ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La última mañana en Roma asomó su luz a la habitación recién al mediodía.

Lean se incorporó en la cama y miró alrededor, como si intentara discernir si todavía estaba dentro del sueño.

Le llevó un minuto separar la realidad de la fantasía y el saldo fue una sensación agridulce.

Había cumplido su sueño pero definitivamente se quedó con las manos vacías.

Se acostó rememorando cada momento y todo lo que había sucedido, y se durmió soñando todo lo que podría haber sido.

Una caricia que llevara a un beso, un beso que llevara a una habitación, y con la oscuridad de cómplice, las cosas que podría haber hecho.

La cama a su lado estaba vacía, había una nota de Jannie en ella.

“Bajamos a desayunar y después a la piscina. No quise molestarte, parecía que necesitabas descansar. Te trajeron algo. Lo dejé en la antesala.”

Puso los pies en la suave alfombra y caminó descalza hasta la antesala de la habitación. Un enorme arreglo floral, que no estaba ahí el día anterior, la sorprendió gratamente. Se puso las dos manos en el pecho y luego se pellizcó, para confirmar que no seguía soñando.

El ramo era exquisito, sencillo y delicado, pero no por ello menos hermoso, y si alguien sabía de eso era ella.

El ramo extralargo de rosas en tonos rosados, pálidos y vibrantes, estaba presentado en una sofisticada vasija de cerámica blanca, entremezclado con hojas de eucalipto y follaje de helechos.

Estaba segura de que las rosas provenían de la misma finca orgánica donde ellos compraban, en Sudamérica.

Acarició el arreglo con cuidado y descubrió la tarjeta que tenía su nombre impreso; leyó el texto interior:

“Querida Lean: Que este pequeño presente borre la pobre imagen de mí que puede haber quedado ante ti, y tus amigos, en la accidentada noche. Lamento no haber podido quedarme a acompañarlos y protegerlos, pero sabrás entender que mi trabajo no había terminado. Les deseo un viaje lleno de aventuras de todo tipo para que guarden por siempre en sus corazones. Con afecto. Paolo.”

Otra vez la sensación agridulce le ganó, porque la romántica incurable esperaba que esas flores fueran de Gabriel, pero no dejó de emocionarse profundamente por el gesto de Paolo. Dejó la tarjeta junto al arreglo floral y volvió al dormitorio.

Usó el baño, se quitó el pijama y lo cambió por su bikini.

Se miró en el espejo de cuerpo entero. Las cicatrices en su cuerpo no le eran ajenas pero eran una realidad que no estaba expuesta en el día a día, a desconocidos.

Muy pocas personas las conocían. No le avergonzaban, por el contrario, como le había dicho su querida doctora, Cecil, la dermatóloga que la había asistido en todo su proceso después de las operaciones, las cicatrices no eran por algo que había perdido, sino, por el contrario, eran producto de aquellas largas operaciones que le habían salvado la vida. Eran eso para ella. Vida.

Se hizo un mimo con crema hidratante en todo el cuerpo y bajó a la piscina a buscar a sus amigos.