Capítulo 23
—Hola, insomnio…
Definitivamente no iba a poder dormir esa noche.
Podía sentirlo en la tensión de sus nervios.
Después de un día intenso y una noche larga, después de una cena que espoleó sus sentidos y arremolinó sus hormonas, y más tarde un paseo del brazo de un caballero inglés que intentaba seducirla, y ese era su mayor estimulante, lejos de estar cansada, estaba vivaz y alerta.
Conocía ese estado. Solo había una forma de salir de él.
Lejos del ruido y la gente, el murmullo invadía su cabeza, sesenta mil pensamientos dando vueltas en un vals macabro que no lograba dejar atrás.
Los problemas se acrecentaban en el silencio, su percepción se agudizaba ante la necesidad de encontrar una solución.
Los fantasmas que creía haber dejado atrás en Edimburgo, volvían a acecharla: la discusión con su abuelo, la fusión y sus consecuencias, la sensación de estarle fallando a su padre, esa eterna insatisfacción, todo se mezclaba en un cóctel sin burbujas, que giraba centrífugo.
La combinación era explosiva. Estar en el medio de la acción, con las luces brillando y la música sonando, la mantenía ocupada, distraída.
Pero cuando lo que había era silencio, o el suave murmullo del mar mecido por el viento, las voces se alzaban.
Por eso reía, por eso gritaba. Por eso se rodeaba de lujo y excesos, porque la gente se queda en ese envase y no le importa avanzar más profundo. Eso era más seguro.
El alcohol ayudaba, en su justa medida, y estaba a una copa de ese límite; por eso descartó gentilmente la invitación de Sir Conelli y se marchó.
Distinta hubiera sido la historia si la compañía hubiese estado uniformada y a cargo del navío.
El sexo también ayudaba, pero estaba a kilómetros de tierra firme y de cualquiera de sus amantes ocasionales; eran todos buenos amigos pero no creía que ninguno se lanzara al mar Mediterráneo a buscarla en medio de la noche.
De día, quizá sí, pensó y se rio sola. ¿Qué podía hacer?
Realmente no estaba para la labor de una descarga a mano.
Necesitaba otra cosa, y aunque había sentido esa vibración en el capitán, la había dejado sola y no había reaparecido. ¡Qué decepción!
Decidió salir a caminar por la cubierta, poner su música preferida en el iPhone, “Iris” de Goo Gol Dolls, y ver si de alguna manera eso la relajaba un poco; dejó que el viento jugara con las capas de gasa de su vestido mientras se calzaba los auriculares Bosé que atesoraba como una joya, último regalo de su padre para su cumpleaños.
Sola en la noche, se dio un momento para apreciar la cubierta: la combinación de maderas nobles, vidrio repartido en algunos sectores para resguardarse del viento y, aun así, poder sentir la inmensidad del mar, el reflejo de las luces tenues desde el interior que alumbraban sus pasos lentos.
Poco a poco pudo aquietarse. La soledad era una amiga esquiva, a veces traicionera.
Se sentía a gusto consigo misma, no lo podía negar, y por momentos le daba un poco de miedo ser tan independiente, autosuficiente.
Era como si no necesitara de nadie para encontrar la plenitud; pero a veces, esa misma soledad mostraba su rostro menos amable y amargaba su trayecto.
Podía estar sola, pero para lo que más le gustaba, necesitaba compañía.
Dejó que la música de su lista de reproducción favorita la acariciara desde adentro, las canciones que impregnaban retazos de su alma, con un significado propio, se fueron sucediendo mientras se apoyaba en la baranda y aspiraba profundamente; la esencia del mar llenó sus pulmones mientras la brisa era una caricia ondulada que se mezclaba entre las capas de su vestido y la suavidad de su piel.
Su pelo volaba a voluntad, casi un símbolo de su libertad.
Agradeció al Universo y sus extraños caminos por ese momento y por la decisión de hacer ese viaje.
Su mente fue a las razones de esa decisión por primera vez en el viaje, y por inercia, sus dedos se movieron sobre la pantalla del teléfono y revisaron los mensajes que se acumulaban en su aplicación.
Había una llamada perdida de su asistente, Melanie.
Le escribió un mensaje pensando que había tan solo una hora de diferencia horaria con Edimburgo y tal vez ya era muy tarde.
#Cat# Melanie, disculpa la hora, ¿estás despierta de casualidad?
#Melanie# Sí, por supuesto, Cat.
#Cat# Me llamaste… ¿Puedes hablar?
#Melanie# Sí…
De inmediato estableció la comunicación.
—Hola, Mel. ¿Cómo estás? —El silencio del otro lado de la línea le dio la pauta que algo no estaba bien.
—Pues… preocupada.
—¿Qué pasó?
—Ya se difundió la noticia de la adquisición del laboratorio y todos estamos…
—Escucha… No es firme. Hay consenso, pero no está firmado. La revisión final del proyecto será en unos días.
—Tu abuelo dio la orden a la oficina de personal para que calculara las liquidaciones de todos. ¿Nos van a despedir?
—Sabes que jamás lo permitiría…
—Pero no estás aquí…
Cat inspiró profundo y se apretó el puente de la nariz.
No debió irse, estaba fuera de control y eso instaló una migraña percutora en su cerebro.
¿Cómo no lo vio venir? Si fueron capaces de hacer la votación sin ella, cuando solo salió al pasillo ¿Qué no harían si ella directamente no estaba en la empresa?
Miró el mar oscuro delante de ella, con la ridícula idea de calcular cuánto tiempo podría tardar en llegar a Edin, nadando.
—Le pedí a McKinnon que escanearan el proyecto y me lo hiciera llegar.
—Me encargaré de reclamarlo.
—Gracias, Mel. Envíamelo a mi correo privado.
—Lo haré.
—Escucha… sé que estás preocupada, pero no voy a permitir que esto avance sobre el laboratorio al punto de hacerlo desaparecer.
—¿Te fuiste para buscar una solución? —dijo la muchacha, ilusionada.
—No, pero voy a trabajar para encontrarla. Y para eso, en mi ausencia, voy a necesitar que seas mis ojos y oídos, y que me avises de cualquier movimiento extraño del PFZ o de McKinnon. No importa el día, no importa la hora.
—¿Y si me pregunta por ti?
—Le dices que estoy en Timbuktú.
—Lo haré.
—Gracias, Mel. Te dejo descansar y discúlpame de nuevo la hora.
—Gracias, Cat. Buenas noches.
¡Maldición! Su cabeza era un torbellino en ese momento, necesitaba calmarse, definitivamente no iba a poder dormir, beber podía llevarla al otro extremo, necesitaba salirse de su mente, aunque fuera por esa noche.
La parte práctica de su cerebro le decía que no había nada que pudiera hacer en ese momento, pero no podía salir de ese espiral.
¿Qué pensaba su abuelo? ¿Cómo iba a pedir la liquidación de todos los empleados?
Se había metido directamente en su órbita, en su departamento.
Lo tenía planeado, por eso le “sugirió” que se tomara las vacaciones, la quería lejos y ella había caído.
Estaba a punto de ponerse a llorar, se asomó un poco sobre la baranda, ya no mirando el mar sino el cielo.
¿Estaría el alma de su padre en alguna de esas estrellas?
¿Podría escucharla si le pedía algo? Ella no rezaba, no creía, pero en ese momento la voz en su cabeza sonó muy parecido a una plegaria porque lo único que podía ayudarla era un milagro.
Distraída como estaba, apenas se percató de una presencia silenciosa tras ella.
No la tocó ni le habló, pero ella lo sintió.
Miró por encima de su hombro y sonrió al reconocer al capitán.
Su profunda mirada verde, llena de misterios e intenciones, con esa vibración tan particular que ella captaba como un radar, estaba allí, sonriéndole.
Devolviéndole la mirada descarada con la que estaba desnudándola, lo miró de pies a cabeza e hizo un gesto de aprobación que lo desconcertó.
Le gustaba lo que veía, ese hombre fuerte, en sus cincuenta y pocos, portaba con orgullo algunas canas en su cabello renegrido, una dentadura impecable y un cuerpo en forma.
El uniforme de gala le quedaba como para darle un Oscar.
—Las sirenas salen de noche a seducir a los marinos desprevenidos.
—¿Debo tomarlo como un cumplido?
—Usted seduce bajo la luz del sol y de la luna, señorita MacKinnon.
—Cat…
—¿Catherine?
—Solo Cat…
—¿Le molesta si la acompaño?
—Por favor, siéntase como si fuera su barco… —Los dos rieron y el capitán se apoyó en la baranda a su lado, pero de espaldas al mar— ¿Por qué Cat?
—Siempre me llamaron así, es más fácil de recordar… como un gato.
—¿Y por qué la asociación? ¿También tiene siete vidas? —Cat se encogió de hombros y desvió la mirada de nuevo a la oscura mar—. ¿Qué hace tan tarde en cubierta? Ya había perdido las esperanzas de encontrarla disponible.
—No podía dormir, así que decidí escuchar un poco de música afuera para no molestar a mis amigas.
—Excelente decisión…
—¿No debería estar descansando en este momento? O mejor aún… ¿Manejando el barco?
—Por suerte tengo una excelente tripulación que me ayuda en mis funciones. Además, también es mi deber supervisar el bienestar de mis pasajeros, y como después de la cena no pude preguntarle si había tenido una velada agradable…
—¿Me buscó para preguntarme si había tenido una “velada agradable”?
—Se podría decir que sí…
—“Agradable” es un término adecuado. Aunque no probé postre…
—¡Qué pena! Tenemos una carta con excelente surtido gourmet. Si quiere puedo conseguirle algo…
Cat suspiró, como si intentara decirle algo más que él no lograba captar.
Tenía potencial, sabía reconocer a un hombre interesado sexualmente en ella, estaban todas las señales: como la aduló durante la cena, como la miraba, como captaba y devolvía sus indirectas de doble sentido erótico.
Pero era evidente que el peso del rango y su posición en el barco tampoco iban a permitirle lanzarse como un predador sobre su presa.
Decidió ir un poco más allá a ver a dónde la llevaba.
—¿Algo como qué? Soy una mujer difícil de complacer.
—Oh… un desafío. Creo, mi querida Cat, que podría encontrar algo a la medida de una dama con sus gustos.
—¿Qué sabe usted de mis gustos? Más que decir que me gusta el chocolate blanco y que soy golosa…
—¿Y si dejamos volar la imaginación? ¿Me dejarías adivinar?
—Cat se mordió el labio inferior ante la propuesta del oficial.
Éste la estudió un momento, buceando en la profundidad de sus ojos; se desnudó mentalmente, como si él pudiera verla a través de una persiana, y las señales de su cuerpo fueron inequívocas: inspiró profundo, elevando su pecho, entreabrió los labios, se removió apenas.
Sintió cómo se le dilataban las pupilas por el incipiente deseo. “Léame, capitán, soy un libro abierto”.
El capitán avanzó lo suficiente como para sentir el calor que su cuerpo irradiaba. Se relamió los labios y nunca dejó de mirarlo. Su voz fue un susurro.
—Cat, voy a ser muy sincero. Cuando te vi subir al crucero, me fue imposible no percatarme de tu presencia.
Cuatro mujeres hermosas y de ellas, una despampanante.
Un golpe de suerte te trajo a mi mesa y me sirvió para confirmar lo que había vislumbrado antes: tienes una mirada especial, que solo los que compartimos ese espíritu podemos notar; una rebeldía, un don de libertad en los ojos…
que usas para salirte del personaje que has armado para tu vida.
—Estoy impresionada…
—Y si me permites continuar con este arranque de sinceridad, y me perdonas si cruzo una línea que te ofende…
—No me ofende… continúe…
—Creo que la válvula de escape que te permite salir de esa casilla… es el sexo.
En el momento de silencio que siguió las palabras del capitán, se estudiaron mutuamente. Cat estaba sorprendida, no podía negarlo, pero si ella era capaz de detectar esa chispa, ¿por qué él no? Cuando la vio sonreír, prosiguió:
—Tu ropa, tu sonrisa, tu mirada, tu vestido, tu perfume… todo en ti habla de sexo… pero no desde el lado vulgar, sino desde el pedestal de una diosa que convierte todo lo que toca en arte. Una mujer de mundo que sabe disfrutar de todos los placeres y cuya compañía enaltece el momento.
—Capitán… ¿Todo eso puede decir de mí con solo compartir una cena, un rato en la noche, en un barco?
—¿Estoy equivocado? —Cat enarcó una ceja como única respuesta—. Si lo estoy, y no lo creo, te pido disculpas en este mismo instante.
—¿Y si no lo está?
—Entonces… me gustaría llevarte a un lugar único y exclusivo en este barco, donde puedes pedir lo que quieras y recibirlo sin condiciones.
—¿Su camarote?
—Mejor aún… —El capitán extendió su brazo y ella lo miró.
Una luz se encendió en su cabeza, una alarma, pero no era de peligro, sino de aquellas que anticipaban una circunstancia definitiva.
Tuvo un rush de adrenalina que puso todos sus sentidos en alerta, de esos que preceden por igual tanto el segundo del escape o el instante previo al salto sin red—.
¿Confías en mí para que te lleve a ese lugar especial en mi barco?
Si no te sientes a gusto, podemos marcharnos de inmediato.
Cat lo pensó un instante, tal vez esa propuesta era el antídoto que necesitaba, el milagro que había pedido. Enlazó el brazo en el suyo y se dejó guiar a un desconocido paraíso de placer.