Capítulo 12
La suite era increíble, como el resto del maldito barco.
Su equipaje ya estaba allí. Recorrió las instalaciones, encendió todos los aparatos electrónicos, revisó el contenido del pequeño refrigerador y el surtido de la barra de bebidas; salió al balcón privado y encendió un cigarrillo.
Miró sin ver el cielo, convirtiéndose en naranja y abriéndose paso a la noche.
Los golpes en la puerta lo hicieron volver.
—Candem… —dijo, al abrir la puerta.
Su hermano entró, seguido por Maxwell, un tipo alto y circunspecto, de origen inglés, que trabaja con Candem y su madre desde hacía unos seis o siete años.
Casi podría considerarlo parte de la familia si no fuera tan bueno en su trabajo e hiciera todo por recordarle que era de clase inferior, un empleado, su sirviente, cada vez que traspasaba la puerta de la casa.
—¿Te gusta el lugar?
—Está bien…
—Maxwell puede encargarse que organicen todo como quieras.
Dirigiéndose al mayordomo, torció la boca y sonrió.
—Que cambien el televisor y el equipo de música; que instalen uno con dock para mis aparatos, no pienso descargar mi música en otro lugar.
Bosé. Surtido de whisky escocés en la barra y champagne francés siempre en el refrigerador.
No quiero que nadie entre aquí sin autorización y quiero que haya alguien presente cuando el servicio de cuartos limpie y ordene la habitación.
—Sí, señor.
—Puedes ir, Maxwell —lo despidió—. Trataré de no molestarte mucho.
—No es molestia, señor.
Maxwell abandonó la habitación y Candem se sentó en el sillón mientras Galen iba a la barra.
—¿Qué quieres beber?
—¿Para qué quieres que haya alguien mientras limpian? Nadie robará nada…
—Solo para molestarlo.
—¿Por qué quieres molestarlo? Es eficiente, leal…
Galen estiró un vaso con whisky a su hermano y se sentó en el sillón de enfrente.
—Porque cuando te odian te respetan más.
—Eres un idiota…
—Y si te odian, no se acercan a ti y no te molestan —Levantó el vaso en un brindis solitario y bebió— ¿Cuál es el plan?
—Esta noche cena de gala con el capitán. Nos invitaron a su mesa pero mamá no quiere llamar la atención. Tendremos una mesa apartada.
—¿Abel puede ir?
—Claro que sí.
Se quedaron en silencio, era la mejor manera de decirle que se fuera. Candem captó el mensaje.
—Maxwell estará en la habitación de al lado. Mi suite es la contigua.
—¿Estarás a una cubierta de distancia de tu mamá?
—Tengo contratada la habitación contigua a su suite también.
—Cochinito… Esta la guardarás para tus escapadas sexuales… Debí saberlo —Candem puso los ojos en blanco antes de darse la vuelta y salir, mientras él estallaba en risas descontroladas. Escuchó un portazo como adiós.
Cuando estuvo solo otra vez, se encargó de desempacar. Separó los trajes que había comprado en Roma y la ropa que sus hermanos habían elegido para él en Via Condotti. Desparramó las prendas sobre los muebles para que Maxwell se mantuviera entretenido durante la noche.
Si la memoria no le fallaba, la noche con el capitán era de gala obligatoria; eligió lo más caro de su guardarropa y opuesto a la etiqueta. Si tenía un poco de suerte lo rechazarían en la puerta y se salvaría de la maldita cena.
Antes de bañarse, descansó en el balcón con otro vaso de whisky en la mano y un cigarrillo.
La imagen de su madre no abandonaba su mente ni un momento, ni siquiera por no mirarla se salvaba.
Ella, tan activa, tan hermosa, con tanto carácter y personalidad, resignada a moverse en una silla de ruedas, porque su corazón se agitaba como en una maratón con dos pasos; ella hacía el esfuerzo pero la enfermedad había ganado.
Maldito cigarrillo, es toda tu culpa. Los consumiré todos hasta que las tabacaleras entren en quiebra por falta de stock.
Margeritte, dijo al viento, el nombre completo de su madre, esa muchacha italiana que escapó de un matrimonio pactado con un mafioso de cincuenta cuando ella tuviera diecisiete años, que pasó por muchos barcos y muchas manos antes de llegar a la costa oeste de Estados Unidos con una sola meta, ser feliz.
Lo consiguió. No iba tras el dinero ni el poder, ella quería ser libre, decidir sobre su vida.
Conoció a un buen hombre, se casó, formó una familia, tuvieron tres hijos hermosos, juntos construyeron un pequeño imperio.
Ella fue la gran mujer detrás del gran hombre, ella fue la punta, la lanza y la mano que mecía la cuna.
Un cuento de hadas. El “Y vivieron felices por siempre” debe tener una cláusula oculta que dice que todo final feliz termina con la muerte.
Maldita letra pequeña, ¿la leíste cuando firmaste, madre?
La muerte estaba suscripta pero, ¿dónde decía que tenías que sufrir así?
De lo heredado, Galen ostentaba la inteligencia de su padre y el carácter de su madre.
Una afrenta del destino, Cómo era posible que ella, capaz de huir a nado de una isla para ser libre, pareciera tener un único fin, hasta el último día de su vida: controlar sus pasos, determinar su futuro.
No lograba entenderlo. Eso lo había llevado a rebelarse, a encerrarse, a golpear primero.
A alejarla y alejarse. Pero no lo había hecho lo suficientemente bien, porque ahí estaba, sin los huevos suficientes para tirarse por ese balcón, al mar, para huir a nado de esa situación de mierda y con demasiado corazón debajo de la coraza, latiendo, rogando, doliendo.
No se había hecho odiar lo suficiente como para que lo borraran del testamento y la lista de invitados.
Ahora viviría con las consecuencias. “Quisiera que Abel guarde ese recuerdo de mí... De nosotros.” Gracias, mamá.
Se bañó, se cambió, esperó que Candem apareciera.
Lo hizo. Abrió la puerta con el cigarrillo colgando de los labios.
Se miraron de pies a cabeza, el hijo de puta se veía increíble en ese esmoquin de Armani, comprado en el mismo lugar que su camisa blanca y pantalones azules un poco más ajustados en la pantorrilla.
—¡Galen! Es una cena de gala… —dijo, casi sin aire— No te dejarán entrar… así…
—¡Ups! ¿Tú qué dices? ¿Me quedo? ¿Busco la factura de compra? Quizás el exorbitante precio de estos dos pedazos de trapo me habilite una entrada.
—¡Ve a cambiarte! ¡Ahora!
—Oblígame… —El teléfono de Candem sonó en su bolsillo. Lo sacó y leyó el mensaje.
—Vamos… Están en la puerta esperándonos.
Candem dio media vuelta mientras él cerraba la puerta de su suite, sonriendo, guardando la tarjeta de acceso junto a su teléfono y la tarjeta de acceso a zona de entretenimientos prometida.
En la puerta de entrada al salón donde se desarrollaría la cena, la congregación era interesante. Las mujeres vestidas de largo y los hombres de esmoquin, daban con la exigencia de etiqueta que se requería, él no. Los globos oculares desorbitados de Marlen se lo confirmaron.
—¡Galen! —Exclamó su hermana— ¿No puedes presentarte bien vestido para la cena?
—Hermanita, tendrías que agradecer que me vestí así y que no vine con mis jeans rotos —le respondió, girando sobre sí mismo con los brazos extendidos. Marge, desde su silla de ruedas, rio.
—Mi hijo está precioso como siempre. Ven —le dijo, extendiendo ambas manos— Dame un beso.
—Mamá, tú y tu manía de dar órdenes. No puedes ni esperar que me acerque… Quería ver a las chicas del barco.
Inclinado sobre su madre, ella acarició su rostro, mirándolo con devoción.
—Ninguna de las que hay aquí es digna de ti.
—Porque tú quieres elegirla…
—Tengo un excelente ojo… —le dijo, haciéndole un guiño— Si me das carta blanca para opinar… La semana pasada estuve con mi amiga Juliet. No sabes cómo ha crecido su hija. Me gustaría que organizáramos algo cuando volvamos…
Galen suspiró. Demasiado bueno para ser verdad, la tregua de poderes terminó casi tan rápido como empezó.
—De verdad, mamá, terminemos con esto. No quiero conocer a las hijas de tus amigas porque me gusta estar soltero y tener muchas “novias”.
—¿A tus “asuntos” de una noche las llamas “novias”? —se involucró, con su dosis de sarcasmo y veneno, Marlen.
—Lo son por unas horas —le respondió, encogiéndose de hombros.
Marlen y Galen estaban por entablar su eterna discusión cuando Candem caminó entre los dos, separándolos discretamente.
—¡Basta! —Susurró— Tengamos la cena en paz…
El hermano del medio se adelantó hasta la recepcionista, habló dos palabras y le hizo señas a Jared para que avanzaran.
Galen empujó a su cuñado juguetonamente y se hizo cargo de la silla de ruedas de su madre.
Una vez allí, les indicaron el lugar del salón donde estaba ubicada su mesa redonda.
Al pasar delante de un muchacho de su edad, siguió al asistente de recepción que los acompañó pero escuchó a otro:
—Lo siento, caballero. La cena es con estricta etiqueta de gala. Lamentablemente no podrá acceder.
Galen levantó la vista, dispuesto a responderle que le importaba una mierda su etiqueta y su gala, que le estaba haciendo un favor y una lista de insultos varios, cuando se dio cuenta de que el rechazo no estaba dirigido a él, sino al muchacho.
Se miraron de arriba a abajo. Sin ser Armani, su traje y corbata estaban mucho más acordes para la cena que su vestimenta informal.
El abogado en él sintió la imperiosa necesidad de levantarse en su defensa, pero la víctima de la injusticia se encogió de hombros y salió de la fila; la mano de su madre lo instó a seguir.
—¿Qué pasa, cariño?
—Nada, mamá…
Se acomodaron en la mesa, revisaron el menú, interactuó lo justo y lo necesario con su familia, prestó atención a la mesa del capitán cuando este se levantó para dar la bienvenida al barco, presentar a los invitados a su mesa y dar inicio a la cena.
Un actor italiano, un ilustre desconocido con título inglés y cuatro bellezas estaban allí, adornando el jardín, ¿serían pasajeras o de alquiler?
La castaña estaba embobada con el actor italiano, “fuera de juego”; la morena jugaba a las miradas disimuladas con el uniformado, “mala idea meterse con el jefe de seguridad”; la de cabello corto levantó los ojos y los clavó en los de él.
Se sonrojó y volvió a su plato, “mosquitas muertas, las peores”.
Toda su atención fue a la rubia llamativa que coqueteaba descaradamente con el sir inglés y el capitán, moviéndose como la dueña del lugar.
Los dedos le picaron por encender un cigarrillo, otras partes de su cuerpo, por ella.
Mientras servían el primer plato, todos atentos a la comida, dejando de lado la aburrida charla de negocios, Candem se inclinó a un costado para hablarle solo a él.
—¿Trajiste la tarjeta que estaba con tu pasaje?
—¿Disneyland?
—Sí… —Cuando asintió, su hermanito sonrió— Si te portas bien el resto de la cena, te llevaré de excursión.
Se acomodó en la silla, dispuesto a disfrutar la cena, activando sus respuestas automáticas de cortesía y enfocando su atención al resto de las mujeres en el salón. Alguna podría ir con él de paseo.