ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Tomada del brazo del capitán, Cat avanzó a través de la cubierta y los pasillos.

El calor los envolvía como una burbuja, en completa sintonía.

No necesitaban hablar para saberlo. Llegaron al ascensor principal y descendieron a la cubierta cuatro.

Una vez allí, accedieron a la escalera de emergencias y el oficial tomó de la mano a la dama para ayudarla a descender a la cubierta inferior.

La cubierta tres. Cat no recordaba haber visto esa cubierta en los folletos del crucero.

Su corazón bombeaba con furia. ¿A dónde se dirigían?

—Buenas noches, Capitán —dijo el uniformado en la puerta, sin mirarlo.

—Buenas noches…

Abrió la puerta con una tarjeta hasta una recepción.

—La señorita está conmigo, haremos todo el registro con mi aval.

—Buenas noches, señorita…

—MacKinnon.

—Es necesaria su firma para… —El capitán le hizo un gesto y la miró.

—Es el código de comportamiento y etiqueta… pero por sobre todo, es el reaseguro que el control lo tienes tu. Tu bienestar, y el de todos los pasajeros y pasajeras que deciden aventurarse a esta cubierta, está garantizado. También su privacidad.

—Estoy segura que sí… —dijo ella, tomando la lapicera que le ofrecían y firmando en la línea punteada.

Sabía que estaba segura, por sobre todas las cosas, porque había un millón de cámaras que la habían registrado junto al capitán.

Por su puesto y su integridad, no se arriesgaría a que algo le pasara; y Eira se había mostrado muy cerca del jefe de seguridad, eso también estaba a su favor.

Cat permitió que tomaran sus huellas digitales y parámetros biométricos, y luego le recitaran un monologo de recepción.

Atravesaron dos puertas más, con seguridad personal y cerraduras activadas por huellas digitales; llegaron a la última puerta y el guardia la abrió para ellos luego de saludar a su superior.

—Voy a reiterar mi ofrecimiento. Si el lugar no es de tu agrado, o algo te incomoda, podemos marcharnos de inmediato.

—Después de todo ese discurso haciéndome sentir la Venus reencarnada, me tratas como una adolescente inexperta…

—Se acercó, provocadora, hasta que su pecho rozó el uniforme blanco.

Levantó el rostro para mirarlo y cuando el hombre quiso besarla, ella se apartó apenas y le hizo un gesto negativo con el dedo, justo a la altura de la nariz—. Muéstrame tu jardín secreto, capitán.

Al abrir esa nueva puerta, de madera ornamentada, sus sentidos asociaron todo con el placer.

La música surgía de los parlantes, “Crying” de Aerosmith, sus candentes notas y la voz de Steven Tyler ondulando en una oscuridad espesa y caliente.

Avanzó sola, como llevada por brazos invisibles, atraída como mariposa al fuego, percibiendo alrededor el calor y el aroma que solo la lujuria podía emanar.

Sintió las manos del hombre que la había introducido allí, sosteniendo su cintura, deslizando sus manos fuertes, bien cuidadas, sobre la suave seda de su vestido, acariciando la curva desde el borde inferior de su seno hasta la cima de su cadera.

—Mira a tu alrededor, Cat. ¿Te gusta lo que ves?

Su voz grave se mezcló con la música mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad.

Era un salón enorme, rectangular. La iluminación apareció lentamente o sus pupilas de gato ya se habían dilatado, absorbiendo las imágenes.

En ambas paredes, decoradas con cortinados oscuros, se veían puertas cerradas.

Más cerca de ella, reductos con sillones, butacones y chaise longue en el mismo tono que los cortinados, el reflejo rojizo de las luces le daba la sensación de un color parecido al vino.

Más allá, casi al final, una pequeña barra.

Percibió un movimiento y vio una pareja abandonar un sillón y desaparecer por una de las puertas.

Después descubrió que casi todos los espacios estaban ocupados, y la gente en ellos, más ocupados todavía.

La oscuridad cómplice ocultaba manos y bocas que se escurrían, indiscretas, entre la ropa. Su pulso se aceleró.

El capitán le rodeó la cintura y la hizo avanzar.

—Bienvenida a mi reino, Cat.

Caminando por el pasillo central, avanzando lentamente, ante sus ojos se abría un espectáculo de lujuria desatada: parejas, tríos, orgías, hombres y mujeres entrelazados sin otra distinción que sus ganas, saciando sus más bajos instintos.

—Y bien… ¿Qué te parece?

—Me encanta lo que veo pero, ¿por qué esto no figura en los entretenimientos ofrecidos abordo?

—Este es un sector exclusivo para pasajeros que ya lo conocen, la más alta esfera de la tripulación y sus invitados. Solo los más altos rangos, solo los pasajeros más especiales.

—Me siento tan halagada… ¿Entonces, esto es un secreto?

—Algo así…

Se acercaron a la barra. El capitán tomó asiento en una banqueta alta y Cat se detuvo muy cerca de él, apoyada en la mesa de madera, admirando la libertad con que hombres y mujeres disfrutaban de su sexualidad.

—¿Qué quieres tomar?

—Un whisky. Si es escocés, mejor…

—Por supuesto —El hombre pidió dos y se inclinó sobre ella para atraerla y colocarla entre sus piernas abiertas.

—¿Quieres participar? Cuéntame… ¿Qué te gusta? —Cat lo miró de costado, relamiéndose mientras apreciaba sus facciones. ¿No era obvio?

—Me gusta jugar... Capitán… Pero si vamos a jugar, ¿no es un poco injusto que sepas mi nombre y yo no el tuyo?

—Mi nombre es David. Pero tú puedes llamarme como quieras —susurró contra su oído, enviando escalofríos por su espalda.

—Esto… ¿Es una práctica habitual? Quiero decir, que traigas aquí una pasajera en la primera noche del crucero.

—¿Puedo ser absolutamente honesto contigo?

—Lo agradecería profundamente…

—No, no es una práctica habitual. Tengo mucho en juego como para exponerme de esta manera, contigo, con el resto del pasaje.

Pero sé que las personas que están aquí quieren la misma privacidad y exclusividad que yo, así que es un pacto tácito.

Si tomo este… “riesgo” … contigo, es porque me vuelves loco, me sacas de mi centro.

Eres una mujer en un millón y estoy seguro de que disfrutarás de esto como yo. Como todos los que estamos aquí.

—¿Puedo ser absolutamente honesta yo también?

—Por favor…

—Por un momento temí que justamente fuera tu rango…

tu posición en este barco, lo que me prohibiera acercarme a ti…

—Cat acarició el nudo de su corbata negra, el asomo de su camisa blanca y el camino de botones dorados de su uniforme de gala, arrastrando la uña sobre la tela, presionando hasta tantear su cuerpo.

Llegaron las bebidas. David le alcanzó el vaso tallado y lo ofreció para un brindis.

—Por los beneficios del rango.

—Por la seducción del poder.

Cat meció el líquido ambarino lentamente, mirando de nuevo alrededor.

En un extremo había una cama circular, rodeada de espejos y tenuemente iluminada.

Las sábanas de satén azul marino parecían un mar invitándola a nadar en él; su sangre se espesó con el deseo.

Vagando con la mirada, se detuvo en la esquina opuesta.

Un brillo tenue, una brasa naranja; una corriente magnética la atrapó sin remedio.

Alguien la miraba, amparado en la penumbra, mientras una mujer desnuda, de rodillas, movía la cabeza de arriba abajo en su regazo.

La sombra que se recortaba sobre el sillón individual era la de un rey en su trono.

La mirada que la perseguía era la de un animal acechando.

Sin quitar los ojos de la sombra, se bebió en dos tragos el elixir dorado.

Cerró los ojos y se entregó al vértigo, mientras las manos de David la atraían a él, presionando su restringida erección contra su trasero.

Ella levantó los brazos y enredó los dedos en su cabello ordenado, él usó su mano libre para acariciar su cuello, su escote, su vientre, siguiendo el camino de la bebida caliente por su cuerpo; se movió como un gato, restregándose contra su cuerpo sin pudor, sintiendo los labios de él en su oído.

—¿Quieres jugar, Cat?