Capítulo 20
Apoyado en la baranda del balcón de la suite que le había tocado, se perdió en la oscuridad y la noche.
La vista era impresionante, como todo el lugar.
Nunca había estado en un crucero, era como el epítome de la gente millonaria, o lo que mostraban en las películas cuando querían hablar de lujo absurdo.
Habían llegado temprano, en tándem, junto a Gabriel Grecco, aunque por suerte no habían llevado guardaespaldas.
Tenía el recuerdo de haberse movido con Roma junto a ellos y quedar impresionado con el accionar de la seguridad que seguía a sol y sombra a la celebridad italiana.
Paolo había tenido la deferencia de tomar habitaciones separadas, aunque no le importaba compartirla, quizá para él era un poco raro despertarse todos los días con un tipo de treinta años que roncaba como una motosierra y tenía horarios raros por el jetlag y el insomnio.
Pero bajo ningún concepto renegaría de su cuota de intimidad.
Había desistido de la invitación a la cena del capitán, pero vio pasar a los pasajeros vestidos con sus mejores galas de camino a dar una vuelta por las instalaciones.
Terminó en la cubierta nueve, en The Patio, donde no había requerimientos de etiqueta y pudo comer alitas de pollo y papas fritas, un cheeseburger y dos vasos de cerveza.
Incluso disfrutó de un rato de karaoke que lo tentó a cantar como en su pueblo.
No estarían sus compañeros habituales pero bien podía elegir alguna canción que le gustara solo para despuntar el vicio.
Sacó su libreta de notas y garabateó un par de frases sobre el mar y las estrellas, pero las tacho por cursis.
Retrocedió algunas hojas a la canción que estaba escribiendo; era una pena que una persona tan apasionada por la música como él, tuviera tan poco oído para tocar un instrumento.
Había probado aprender a tocar la guitarra, el bajo, los teclados…
no logró avanzar con ninguno; lo único que había conseguido dominar era la armónica y hasta le daba vergüenza reconocerlo.
Era la pandereta de los instrumentos de viento. Patética.
Aun así, amaba su armónica.
Fue a buscarla a la mochila y regresó al balcón.
Probó una melodía improvisada y las notas flotaron en la noche como buscando dueño.
Se dejó llevar por la música y dejó que esta lo guiara a donde quisiera.
Trató de no sonar tan melancólico, de no ser un estorbo.
Quería ser alguien útil, como alguna de sus herramientas.
Los golpes en la puerta lo trajeron a la realidad. Solo había una opción de visita para él.
Paolo estaba en la puerta con la corbata desanudada, llevando el saco en una mano, sobre el hombro, y una cajita con el logo del crucero en la otra. Parecía una estrella de cine de los años cincuenta.
—¿Ya terminó la cena?
—Por suerte, sí —Se hizo a un costado para dejarlo pasar y lo vio detenerse ante la cama llena de ropa desordenada.
—Lo siento… encontré el bolso y me puse a revisarlo —Se apuró a juntar toda la ropa que no era suya y que, por tamaño y estilo, pudo deducir que sería de Gabriel.
—¿La probaste?
—No, pero dudo que utilice algo más que pantalones cortos y sandalias para atiborrarme de cerveza gratis al borde de la piscina.
—¡Esa es la actitud! —dijo, palmeándole la espalda— ¿Cenaste?
—Subí a la cubierta nueve y encontré una parrillada sin exigencias de etiqueta. Así que me harté de alitas de pollo y papas fritas.
—Te traje el postre —La cajita era para él. La abrió y descubrió una especie de torta con salsa violeta. Ni gracias le dijo a su padre, empezó a comer mientras él se recostaba en su cama.
—Si te parece, mañana podemos desayunar con Gabriel en su suite.
—¡Esto es delicioso! ¿Cómo se llama? Para saber cómo pedirlo…
—No recuerdo. Lo pidió una chica en mi mesa y…
Paolo se recostó en su cama sin apoyar los zapatos en ella, y desde allí le preguntó:
—¿Qué estabas haciendo?
—Tocando la armónica.
—Me gustaría escucharte… —dijo, con la voz muy cansada y los párpados pesados.
—No suelo tocar en público.
—Ah… pero yo no soy público. ¿Y cuándo volveré a tener esa posibilidad? —Lo vio luchar contra su cansancio. Se encogió de hombros y sacó la armónica de nuevo. Tocó la misma melodía que había ensayado previamente y no llegó a hacer una repetición que lo escuchó roncar suavemente.
—Y se durmió…
Dan se acercó y lo miró desde arriba: estaba profundamente dormido. Lo movió un poco pero no reaccionó, así que le quitó los zapatos y lo cubrió con una de las mantas.
Disminuyó la intensidad de todas las luces y se acomodó en el pequeño sillón; lo orientó hacia el ventanal y se cubrió con otra fina manta.
El calor de la lana hizo más que el hechizo de las estrellas mediterráneas, transportándolo a kilómetros de distancia, del mar a las montañas.
Abrió su libreta de notas y dejó que su mente vagara por las memorias, sintió que la distancia le daría un resguardo que no tenía en casa; allí fácilmente la pesadilla se convertía en realidad.
De todas las víctimas de la tragedia, Amber fue quien siempre se llevó su atención, desde el primer momento, cuando los bomberos la sacaron debajo de los restos del accidente.
El recuerdo lo sacudió como un rayo. La lapicera se deslizó sola sobre las hojas como si tuviera vida propia.
¿Cómo llegó allí alguien tan pequeño?
¿Cómo sobrevivió alguien tan frágil a un golpe
que mató a dos hombres?
¿Qué haríamos todos si no llegaba con vida?
Empujones, empujones
Reanimación, carro de shock
Las chispas de la motosierra queriendo cortar fierros retorcidos
Caían sobre nosotros.
Detrás del vidrio, las malas noticias
Tu llevarás la muestra de las cicatrices
que atraviesan nuestras almas.
¿Cómo hará la niña llena de cicatrices
para sobrevivir a un mundo dañado por dentro?
Demasiado pequeña para sobrevivir, sobreviviste.
Demasiado joven para morir, sobreviviste.
Demasiado frágil para resistir, sobreviviste.
Eres mi heroína, porque no te asustan las cicatrices
Que a mí me despiertan por la noche.
Siguió garabateando en la libreta hasta que el sueño también lo venció.