piernas, deslizándose hacia abajo hasta sus rodillas, acariciándolo por encima de la ropa, su camisa, su pantalón.

Al llegar al cinturón, él acomodó la cadera y ella abrió el pantalón de un tirón.

Galen sacó el paquete de cigarrillos y encendió uno mientras ella liberaba su miembro y lo atendía, primero con las manos, después con la boca.

Cerró los ojos un momento y se rindió al placer.

Enredó la mano libre en el cabello negro de la mujer y acompañó el movimiento.

“Bastante bien “pensó.

Con la cabeza apoyada en el respaldo, entreabrió los ojos y vio un poco más allá.

Un destello rubio llamó su atención, un cuerpo que se contoneaba como si bailara para él.

Sus ojos se clavaron en los suyos. No podía ser, ella no podía verlo, salvo que tuviera ojos de gato.

Inspiró humo y la admiró a la distancia, mientras su imaginación la ponía a sus pies, de rodillas, reemplazando a su acompañante. Su noche estaba a punto de mejorar.