Capítulo 19
La invitación de Gabriel la hizo desistir de tomar del plato dulce, o elegir otro tipo de postre.
Gabriel se puso de pie y apartó la silla para que ella se pusiera de pie; el resto de los integrantes de la mesa también estaban buscando otros caminos, pocos los miraban, entre ellos Paolo, que no paraba de gesticular.
No miró atrás al aceptar el brazo que Gabriel le ofrecía.
—¿Quieres que vayamos a algún lugar más privado?
—Donde tú quieras —le respondió ella, sintiendo el calor inundarla y encender su rostro.
—Te sonrojaste… —dijo, acariciando su mejilla—. Perdón, no quise incomodarte.
—No me incomodas.
—Podemos ir a dar un paseo.
—Podemos ir a donde tú quieras. En serio. No estoy incómoda.
—Vamos. Demos un paseo por la cubierta.
Avanzó a su paso para salir al exterior, maldiciendo por ruborizarse. Inspiró profundamente la brisa fresca de la noche, admirando el mar quieto, oscuro como la noche, y el cielo lleno de estrellas lejanas.
—Nunca pensé que podría estar así.
—¿En un lugar así? ¿En un crucero?
—Y contigo.
—Me halagas profundamente. Me gustaría… —Lean levantó el rostro, sintiendo que brillaba por dentro— conocerte mejor.
—Yo también… quiero decir, a mí también… a mí también me gustaría conocerte mejor.
—Espera… —le dijo, deteniéndose— Antes de seguir, debo pedirte una disculpa.
A Lean el corazón se le disparó en taquicardia, cada vez que Gabriel le pedía algo, su corazón se descontrolaba.
Una parte de ella quería pensar que tener algo con él podía ser posible, casi con desesperación, como sacado de una de las novelas que ocupaban su tiempo y sus sueños, romance rosa con flores y corazones, aunque ese hombre despertara sus más bajos instintos.
Pero justamente, su alma romántica no podía soportar la sensación de ser solo una arruga más en su cama.
—No sé de qué te tendrías que disculpar.
—Pues anoche… cuando estábamos juntos, sentados, tuve que irme de manera inesperada. No debió ser así.
—Paolo tuvo un hermoso gesto de enviar flores por ello. Olvídalo. No fue tu culpa.
—Nos interrumpió la salida abrupta… pero… si no hubiese sido así, el rumbo de la noche hubiera sido otro —dijo, tomando su mano y acariciando sus nudillos con los labios, totalmente consciente del efecto que ejercía en ella.
—¿Otro?
—O tal vez no —reflexionó— Quizá de una manera u otra, hubiéramos terminado aquí, así.
Lean se encogió de hombros, sonriendo.
—No lo sé. Pero me gusta ese pensamiento.
—Háblame de ti. Tú conoces todo de mí, de mi vida, de mi profesión.
—Solo conozco lo que publican de ti, lo que muestran tus personajes. Cuéntame quién es el verdadero Gabriel.
—¿Y si no te gusta el verdadero Gabriel? ¿Y si te desilusiona?
Lean apoyó su mano sobre el brazo de Gabriel. Podía sentir el dolor de esas últimas palabras.
—No hay manera que el afecto que te tengo disminuya. Quiero conocer al verdadero Gabriel, al que se esconde debajo de los personajes, al que habita bajo tu piel.
Gabriel tomó su mano y la besó. Y sintió que abrió su corazón.
Andrew solía decir que ella tenía una extraña cualidad para hacer terrenales a las personas en dos minutos, alguna que otra charla mediante, y podría ser el mismísimo Rey de Inglaterra que ella, a los pocos minutos, lo trataría como un tío que viene a tomar el té a las cinco.
Ella hacía las cosas sencillas, incluso las más complicadas.
Gabriel no fue la excepción. Hablaban desde que habían salido del comedor de temas variados: Su familia, su cuna de actores, su pasión por los caballos, sus planes en Norteamérica, su interés por el arte y sus acciones filantrópicas y de mecenazgo.
Lean se detuvo a mitad de camino, se acercó a la baranda que los separaba de la noche y el mar oscuro.
Sujetando la baranda, inspiró el aire salado que la envolvía, buscando el horizonte fundido en negro, tomando conciencia que vivía en un sueño hecho realidad.
Gabriel la siguió y se paró a su lado, mirando también ese confín.
—He pasado gran parte de mi vida aparentando algo que el público quiere ver.
Lo disfruto y no me quejo, porque al mismo tiempo me da muchos beneficios.
Trato de ser un hombre cuidadoso, no me meto en conflictos ni siquiera por promoción.
Por supuesto que me gusta salir y conocer…
otras personas, pero ninguna tan especial como para salir dos veces seguidas en una misma revista.
No me va la “Dolce Vita”, salgo de noche solo si Paolo me obliga a un evento promocional.
Preservó a mi vida privada como lo que es, lo más valioso que tengo.
Lean se quedó muy quieta, escuchando y asimilando cada palabra que Gabriel decía.
Era verdad, ella sabía que prácticamente no había, en la prensa o la web, fotografías de él “de fiesta”.
Se lo veía siempre en producciones o eventos, siempre inmaculado, “cuidado”, incluso posando.
La prensa y el mundo conocía a su familia porque tres generaciones anteriores también habían sido actores de renombre, aun así, lo poco que se sabía de su intimidad era porque salía a cuentagotas en entrevistas.
Ni un nombre. Ni una foto. Nunca apareció su casa entre las mansiones de los famosos.
Sí, ella sabía mucho de él, pero de pronto se dio cuenta de que no sabía nada, y le ardía la piel y el alma por conocerlo de verdad. Pero algo más agitaba su corazón.
—¿Puedo preguntarte algo yo?
—Por supuesto que sí.
—¿La entrevista que vas a tener con Janette, tiene que ver con esa investigación que hablaba sobre tu… —no sabía cómo decirlo, así que lo escupió— sexualidad?
Gabriel se irguió, como si lo hubiese lastimado.
—La entrevista fue pautada como un cierre de esta etapa y el inicio de otra. Entiendo que no sabes cómo se maneja el mundo del espectáculo, pero es un poco así. Como si esto fuera mi graduación y ahora entro a un posgrado.
—Ya veo.
—¿Qué piensas? —Odiaba ser tan transparente.
—No entiendo nada del mundo del espectáculo, me gusta que me lo expliques, que seas claro. Es lo que más te voy a agradecer.
—No tienes idea lo que es este infierno de la fama, no ser dueño de tu propia vida.
—Es verdad, no conozco el infierno de la fama, tal vez conozco infiernos peores.
—Eso no es posible.
Lean se acomodó de costado, sosteniéndose de la baranda pero con una sola mano; él hizo el mismo movimiento, quedando frente a frente. Con los ojos fijos en los suyos, replicó:
—Sí, lo es, pero no quiero hablar de eso ahora.
—Entonces dejemos nuestros infiernos para otro momento. Vayamos por un trago, ¿te parece? —Gabriel cambió de expresión, Lean festejó el regreso de su impronta sensual con una sonrisa, y le ofreció el brazo para sostenerla.
Dieron una vuelta más por toda la cubierta.
Caminaron con la confianza de la amistad y la cercanía del romance, ellos ajenos del mundo y el mundo con los ojos en ellos.
Por momentos reían de sus propios comentarios, inclusive él se dio cuenta de que muchas personas los observaban y otras tantas sacaban fotos con sus teléfonos móviles.
En algún momento Lean pensó, después de sus comentarios sobre su vida pública y el infierno, que podía ser incómodo o difícil, pero se lo notaba sonriente, distendido.
—¿Sabes algo? —le dijo Gabriel—. Has despertado una gran curiosidad que hace mucho no he sentido…
—¿Qué quieres saber?
—¿Cuán grave puede ser tu peor infierno que supere a lo que yo vivo a diario? No puedo ni imaginarlo.
—Mejor… no lo imagines.
—Dímelo.
—No.
—Lean, me gusta hablar contigo, siento que en una hora te conozco más que a cualquiera de las personas que me rodean. ¡Por favor! ¡Confíamelo! ¿Cuán malo puede ser?
—¿Mi peor infierno? ¿De verdad quieres saber en qué infierno he estado?
—Sí.
—La muerte, Gabriel. He ido de la mano con ella y te juro que después de eso no hay infierno peor.
Gabriel se paralizó y su expresión desnudaba su shock. Lean no quería arruinar su noche con el pasado triste que ya había superado, solo quería mirar adelante, agradecer a la vida por la oportunidad y tomar lo que le ofrecía, esta vez sin miedos, sin restricciones. Atreverse.
Los dos se quedaron en silencio, apoyados en la barandilla del barco.
De pronto Lean escuchó música, no una sinfónica o una guitarra, sino como si fuera una armónica. Levantó la cabeza y buscó alrededor el origen de la melodía. Flotaba sobre el mar, y a ella se la trajo el viento. Cerró los ojos y trató de captar las notas.
—Lean… —Cuando Gabriel la sacó de su trance, la música había desaparecido y la brisa se había vuelto fría.
—Tengo frío. ¿Me acompañas hasta mi camarote por un abrigo?
Gabriel avanzó y la abrazó por los hombros, dándole calor con su propio cuerpo. La sensación de seguridad y felicidad que Lean sentía al estar en sus brazos le hizo olvidar de todo. De todos.
—Claro que sí, preciosa. Vamos por ello.