Capítulo 22
Lean terminó en el pasillo con la espalda pegada a la puerta que se cerró de su camarote. Gabriel la miró, sorprendido primero, feliz después.
—Entonces… ¿Qué prefieres? ¿Un trago a la luz de la luna o un café en mi suite? —Lean le correspondió con una sonrisa.
—Trago y luna.
—¡Buena respuesta! —Pasó el brazo por sus hombros y desandaron el pasillo rumbo a la cubierta nueve donde estaba el Windows Café Outdoor.
—¿Sabes algo?
—Dime…
—Encajas en mis brazos a la perfección, como si estuvieras hecha para mí.
—Adulador —Ella se acurrucó en su pecho mientras él la abrazaba más. Esa chica estaba calando profundo en él, que lo tratará como un chico normal lo hizo sentir que podía pasar el resto del viaje junto a ella sin tener que fingir nada. Pero no era así.
El bar de la terraza estaba repleto de gente, todos en sus propios asuntos, nadie se dio vuelta para mirarlos. La música no era estridente pero no los dejaría conversar con la tranquilidad que él quería.
Ubicó a Lean delante de él mientras avanzaban hacia la barra, sus manos sobre la cadera de ella. Una vez allí, le habló al oído, un poco para seducirla, otro poco porque no se escuchaban.
—Creo que será mejor que nos sentemos en alguna mesa. Los camareros vendrán a nosotros por la orden. ¡Hay demasiada gente aquí! —Lean giró en sus brazos, quedando atrapada entre él y la barra, casi pegada a su pecho. Gabriel se inclinó para escuchar lo que ella quería decirle.
—¿No te gustaría más ir allá? —Lean señaló un grupo de sillones inclinados que estaban pasando las piscinas— Pensé que tal vez podríamos recostarnos allí; parece un lugar más tranquilo.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué quieres tomar?
—Campari con naranja, por favor.
—¡Bien! —Gabriel dirigió su mirada a las personas que atendían el lugar—. Disculpe, ¿puede enviar dos Garibaldi a los sillones que se encuentran allá?
—Sí, señor. Con gusto
Gabriel extendió la mano y Lean la tomó. Así atravesaron la cubierta, la gente y la noche, al otro extremo, en busca de intimidad.
Ella se recostó en uno de los camastros mientras un mozo se acercó con su pedido
—Cuéntame, —le dijo ella, bebiendo un poco y sonriendo más— ¿Sientes que ser actor es lo que realmente querías hacer o fue como una imposición familiar?
—Al principio fue querer ser como mi abuelo, como mi padre.
Honrar la estirpe, que se sintieran orgullosos de mí.
Había un mandato implícito. Pero con el tiempo me apasioné de esta profesión.
Siento que nací para esto en la mejor cuna pero trabajé siempre para ser el mejor. Si no fuera por ese lado oscuro…
—¿Tan malo es ser famoso? ¿De verdad te sientes en el medio del infierno?
—Por momentos, sí. Lean, yo amo lo que hago, de verdad me gusta. He puesto mucho de mí para estar donde estoy, pero no todos lo ven así. Hay personas que solo quieren estar a mi lado porque eso les da presencia, no les intereso yo, solo les interesa “aparecer al lado de” … Y eso no es bueno.
—Creo que te entiendo, no sé si podría con ello.
¡Te admiro! Estar todo el tiempo perfecto, cuidando de todo, tu imagen, tus formas, de las personas que te rodean.
Me estresa el solo hecho de pensarlo. Imagina que yo acostumbro a levantarme, ponerme ropa cómoda y salir en mi bicicleta hasta la florería.
No, sé que no podría ocupar todo mi tiempo en aparentar para los demás, en gustarles a los demás.
—Entiendes por qué digo que contigo es diferente Lean. Yo… Aquí… Contigo, puedo hablar de cualquier cosa, puedo ser yo.
Y así, las horas pasaron, hasta que ella bostezó.
—Estás cansada —Observó él, con una sonrisa suave
—Han sido días demasiado intensos. Mi ritmo de vida habitual es mucho más... predecible… —admitió ella, devolviéndole la sonrisa.
—Entonces, se acabó la velada. Permíteme escoltarte a tu camarote.
Gabriel le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. Una vez de pie, ella entrelazó su brazo con el suyo y caminaron en un cómodo silencio por los pasillos ahora desiertos del barco. Al llegar a la puerta, Lean se giró hacia él.
—Hasta mañana, Gabriel. Que descanses.
Se encaminó para entrar, pero él la detuvo con un gesto rápido.
—¡Espera! —Gabriel dudó un segundo, como si le costara encontrar las palabras— ¿Podrías darme tu número de teléfono?
Lean lo miró con una chispa de diversión en los ojos.
—Estamos en un barco, Gabriel. Nos vamos a encontrar aunque no lo busquemos.
—Prefiero no dejarlo en manos del azar —insistió él, con una seriedad que la desarmó.
Lean soltó una pequeña risa, descartando su propia resistencia. Gabriel pareció recuperar el aliento cuando ella extendió la mano.
—Está bien. Dame tu teléfono.
Obedeció, sacando el aparato de su bolsillo trasero. Ella lo manipuló, escribió su número y sintió cómo su móvil vibró dentro de la minúscula cartera que llevaba colgada. Se lo devolvió y sus manos se rozaron.
—Sientes lo mismo que yo, ¿verdad? Que esta noche es el principio de algo... diferente. Muy especial.
Lean lo miró, y por un instante, el resto del barco, los amigos, la fama, los planes, todo desapareció.
—Para mí, Gabriel, cada minuto, desde que nos presentaron, ha sido algo fuera de este mundo. No necesito que sea el comienzo de nada para saber que ya es especial.
Lean se incorporó para darle un beso en la mejilla y Gabriel, definitivamente sin pensarlo, tomó su rostro con ambas manos, la miró fijamente y acarició su boca con los labios cerrados, midiendo hasta donde ella estaba dispuesta a llegar.
No se apartó. Dejó que su aliento y las palabras también la acariciaran.
—Buenas noches, Lean.
Ella cerró los ojos y casi por reflejo sus labios se entreabrieron.
Gabriel tomó la invitación, avanzando en el cálido interior de su boca.
En el medio de la escena, escucharon el golpe de una puerta cerrándose muy cerca de ellos.
Se separaron sin soltarse, algo agitados.
Lean apoyó su cabeza en el pecho de Gabriel para recuperarse.
Parado en el pasillo estaba el “amigo” de ella. Andrew.
—¡Hola! Por favor, no se detengan por mí. Vuelvo a mi agujero. ¡Adiós!
Y así como apareció, e interrumpió, se marchó.
—Creo que mejor me voy… —Lean sonrió y le acarició el rostro.
—Yo también.
—Que descanses. Nos veremos mañana.
—Que descanses tú también.
Lean se puso en puntas de pie y dejó un beso suave en sus labios; giró sobre sus pies y abrió la puerta de su camarote. Lo miró con una sonrisa en el rostro mientras cerraba la puerta.
Gabriel se tocó los labios y parpadeó para aclarar la sensación de culpa que lo azotó. Se orientó dentro del pasillo y buscó el camino hacia su propia habitación.