ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lean levantó su copa, invitando a sus amigas a brindar.

—¡Porque todos nuestros sueños sigan haciéndose realidad! —Todas fueron a su encuentro y chocaron sus copas.

—Agradezco estar aquí —agregó Cat—. Creo que parte de mi sueño es vivir esta aventura junto a ustedes, en este maravilloso barco, sino estaría en duelo mortal con los traidores de mi empresa, angustiándome con todos de todo. ¡Brindo por estar bien lejos de esos viejos de mierda!

—Eres increíble, Cat… Y es increíble que la primera noche vayamos a cenar en la mesa del Capitán.

—Pues brindemos por la maleta perdida de Louis Vuitton —dijo Eira.

—¡Por Louis Vuitton! —brindaron las cuatro.

El capitán en persona llegó hasta ellas y se detuvo justo enfrente de la rubia del grupo. Cat lo miró por encima del borde de su copa.

—Buenas noches, señoritas. Será un placer escoltarlas hasta mi mesa para comenzar una noche, y una travesía, inolvidable.

Cat extendió su sonrisa felina y dejó la bebida en la barra.

Aceptó el brazo que el capitán del barco le ofrecía y encabezó el grupo que entraba al salón principal, preparado con mesas vestidas en blanco y dorado.

Los tres oficiales de más alto rango a bordo esperaban a la entrada del salón para escoltarlas hasta la mesa más larga, al final del espacio reluciente, con todas sus sillas mirando al centro despejado.

Eira seguía de cerca a Cat, e intercambió una tímida sonrisa con el más buenmozo de los oficiales. Lean detuvo a Jannie del brazo.

—¿Y dónde está Andrew?

—Preparando una entrada dramática.

—Lo voy a matar… —dijo Lean entre dientes. Estiró el cuello para mirar atrás, buscándolo.

Y lo encontró, llegaba haciéndose lugar entre el resto del pasaje ataviado con sus mejores galas, enfundado en un impecable traje entallado azul que le quedaba como hecho a medida. De hecho, quizá lo era.

—¡Lean! ¡Espera!

Lean y Jannie dejaron pasar al resto de la gente y esperaron a Andrew.

—¿Qué te pasó?

—¡No sabes lo que acabo de descubrir! —dijo, jadeando por la carrera, exagerando por puro histrionismo.

—Oh… no… ¡No comiences…! ¡No quiero escuchar de ninguna de tus conquistas!

—Pero no es eso… ¡Escucha! ¡No sabes a quién vi! No lo vas a creer, pero acabo de ver quién es el "invitado de honor" que se sienta con nosotros.

—¡No! ¡Vamos! Nos están esperando… ¡Y estoy famélica!

Lean dio media vuelta y se sumó a la multitud que se acumulaba en la puerta, esperando conocer el número de su mesa.

¡Fantástico! Pasaron de ser las primeras en entrar al salón a demorarse tras una familia que se quejaba de la ubicación de la mesa.

Se miraron de reojo, enojados, los dos con la misma postura, con los brazos cruzados.

Jannie, se puso de en puntas de pie a espaldas de los dos, entre ellos.

—Vamos… ¿la ley de hielo ahora? Es una noche para disfrutar. No la arruinen por una rabieta de cinco minutos…

Les tocó el turno de informar sus nombres para que los asignaran a una mesa, la cual, por supuesto, ya sabían cuál era, pero gracias a la impuntualidad de su amigo, ahí estaban todavía. Esperando.

—Buenas noches. Apellido y número de camarote, por favor —dijo la acomodadora, con una sonrisa plástica.

—Downie, Haywood y Staton. Camarotes 8015 y 8017.

—¡Oh! Están en la mesa principal…

—Sí. Permiso —dijo Lean, avanzando. Andrew, un paso más atrás, extendió caballerosamente su brazo para conducir a Jannie. Lo escuchó hablar.

—Bueno, Lean fue bastante clara que no quería escuchar lo que tenía para decirle… a quien había visto… supongo que cuando lleguemos a la mesa, le va a interesar.

—¡Ouch! —Jannie chocó sin darse cuenta con el cuerpo de Lean, que se había detenido abruptamente justo en frente de la mesa principal. Andrew se rio y sostuvo a su amiga más nueva, en detrimento de la otra.

—Cariño, ¿estás bien? ¡Ah! ¿Todavía quieres saber a quién vi? ¿Ves a alguien conocido en la mesa del capitán?

Lean quedó estupefacta casi en el medio del salón, Eira a un costado y Cat junto al capitán.

Todas miraban, sin dar crédito a sus ojos, al hombre de imponente altura, vestido con un impecable esmoquin negro, sin duda un Salvatore Ferramagno que parecía estar pintado sobre su cuerpo, un peinado de estrella de cine de los años veinte y esa mirada que la encandilaba aún a la distancia.

Él se acercaba a tomar un lugar en la mesa principal.

Sus hipnóticos ojos felinos, entre grises y verdes, escanearon los rostros anónimos de los presentes, tan prendados de su presencia como ellas cuatro, hasta que se detuvieron al encontrarla, todavía inmóvil en su asombro. Sin voz, murmuró:

—Gabriel... —Y cuando la vio, él le sonrió.