Capítulo 14
Cat estaba en su ambiente, sentada junto al capitán, que era un monumento al poder y la sensualidad, esos elementos que en ella calaban profundo e inclinaban la balanza a favor del portador.
En sus mejores cincuenta, alto, con cabello precisamente entrecano como para destacar una experiencia que portaba como aura, una mirada profunda, enigmática y analítica, y esa sonrisa que iluminaba todo su rostro cuando la miraba, la tenían preparando el campo para lo que podía llamar su primera víctima en el tour.
Quizá no era lo mejor empezar con el listón tan alto, pero el hombre le dispensaba la atención que ella demandaba y solventaba todos sus caprichos, como cambiar el vino entre ellos, dejarla elegir su plato en el menú y ostentar su título en cada una de sus órdenes, como para dejar en claro quien estaba a cargo.
—Debo decir, señorita MacKinnon, que es usted simplemente deslumbrante —Y así era, con ese vestido en capas de gasa volátil que se arremolinaba alrededor de su andar felino, dándole un aire de sirena y reina que solo ella podía llevar con tanta altura.
El capitán continuó su catarata de halagos— Estoy muy agradecido que hayan aceptado mi invitación.
—Por favor, capitán. Es un honor para nosotras que nos haya invitado
El mozo llegó para llenar sus copas aflautadas.
—¿Champagne?
—¡Por supuesto! Para qué beber agua si podemos beber champagne, ¿verdad?
—El momento del brindis que todo el pasaje espera… —dijo el capitán, moviéndose con su silla para ponerse de pie.
No siendo el primer crucero que Cat hacía, reconoció la fórmula de cortesía para la bienvenida a todos los pasajeros y la presentación de las celebridades invitadas a la mesa principal.
Gabriel Grecco, por supuesto, y Sir Arthur Conelli III, sentado justamente entre ella y Gabriel.
Cat brindó con el ilustre desconocido, dedicándole un revoloteo de pestañas al que ningún hombre era inmune, y este aprovechó para acaparar su atención de las delicias del capitán.
—Entonces… Sir Arthur… ¿Usted es inglés?
—Así es. Y por su delicioso acento he de adivinar que usted es escocesa.
—¡Qué observador! ¡Y qué adulador! Es verdad. Mis amigas y yo somos de Edimburgo.
Consciente de la mirada del capitán sobre ella, y su poco agrado para la charla con el noble inglés porque lo estaba ignorando, siguió desplegando su arsenal de seducción por dos frentes, siempre era preferible la opción a la soledad, aunque solo fuera por un trago en cubierta.
—Sir Conelli, amigo, está acaparando la atención de mi hermosa invitada.
—Debo decir que esta noche te luciste, David.
—Siempre estoy atento a las necesidades de mis pasajeros y mi esmero en el trabajo hoy ha tenido su recompensa. Un golpe de suerte que trajo a la señorita MacKinnon y sus amigas a mi mesa.
—¡Oh! Nunca creería lo mucho que el capitán se interesó y nos ayudó cuando una de mis maletas se extravió.
¡Imagínese! La que contenía mis vestidos.
¡Una tragedia así hubiera hecho que no tuviera que vestir esta noche!
—Cat hizo reír al inglés y ambos estiraron la mano para recuperar sus bebidas.
El capitán volvió a inclinarse sobre ella para susurrarle.
—Como capitán de este barco debo estar muy atento a las situaciones de extrema seguridad. Evitar catástrofes y tragedias. Pero permítame decirle que mi imaginación se ha disparado pensando en las posibilidades…
—¿De que vista algo que no fuera de mi colección? —dijo Cat, entre disgustada y sorprendida.
—Que no vistiera nada… —respondió el capitán, con una mirada hambrienta en sus ojos brillantes.
Un escalofrío de anticipación le recorrió el cuerpo, ante la promesa de sexo intenso.
Eso era exactamente lo que necesitaba para desconectarse de sus preocupaciones.
Cat chocó los cinco consigo misma internamente: ya había elegido el postre.
Mientras llegaba el servicio de primer plato a la mesa, Cat observó al resto de los comensales.
Lean sentada junto al dueño de sus sueños eróticos.
Eira junto a un increíble espécimen masculino, joven, atlético, en uniforme de gala y toda su atención puesta en la morena.
Andrew y Jannie en el otro extremo, cuchicheando entre sí, con Paolo Vursky y otro miembro de la tripulación, ese sí era un par inesperado.
Si la tímida Jannie lograba romper la barrera homosexual del sexy Staton, tendría que rendirse a sus poco convencionales armas de seducción e incluso pedirle consejo.
Quizás en lo más inesperado, en lo menos destinado, estaba el secreto. Y que Dios nos ampare.
Transcurrida la cena, en el primer interludio, Cat repartiéndose entre la atención del noble inglés y el capitán sajón, la charla siguió los carriles de duelo para ver quién se alzaba con la preciada atención de la escocesa.
—Mi querido capitán, este barco es un lujo total. Espero que el clima nos acompañe porque es lo que buscamos con mis amigos.
—La diversión a bordo no está solamente sobre las cubiertas, mi querida señorita MacKinnon. Si usted me lo permite, puedo mostrarle los tesoros ocultos de mi nave.
—¿Y en todos los rincones sucede algo? ¿Todas las partes tienen su razón de ser?
—Sí, todas las partes tienen su lógica y si no me puede ayudar a buscarla.
—¿Algo así como… una búsqueda del tesoro?
—Podríamos decir que sí… —Él jugaba a ser enigmático y ella a seguir su juego. Eran tal para cual.
—¿Y cuál es el tesoro, capitán?
—Lo que quieras…
—¡Uff! —dijo el inglés, metiéndose de nuevo en la conversación de dos— Me parece que voy a querer participar de una búsqueda del tesoro con Cat. Espero que no le moleste, amigo.
Revisando el menú, visitando la sección de postres, volvió a volver locos a los dos hombres que disputaban su atención, aunque ya había un claro ganador. Pasó sus uñas perfectas por sobre los nombres de platos, en italiano e inglés, percibiendo la mirada del capitán, fue avanzando en el menú.
—¿Algo de su preferencia? —susurró el capitán, muy cerca del oído.
—Todo parece delicioso… es tan difícil elegir… —Se inclinó hacia él, para que la conversación quedara entre ellos dos—. Pero cualquier cosa con chocolate blanco es mi perdición.
—Podría recomendarle algo… —Ella miró su uniforme níveo. Él sonrió— Si me disculpan… debo dispensar atención al resto de los pasajeros.
Tomó la mano de Cat y se la llevó a los labios; no la besó, sino que repasó sus nudillos con los labios, sin dejar de mirarla.
—Señorita MacKinnon. Ha sido un placer.
—Que se repita.
—No lo dude.